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Leyendas sin anillo (Capítulo III)

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Y fin del viaje. Último episodio de la miniserie. Llegamos al top7 de leyendas sin anillo. Pero… ¿Realmente se puede afirmar algo así? Me explico; este texto viene con sorpresa, porque la historia de uno de estos jugadores tiene mucha miga. A veces damos cosas por sentadas. A veces, nos equivocamos adoptando esa postura. ¡Vamos allá!

7. GEORGE GERVIN

14 temporadas (ABA +NBA). Medias carrera:25,1 puntos; 5,3 rebotes; 2,6 asistencias; 1,0 tapones; 1,2 robos.

Reconocimientos: Hall of famer, All Star (x12), All NBA Team (x7), All ABA Team (x2), MVP All Star.

Ser un spur confeso posiblemente condicione mis palabras hacia este monstruo del baloncesto. Sin embargo, no temo exagerar. Todo lo que se diga de él es poco, máxime cuando para parte del público es un desconocido, pese a jugar en España antes de retirarse definitivamente. Gervin debutaría en la ABA en 1972, acompañando a Julius Erving en los Virginia Squares, pero recalaría en San Antonio la temporada siguiente, que se convertiría en el equipo de su vida. Tras varias campañas en la ABA, los Spurs se integraban en la NBA en 1976. Y desde ese mismo curso ya fueron equipo de playoffs. En 1978, Gervin lideraría la liga en anotación, algo que repetiría en otras tres ocasiones. Bajo su liderazgo, y apoyado en un lugarteniente de lujo como Larry Kenon, los Spurs alcanzarían la final de la Conferencia Este, llevando hasta el séptimo encuentro a los Washington Bullets de Hayes, Dandridge y Unseld. La salida de Kenon y el cambio de conferencia no alteraría en exceso el hábitat de los texanos, que seguirían siendo fijos en la post temporada. Los Lakers de Magic y Jabbar frenaron las acometidas de Gervin, Mike Mitchell y Artis Gilmore.

En 1984 la racha se veía cortada, y por primera vez desde su entrada en la liga, los Spurs quedaban fuera de las eliminatorias por el título. Cotton Fitzsimmons entraría entonces en escena. En su primera temporada, sentó a Gervin en varios encuentros, y ante un panorama que podría relegarlo al banquillo en la temporada 1985-86, Iceman partió rumbo a Illinois. En los Bulls había un muchacho que en su año rookie se había ido hasta los 28 puntos por partido. Pero la lesión de este joven, que portaba el ‘23’, le abriría las puertas de la titularidad. Papel digno superando los 16 por noche. Con 33 años parecía que aún le quedaba cuerda para, al menos, ser de ayuda en equipos aspirantes, pero aparecieron problemas entonces desconocidos que lo apartaron para siempre de la NBA. Jugaría en Europa e intentaría el regreso, tras confesar su adicción a la cocaína. No pudo ser. Para el recuerdo, siempre su prodigioso Finger Roll. Y una vida en el Álamo, la que hubo antes de David Robinson o Tim Duncan. En San Antonio reinó uno no de los más grandes y consistentes anotadores de siempre (12 temporadas por encima de los 20 puntos de promedio y siete superando los 25)

6. ALLEN IVERSON

14 temporadas. Medias carrera: 26,7 puntos; 3,7 rebotes; 6,2 asistencias; 2,2 robos.

Reconocimientos: Hall of famer, All Star (x11), All NBA Team (x7), MVP, MVP All Star (x2), rookie del año.

“We’re talking about practice”. Imposible no amar a este tipo. Llegó a la liga para desafiar los estándares y revolucionar el juego. El crossover sobre Michael Jordan como declaración de intenciones. No tenía miedo a nada, ni a nadie. Quería ser grande. Ni su pequeña estatura sería impedimento. Durante sus años en la liga los especialistas se refieren a él como el mejor jugador libra por libra. Yo sigo pensando que aún hoy no he contemplado más talento en menos cuerpo. Irreverente, especial, único. Mientras nosotros celebrábamos su juego, David Stern sufría su carácter. Alma libre, todo corazón.

