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Len Bias y el abrazo de la miseria

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Han pasado 30 años, pero ella sigue yendo cada domingo, de forma autoimpuesta, a llevar un ramo de orquídeas al viejo Cole Field House, pabellón donde los Maryland Terrapins disputan sus partidos de la NCAA. Lo hace sola, no por convicción, sino por respeto a sus propios recuerdos. Está casada desde hace 20 años, tiene una hija, Alison, una preciosidad de color caoba que entona el I Need a Hero de Bonnie Tayler como un ángel. Camina lento, sin observar el compás que llevan sus pies al andar, enfundados en unos zapatos carmesí que vienen complementados con un tacón de vértigo. Sus oídos se aíslan con la música que emite una lista de reproducción aleatoria, insípida y programada.

Llega al lugar de los hechos, un rincón con mística que no es otro que el pasillo que recorre las instalaciones desde el vestuario hasta la cancha, emplazamiento donde hace más de tres décadas se besaron por primera vez. Las lágrimas empiezan a inundar su envejecido rostro y, en posición casi reverencial, posa el obsequio floral en el suelo. Allí se enamoró, nada más y nada menos, que de Len Bias, el fulano que pudo reinar en la NBA.

Leonard nació el 18 de noviembre de 1963 en Landover, una pequeña ciudad de Maryland. Para entender el contexto de su historia, los Boston Celtics eran los vigentes campeones de la NBA, después de derrotar por 4-2 en las Finales a Los Angeles Lakers. Era el quinto anillo consecutivo para los pupilos de Red Auerbach y el sexto en las últimas siete temporadas. El talento de Len era innato, unas capacidades tan asombrosas que parecían venidas del futuro más lejano e inimaginable.

El duelo universitario esperado, Len vs Michael | theafricanamericanathlete.sportsblog.com

John Walker fue el artífice de que a Len le entrase el gusanillo por el baloncesto, desde los ocho años comenzó a practicarlo en el pequeño gimnasio de Columbia Park. Sin embargo, echó a andar en el Instituto de Northwestern, lugar donde su enorme talento no pasó desapercibido. Decidiendo a que Universidad iría, Maryland le pareció la mejor opción posible, al lado de casa. Allí pasó cuatro temporadas irrepetibles, de 1982 a 1986. Sus estadísticas fueron mejorando progresivamente, campaña tras campaña, hasta alcanzar un nivel de excelencia que le permitió copar el segundo puesto del draft de 1986. Pasó de anotar 7.2 puntos por partido en su primera temporada a 18.9 en la tercera, para acabar encestando 23.2 en la cuarta y última, registros merecedores en ambas campañas del ACC POY, premio que se entregaba al mejor jugador del año en la Atlantic Coast Conference

El día que más marcó la vida del imberbe Bias fue el partido entre North Carolina y Maryland el 12 de enero de 1984. Michael Jordan afrontaba su última temporada como universitario, ya había decidido dar el salto a la NBA, a pesar de que había nacido el mismo año que Len. Su condición de estrella precoz obligaba a que la prensa enfrentara a ambos en los prolegómenos del encuentro. Dos futuros jugadores insignias en la NBA medían sus fuerzas en un duelo con más peso emocional que deportivo. Se lo llevó North Carolina, con Jordan anotando 21 puntos y 12 rebotes (siete de ellos ofensivos). Bias brilló (24 puntos), pero lo hizo más en el primer tiempo, donde anotó 16 puntos. Una metáfora de lo que serían las vidas de aquellos dos hombres, separadas por una delgada línea, la gloria, tan traicionera como adorable.

Aún le quedaban dos años más en Maryland, pero desde Massachusetts ya le estaban vigilando. Red Auerbach, amo y señor de toda la actividad deportiva que se llevaba a cabo en el Boston Garden, en las proximidades del draft de 1986, bajo el consejo de su fiel John Thompson, amigo personal, quién le hizo ver que el muchacho tenía potencial y, no sólo eso, sino que era la pieza que necesitaba para perpetuar a los Celtics campeones de 1986, y lo que parecía más obsceno, el antídoto para frenar al monstruo que se estaba desarrollando en Chicago, decidió ir a por el chico.

