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Liverpool show, la satisfacción de ganar al enemigo directo

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Esteban GÓMEZ – El infinito instinto de la rivalidad. Los chips que llegan en cajas a la fábrica de la vida hacen que, casi por decreto, casi por obligación, cada persona salga con un estímulo llamado competencia. Marcarse retos, metas, que puedan beneficiar a un individuo tanto a nivel personal como en cualquier otro de los ámbitos. Ese es uno de los factores que mueve a las personas.

Competividad. Ganar, o quedar por encima de otro, ese es en muchos casos el gran reto, el estímulo. Las personas, movidas por su omnipresente ego/amor propio, se ven enfrascadas en muchas ocasiones en batalles individuales. Una satisfacción que rellena un pequeño bote de ego que cada uno lleva consigo mismo. Rivalidad, mejorar resultados respecto a otro similar o igualarlo. No quedar por debajo, el objetivo.

El fútbol tiene filtros, puntos de vista. Quizás se pueda presentar como el cumplimiento de retos marcados a lo largo de una temporada, pero además deben sumarse esos emparejamientos frente a rivales cercanos o directos, que añadirán un extra a la consecución de un resultado. Ganar supone quedar por encima de otro, y evidentemente se convierte en uno de los viaductos internos que conforman el deporte rey.

Liverpool vivió un nuevo partido entre los dos equipos de la ciudad. Anfield fue el escenario orgulloso de vivir un nuevo derbi del Merseyside entre Liverpool y Everton. Una rivalidad latente en cualquier rincón de la ciudad. La escasa distancia entre estadios hace que su enfrentamiento institucional y deportivo sea más latente todavía. Un partido diferente, que suele dejar imágenes maravillosas en las gradas, que desata pasión y sentimientos a raudales. Ganar al vecino, el objetivo.

Un derbi de la ciudad que llegaba con ambos conjuntos empatados en la tabla clasificatoria, más igualado que nunca, con dos equipos en buena forma, con delanteros en forma, con técnicos que están destacando. Una suma conjunta que le convertía en uno de los grandes partidos de la jornada. Y no defraudó, pero dejando sólo un protagonista, sólo a un equipo sonriendo.

El Liverpool tenía ante sí una oportunidad de abrir distancia en la tabla frente al rival directo, en todos los sentidos. Debían ganar al Everton para "convertirse en el equipo de la ciudad", y además para quedarse en solitario con la cuarta plaza. Y todo salió a la perfección para la parroquia Red.

Recital. Goleada por 4-0 que ensalza al equipo de Brendan Rodgers y que hundió a un irreconocible Everton. Una vez más (y ya van 9 goles entre todas las competiciones) Gerrard marcaba al máximo rival, reflejando la viva imagen del liderazgo que sigue viviendo. Volvía a marcar Luis Suárez (logrando su gol 23 esta temporada, igualando a su cifra 2012/13). Doblete de Sturridge, que tras lesión ha vuelto a un nivel imponente.

La mítica escena de la película Match Point (Woody Allen, 2005) reflejada sobre el césped de Anfield, pero con el determinante detalle de que toda pelota acababa a favor de los Reds. Un Liverpool al que salía todo, frente a un Everton que no acudió a su cita con el juego vistoso que está mostrando esta temporada con Roberto Martínez en el banquillo. Fiesta total para el Liverpool. Triunfo trabajado, objetivo de sacar ventaja al Everton logrado y al mismo tiempo toque duro ante el máximo rival.

Anfield era una fiesta. Goles que se gritan infinitamente, sacando voz y fuerzas de lugares insospechados. Partidos que paran ciudades, que serán la comidilla los días posteriores, que crean piques sanos en el seno de famílias en las que lo común es encontrar integrantes de ambos equipos. Ganar al eterno rival, con el que geográficamente toca convivir. Partidos que suponen algo más que tres puntos. El arte de ganar al enemigo más odiado.

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