En 1996, Philadelphia era un conjunto a la deriva. En la tercera temporada de Iverson llegaría al equipo el hombre que cambiaría la tendencia, Larry Brown. La temporada del lockout como punto de inflexión. Allen se convertía en el máximo artillero del campeonato por primera vez (lo sería en hasta cuatro oportunidades) y en su primera presencia en playoffs superaban la ronda inicial. Un estilo rocoso en el que solo una estrella destacaba por su capacidad natural. El resto, como hormigas obreras al servicio de la reina. La fórmula resultó ser acertada. Iverson sería MVP en la 2000-01 y llevaría a los suyos a la final, tras superar dos eliminatorias a siete partidos ante equipos mejores ofensivamente. AI3 contrarrestaba las carencias ofensivas en Philly. Incluso se permitiría el lujo de asaltar el Staples en el primer partido de las finales, dejando aquella postal en la que pasa por encima de un Tyronn Lue superado por completo. Pese a lo idílico de la situación, la realidad vestía de amarillo y jugaba con el ‘34’. Shaquille O’Neal, el dominador del momento, cerraría las puertas a la sorpresa con una serie abrumadora. Y en 2003, la decadencia. Sin Larry Brown, los Sixers estaban a la deriva. Jim O’Brien amagó con el rescate, pero fue un espejismo. Con Maurice Cheeks el grupo practicaba un baloncesto desastroso, y Allen forzó su salida.

Los Nuggets de una de las nuevas estrellas, Carmelo Anthony, parecía un gran destino. Pero un oeste con los Spurs de Popovich, y los renacidos Lakers de Phil Jackson, sería empresa imposible. A George Karl pronto le sobró Iverson. Consideraba que para su manera de entender el juego, mejor sin él. Y de Colorado a Michigan, para ser parte del roster de Detroit. Allí Iverson no fue feliz, y buscó una última aventura en los Grizzlies. No iría más allá de los tres choques. Entonces Phildelphia, el equipo de su corazón, lo recuperaría para que se retirase de corto, ante su gente. 25 partidos y un adiós para siempre.

5. CHARLES BARKLEY

16 temporadas. Medias carrera: 22,1 puntos; 11,7 rebotes; 3,9 asistencias; 1,5 robos.

Reconocimientos: Hall of famer,  All Star (x11), All NBA Team (x11), MVP, MVP All Star.

¿Quién iba a pensar que un tipo de menos de dos metros de altura y que no vio sus abdominales marcadas en su vida podría llegar a ser una de los mejores jugadores de la historia y uno de los más grandes reboteadores de siempre (15 temporadas promediando más de diez capturas lo atestiguan)? Imposible. Pero no. De hecho, en el cénit de su carrera, llegó a convertirse en la principal amenaza de Jordan.

Los comienzos de Barkley no fueron los habituales. En su primer año compartió vestuario con Julius Erving y Moses Malone, nada menos. Maurice Cheeks o Andrew Toney eran segundas espadas de lujo. Los Sixers habían ganado un par de temporadas atrás el anillo, y el objetivo aún seguía siendo ese. Finales de conferencia para un debutante. Parecía buen augurio. Claro que a Erving, a sus casi 35 años, no le quedaba mucha gasolina en el depósito. Reclutar a Bob McAdoo al año siguiente no compensó el declive del Doctor. El recién llegado también traía unas piernas cargadas de kilómetros, que iban bien para el baloncesto europeo, pero que empezaban a notarse pesadas en la mejor liga del planeta. Una ronda menos ese curso. Y otra el siguiente, ya sin Moses Malone en el roster. Erving diría adiós en 1987, dejando a Sir Charles las llaves de la casa. Les esperaba un curso de vacío. En la 1988-89, con un equipo apañado, que incluía a Maurice Cheeks, Mike Gminski, Ron Anderson y Hersey Hawkins, regresó a la post temporada, en la que sería habitual hasta 1991. La siguiente campaña fue un despropósito y Charles pidió el traspaso.