No llovía sobre el desierto, ya que dos años antes de la elección que harían los verdes, Len Bias convenció a la cúpula del campeón tras impresionar de sobremanera en el campus de Marshfield, al que accedió por invitación del propio Auerbach, patriarca del torneo. El hombre detrás del puro tenía dos grandes virtudes al margen de sus inenarrables conocimientos del deporte por excelencia: visión de futuro y poder de convicción. Es sabido que para reclutar a Larry Bird años atrás, recurrió a tretas y cantos de sirenas más propios del patio de recreo que de una liga profesional y seria, pero así era Red, el puto amo.

Bias había recibido algunas ofertas suculentas, entre ellas de franquicias como Warriors y Knicks, todas con el objetivo de que abandonara la Universidad antes de cumplir el último curso y diera el salto a la NBA. “Tienes una llamada, Len. Es urgente. Auerbach al aparato”. Con eso bastó. Red le pidió que aguantara un año más en Maryland, completando los cuatro cursos de rigor y diese el salto al profesionalismo en 1986. ¿La razón? Boston no tenía un pick alto en el draft venidero, lo que hacía imposible que se pudieran hacer con sus servicios. Dieron con la solución, el traspaso de Gerald Henderson a los Supersonics y una cantidad económica entregaban la llave al campeón para elegir a la joya de la corona al junio siguiente.

Len Bias en la noche del draft | theafricanamericanathlete.sportsblog.com

17 de junio de 1986. Un tembloroso Len aguarda inquieto en una silla en el Madison, al lado de su padre, James. David Stern, desde su atril imperial pronunció las palabras mágicas: “With the 2 pick in the NBA draft the Boston Celtics select Len Bias, from University of Maryland”. Tras saludar y firmar autógrafos en Nueva York, cogió un vuelo a Boston para recibir el cálido abrazo de Red y sus segundos de a bordo.

Tocaba volver a casa, poner en orden sus emociones y sentimientos, estar con los suyos y lo más importante, descansar. Pero había algo dentro de Len que no estaba del todo bien, ni él mismo sabía qué era. Decidió salir de fiesta con sus amigos, la pandilla de siempre.

La cosa empezó a torcerse antes de decidir poner rumbo a una pequeña fiesta que se iba a celebrar en Cherry Hill, municipio de Nueva Jersey. Bias esnifó varías rayas de cocaína con unos amigos, después pilló cerveza para emborrachar a un ejército y, finalmente, la carretera les guió al infausto destino. Cocaína, polvo de ángel y alcohol…un Big Three que destrozó la consciencia de un Len que, sobre las 7 de la mañana, empezó a sentir convulsiones en su cuerpo. Sus amigos intentaron despertarle, evitando, en primer lugar, que no se tragara la lengua. La parada respiratoria era inminente.

Lo llevaron al hospital a toda prisa, los médicos solicitaron un trasplante de corazón en vistas de la gravedad. Avisaron al matrimonio Bias, que salió inmediatamente hacia el centro médico. Cuando James llegó al quirófano donde habían trasladado a Len para tratar de resucitarle, ya era tarde. Aquel padre desolado cayó a los pies de su moribundo hijo quien, frío como el hielo, abrazaba una muerte tan temprana como evitable.

La hecatombe fue a nivel a nacional. Todo el país lloró la muerte del talento emergente, desde el presidente Reagan al propio Auerbach, pasando por un Jordan que tuvo a bien presentar sus respetos en forma de ramo de flores. Un sueño mutado en pesadilla, una noche inolvidable donde se apagó la llama del futuro de la NBA, el elegido de Larry Bird, quien planeaba adelantar su pretemporada y pretendía entrenar con Len en el campus de rookies.

Lonise, madre de la criatura, se hizo activista en contra de las drogas. Pero las desgracias para la familia Bias no cesarían. El 5 de diciembre de 1990, su hijo Jay era disparado a quemarropa en el párking de unos grandes almacenes, lo que empujó a su padre James a abrazar posturas antagónicas en el permiso de armas de fuego, una guerra sin fin en los Estados Unidos.

Muchos lloraron la tragedia, el adiós prematuro de la némesis de Jordan, el hijo pródigo de una Maryland desolada, pero hay alguien que no lo ha olvidado. La mujer sin nombre levanta la cabeza, sale del estadio y, cuando cruza las puertas de salida, cae al suelo. Se incorpora a duras penas, con la ayuda de su esposo, quien había seguido sus pasos desde una distancia prudencial, conocedor de cómo era su mujer. Quizá sepáis quién es, o quizá no, no importa. Su nombre de pila, como todos la conocen, es baloncesto. La única persona que no te ha olvidado, Len.

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