Finalizados los Juegos Olímpicos de Barcelona, donde el gordo fue posiblemente el jugador más destacado de aquel irrepetible equipo, era enviado a Arizona para jugar en los Suns. Y ese si era un conjunto bien armado. Kevin Johnson era uno de los mejores bases de la liga, y Dan Majerle era un jugador muy sólido. Con ellos, veteranos como Danny Ainge o Tom Chambers, y noveles prometedores como Cedric Ceballos o Richard Dumas. La final ante los Bulls estaba servida. Barkley manifestó entonces que Dios le había hablado y que sería campeón ese año, pero Dios vestía de rojo y participaba en cada partido. Jordan, siempre Jordan. Sin embargo, MJ abandonaría temporalmente. Y se abrían las puertas del cielo. No contaba Barkley que el portero de las mismas ahora era un nigeriano que militaba en los Rockets. Dos años cayendo ante Houston, y tres consecutivas frente a los, a la postre, campeones.

Tras ceder en primera ronda en el curso 95-96, Barkley, ya con 33 años a cuestas, no dudó en aceptar un rol menor formando un Big Three con Olajuwon y Drexler en Texas. Entonces la pesadilla iba de morado. Era un monstruo de dos cabezas representado por Karl Malone y John Stockton. Aquellos Jazz eran muy duros. Y el físico de de unos veteranos Rockets no bastaba. La retirada de Clyde Drexler fue suplida en el año del lockout por Scottie Pippen, seis veces campeón en Chicago y uno de los mejores aleros de todos los tiempos. El batacazo no se haría esperar. En primera ronda serían apeados por los pujantes Lakers. En su última temporada, un castigado Barkley solo podría ser de la partida en 20 encuentros, abandonando por fin su sueño de vestir su manos con un anillo de campeón.

4. ELGIN BAYLOR

14 temporadas. Medias carrera: 27,4 puntos; 13,5 rebotes; 4,3 asistencias.

Reconocimientos: Hall of famer, All Star (x11), All NBA Team (x10), MVP All Star, rookie del año.

Este es un caso controvertido. Y de hecho, no sabía muy bien si incluirlo en la lista. Porque en realidad, en contra de lo que suele pensarse, Elgin Baylor parece que sí tiene un anillo de campeón.

Baylor llegó a la NBA para ser protagonista desde el minuto uno. A pesar de presentar los Lakers, entonces aún en Minneapolis un balance negativo, superaron sus series ante Detroit y St. Louis, antes de vérselas en la final con los Celtics. Hablamos de 1959, y sabiendo lo que se venía por delante, podemos valorar lo que significaba aquella escuadra entonces. En aquella época, solo los Hawks de Bob Petit parecían estar en condiciones de presentar batalla a la franquicia del trébol. Baylor llegó para cambiar la tendencia. Once temporadas por encima de los 24 puntos de media (3 superando los 34) y nueve logrando al menos 12 rebotes hablan bien a las claras del nivel de alero.

En 1960 se unía a los Lakers, ya en Los Angeles, Jerry West. Juntos, en 1962 (temporada en la que Baylor promedió más de 38 puntos por partido y West 30), llevarían de nuevo al grupo a las finales. Una prórroga en el séptimo choque decantaría la balanza otra vez en favor de Boston. En 1963 repetirían escenario, y también desenlace (esta vez en seis duelos). En 1965 y 1966, otra vez a las puertas, aunque de distinta manera. Durante los playoffs del 65, Baylor sufre una lesión de rodilla que le impediría volver a rendir al bestial nivel que mostraba hasta entonces. Lo que no pudieron conseguir los Lakers, lo lograron los Sixers en 1967. Los Celtics eran apartados de la lucha por el anillo. Sin embargo, esta vez era Jerry West el lesionado, y, pese a que Archie Clarck firmaría una gran serie, Rick Barry se llevaría por delante a los angelinos, privándoles de poder pelear a Philadelphia en trono vacante. La mejor temporada de Baylor desde su lesión devolvería la ilusión en California. Y, tras arrasar a Chicago y (esta vez sí) a Golden State, regresaban al que ya parecía su hábitat natural. Ahí, lo natural también era hincar la rodilla ante Bill Russell y los suyos. Cosa que sucedería una vez más.

En verano de 1968 se produce un movimiento que haría temblar los cimientos de la competición. Wilt Chamberlain se unía a los de púrpura y oro para formar un Big Three temible. Y en las eliminatorias, los Lakers despachan sin demasiados problemas a Warriors y Hawks. Algunos miembros de los legendarios Celtics ya se habían ido, y otros parecían muy veteranos. Por fin, los californianos partían con la clara vitola de favoritos. Las finales se sitúan 3-3. El séptimo partido, en el Forum, es uno de los grandes momentos de la liga: Jack Kent Cooke (propietario de los Lakers) había colocado infinidad de globos en las vigas del pabellón angelino, algo que no agradó a Jerry West, que entendía que podía provocar una motivación extra en sus rivales. A pesar de los esfuerzos de un West (42 puntos, 13 rebotes y 12 asistencias) que sería designado primer MVP de las finales de la historia, los Celtics se impondrían por 106-108, alcanzando su undécimo anillo en 13 años, en el que sería el último partido de la carrera de Bill Russell. Otra heroicidad, en 1970, priva una vez más a los Lakers de tocar el cielo. Nuevamente un tres a tres, aunque con diferente rival. Eran los Knicks de Willis Reed, y hablamos del partido que contiene la imagen más recordada del pívot neoyorkino. Poco más que añadir. Tras caer una ronda antes en 1971, una vez comenzada la temporada 71-72, y tras apenas nueve partidos disputados, Elgin Baylor, quien ya se había perdido prácticamente todo el curso anterior, anuncia su retirada aquejado de una recaída de la lesión de rodilla que ya lo había apartado en 1965. Y entonces ocurre. Los Lakers enlazan sin Elgin una racha de 33 partidos consecutivos ganados, alcanzan la final, y vencen por fin. Baylor se había retirado.

Y aquí viene lo bueno… En 2012, Baylor decide vender su mansión para mudarse a una casa más pequeña con su mujer. Pero además, subasta alguna de las piezas que conservaba de su época de jugador. El equipo encargado de valorar la mercancía topa con un anillo, el cual Elgin no incluye en el lote. Se trataba de la joya de campeón de 1972 que, en realidad, los Lakers sí le habían entregado.

3. STEVE NASH

18 temporadas. Medias carrera: 14,3 puntos; 3,0 rebotes; 8,5 asistencias.

Reconocimientos: All Star (x8), All NBA Team (x7), MVP (x2).

Steve Nash llegó a la NBA de la mano de los Suns. Tenía apenas 22 años y a Kevin Johnson por delante. A mitad de temporada, se unía al grupo Jason Kidd. Lógicamente, ambos absorbían la mayoría de los minutos en el backcourt de Arizona. Por entonces nadie imaginaba que el canadiense pudiese llegar a ser un jugador tan grande. En ese primer año de Nash, Phoenix alcanzaría playoffs, para ceder en primera ronda ante uno de los grandes favoritos: Seattle Supersonics. Nash promediaría 1,3 puntos en menos de cuatro minutos de juego durante esa serie… El segundo curso de Nash tampoco sería muy prometedor. Pese que Johnson se perdería un número considerable de partidos y Nash llegase incluso a ser titular, en post temporada sus minutos volvieron a ser escasos, mientras su equipo caía a las primeras de cambio ante los Spurs de David Robinson y un Tim Duncan recién aterrizado en la liga. El punto de inflexión se daría justo ese verano.

Donnie Nelson se llevaba consigo a Nash a Dallas. En Texas acababan de seleccionar en el draft a un alemán de siete pies al que le gustaba el perímetro más que la zona, y tenían a un Michael Finley que se estaba haciendo un hueco entre los grandes aleros de la competición. Dirigidos por Don Nelson, padre de Donnie, la campaña del lockout resultó nula en cuanto a números, pero sentaría las bases de lo que estaba por venir. El baloncesto de Nowitzki impulsaba a los Mavericks, pero no fue hasta la campaña 2000-01, con la explosión definitiva de Nash, cuando resultaron realmente competitivos. Superarían la primera ronda antes de caer ante los Spurs. El mismo escalón como tope doce meses más tarde, esta vez apeados por aquellos irrepetibles Kings. En cénit de aquellos Mavs de Nelson se daría en 2003. 60-22 en Regular Season y finales de conferencia.  De nuevo los Spurs. Y tras caer en 2004 en primera ronda, Steve tomaría la decisión de hacer el camino inverso al de años atrás para regresar a Phoenix. Sería allí donde escribiría sus mejores páginas como jugador de baloncesto.

Con Mike D’Antoni llega el run & gun que tanto favorecía el estilo del base. Rodeado de mimbres idóneos, lleva a los suyos a las 62 victorias, regresando a la final de conferencia, esta vez con su nuevo equipo. Duncan, para su desgracia, seguía por ahí. Sobreponiéndose a la lesión de Amar’e Stoudemire, repiten logro en 2006, siendo alejados del objetivo, en esta ocasión, por su amigo y ex compañero, Dirk Nowitzki, líder de unos Mavericks que seguían en la brecha. Pese a lo que pudiera parecer, 2007 se presentaba como el gran momento de esos Suns tan alegres. Steve Nash, a todo esto, ya era doble MVP de la NBA. Stoudemire estaba recuperado para la causa, y el nivel de Marion, Bell o Barbosa invitaba a soñar. En segunda ronda se topaban con los Spurs. Pero en una de las series más polémicas de la última década, tras las sanciones a Stoudemire y Diaw por saltar del banquillo después de una flagrante de Robert Horry sobre Steve Nash, los del Álamo sesgarían las esperanzas de Phoenix. La llegada de Shaquile O’Neal ese verano como paradigma de la decadencia que experimentaba el grupo. El último gran momento de ese legendario colectivo se daría en 2010. Nash, con 35 años, aún era el mejor creador de juego sobre un parquet, y Stoudemire, Hill, Richardson, Frye, Barbosa, Dragic y compañía forzarían seis encuentros en la final del oeste a los a la postre campeones Lakers.

El epílogo de la carrera de Nasty Nash tendría lugar en California. Con 38 años decide unirse, junto a Dwight Howard, a Kobe Bryant y Pau Gasol en Los Angeles. Todo lo que podía haber salido mal, salió mal, y tras disputar solo 15 partidos en su segunda temporada en el Staples, Steve (cinco veces máximo asistente y con unos porcentajes de tiro espectaculares) dejaba el baloncesto para siempre.

2. JOHN STOCKTON

19 temporadas. Medias Carrera: 13,1 puntos; 2,7 rebotes; 10,5 asistencias; 2,2 robos.

Reconocimientos: Hall of famer, All Star (x10), All NBA Team (x11), All Defensive Team (x5), MVP All Star.

1. KARL MALONE

19 temporadas. Medias carrera: 25,0 puntos; 10,1 rebotes; 3,6 asistencias; 1,4 robos.

Reconocimientos: Hall of famer; All Star (x14), All NBA Team (x14), All Defensive Team (x4), MVP (x2), MVP All Star (x2).

Uno no sabe muy bien cómo arrancarse a hablar del mejor dúo de todos los tiempos. No se entienden el uno sin el otro, por ello, al contrario que con el resto de estrellas de esta lista, hablaremos en conjunto. Los Utah Jazz han sido tan grandes como lo fueron sus dos mejores jugadores de siempre. Y, pese a no haber alcanzado el anillo, nadie puede negar que, por lo que hicieron durante esos años, son tanto o más referentes que otros equipos que sí han sido campeones. El primero, estadísticas aparte (más de 15.000 asistencias, apartado que lideró en hasta nueve ocasiones, superando las doce de media en ocho temporadas, y 3.000 robos, con un margen bestial sobre su inmediato perseguidor), es una máxima figura tras ser, a mi parecer sin ninguna duda, el mejor base puro de la historia del baloncesto. El segundo, nuevamente números fuera (17 temporadas superando los 20 puntos de media, incluyendo doce de más de 25, y diez cursos con más de diez rebotes, para unos totales abrumadores) era a ojos de todos el mejor power foward de siempre hasta la llegada de Tim Duncan.

En 1984 aterrizaba en el estado mormón un base procedente de Gonzaga, elegido por los Jazz en el puesto 16 del draft. Entonces era el equipo de Adrian Dantley, y Rickey Green ejercía de playmaker. Aquel conjunto, dirigido por Frank Layden, caería en segunda ronda de playoffs frente a los Nuggets del mejor English. Justo un año después llegaba, desde la universidad de Louisiana Tech, y como decimotercera elección, Karl Malone. La extraña pareja uniría sus carreras hasta la retirada del primero, para escribir al alimón las páginas más brillantes de la historia de la franquicia.

En 1986, Dantley firmaba una de sus mejores temporadas. Sin embargo, los Jazz caían en primera ronda de playoffs en ausencia de su estrella. En ellos, emergió la figura del “Cartero”, que en la serie se iría hasta más allá de los 21 puntos y 7 rebotes de promedio. La marcha de Dantley a Detroit sería menos dura tras aquella actuación. Se descubrieron unos hombros sobre los que depositar la responsabilidad. Y Malone no defraudó. Casi 22 puntos y más de diez capturas por noche certificaban lo que se había apuntado. Mientras, John seguía creciendo en la sombra, y ya era el mejor pasador de la plantilla con diferencia, pese a seguir iniciando los choques desde el banco. Pronto, Layden comprendió que con Stockton en el timón, aquel grupo que dirigía era mucho mejor, de modo que le entregó las llaves de la nave.

Y John dio un paso al frente. Sus casi 15 puntos, 14 asistencias y 3 robos por partido tenían incidencia directa en el devenir de los Jazz. Malone, promediando cerca de 28 puntos y 12 rebotes, ya se había asentado en el escalón de los más grandes. Acompañados por el gigante Mark Eaton, Bob Hansen y ese lujo de sexto hombre llamado Thurl Bailey (quien rubricaría dos años excelsos), alcanzaban la quinta posición en temporada regular en el oeste. Ahí, la extraña pareja y el propio Bailey elevarían aún más su nivel, lo que les llevaría a forzar siete partidos en semifinales de conferencia ante los Lakers de Magic Johnson que se alzarían con el Larry O’Brien semanas después. Regresaron en 1989 firmando el segundo mejor balance de su conferencia. Parecía que estaba dispuesto para ser la gran amenaza de los angelinos. Y de pronto: Don Nelson. En primera ronda, un inapelable 3-0 endosado por los Warriors, les dejaría en la cuneta. Pero algo había cambiado durante ese curso. Frank Layden, hastiado ante tanta crítica, daba paso a Jerry Sloan. Y sobre Jerry poco se puede añadir. Quince temporadas seguidas con balance positivo sería un buen resumen. Sloan había sido un jugador de mucho carácter, aguerrido, enorme defensor, y su mentalidad le vino como anillo al dedo a aquella franquicia. Comenzó a controlar todos los aspectos que tenían que ver con su grupo, e instauró una filosofía de baloncesto que iría desde entonces ligada al ADN Jazzer de por vida. Magnífico gestor de egos y maestro de la pizarra, nadie era más importante que él mismo, y nada más importante que sus decisiones. Nadie cuestionaba. Había un capitán, él, y dos lugartenientes, Stockton y Malone.

Así los Jazz fueron creciendo. Y bajo su mando, dando pasos en su evolución. Primera ronda, segunda ronda, y en 1992, final de conferencia. Por entonces otro Malone, Jeff, aportaba puntos desde el perímetro, algo de lo que habían adolecido tiempo atrás. Los Trail Blazers de Drexler negarían la búsqueda del anillo en el año olímpico. Tras un flojo 1993, un intercambio con los Sixers añadiría el complemento que parecía faltar en el engranaje de la maquinaria de Salt Lake City. Jeff por Jeff. Malone fuera, Hornacek dentro. Enorme tirador, bregador, inteligente y serio. Es como si estuviese fabricado para jugar en aquella escuadra, y a las órdenes de Sloan. Su impacto fue inmediato, y formando un trío compacto con John y Karl, el equipo volvía a plantarse en la final del oeste. Esta vez fueron los Rockets de Olajuwon, plantel que también los apartaría un año más tarde, a pesar del favoritismo de Utah. El equipo, mientras, se había ido armando. Byron Russell, Howard Eisley, Chris Morris, Antoine Carr, Greg Ostertag, Shandon Anderson… Ninguna figura, pero todos baloncestistas comprometidos con la idea. En 1996 forzaban siete duelos ante los Seattle Supersonics de Payton y Kemp, aquella especie de versión new age del dúo protagonista. Por entonces, los Sonics eran la gran alternativa a los Bulls de Jordan, y habían ganado nada menos que 64 partidos en Regular Season. Los Jazz se quedaban de nuevo a un paso de las finales.

Precisamente 64 victorias y 18 derrotas sería el balance de los Jazz en la 96-97. Karl Malone era MVP, John Stockton y Jeff Hornacek mantenían su nivel y las piernas jóvenes de Bryon Russell se encargaban de complicar la existencia a las estrellas rivales. En playoffs cayeron los dos equipos de Los Angeles, antes de consumar venganza ante los Rockets de Olajuwon, Drexler y un Barkley que seguía persiguiendo el sueño. Por fin se plantaban en la final, bien superados los 30 años por parte tanto de Stockton como de Malone. La serie de los tiros libres de Malone, del flu game, o de un quinto partido en el que aún hoy piensas los aficionados mormones. Chicago cerraba el acceso. Un año después se repetía escenario. Los Rockets, octavos en el oeste, presentaron batalla en primera ronda, pero tanto Spurs como Lakers, que fueron barridos, no eran rivales para los curtidos Jazz. Sí que lo serían los Bulls, que tras colocarse 3-1, caerían en casa para dar vida a las finales. Y en el Delta Center, “The last shot”, el principio del fin.

Porque, a pesar de que Karl Malone recuperase el MVP, ya Stockton y Hornacek habían comenzado un lento declive. La edad no perdona a nadie, y superados los 35, enfrentarse a nuevas generaciones, llenas de energía, pasó a resultar empresa insalvable. A pesar de seguir firmando grandes balances, en playoffs ya nunca volvieron a superar la segunda ronda. Con 40 años, Stockton recogía sus enseres y abandonaba el pabellón, que no la ciudad. Malone, en un último intento desesperado, se enrolaba en los Lakers de Shaq y Kobe tricampeones, reforzados también con Gary Payton. Un Big Four de hall of famers. El experimento saldría mal, y en las finales, la defensa de Detroit minimiza el acierto de Kobe Bryant (38% de acierto), Karl Malone (33%), Gary Payton (32%), para vencer por un inesperado 4-1. Y entonces, también Malone, supo que era la hora de marchar. Sin anillo. Como otras tantas leyendas antes…

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