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Latrell Sprewell, sombras y luces de un antihéroe

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De las pocas camisetas NBA que tengo (no soy un gran coleccionista) siento especial predilección por una. El equipo en sí, pese a ser un histórico (más por repercusión mediática que por logros, dicho sea de paso), nunca llamó en absoluto mi atención. Y aunque el azul marino combinado con el naranja queda bastante bonito, jamás se me hubiese ocurrido adquirir prenda alguna de New York Knicks de no ser por el personaje en cuestión.

En la gaveta destinada a estas equipaciones que rara vez me enfundo, luce un uniforme knickerbocker con el número ‘8’ en la espalda. Contrariamente a lo que se pudiera pensar, ni siquiera se trata de una indumentaria cuyo dígito pudiera parecer propiedad casi exclusiva del baloncestista que tiene su apellido serigrafiado en la parte superior, como ocurre la mayoría de las veces. En mi caso, el ’41’ de Dallas, el ’34’ de Boston, el ’13’ de Suns o el ‘4’ de Kings serían ejemplos claros de lo que quiero decir. Cierto es que puede que no hayan pertenecido a un solo jugador, pero sí que tras estos, no imaginamos más; bien porque su número haya sido retirado, bien porque quienes han venido detrás no han osado escoger un dorsal que se relacione con una figura importante dentro de la franquicia oportuna. Después de nuestro protagonista, hasta siete nuevos nombres lucieron el ‘8’ en el reverso. Y, sin embargo, cuatro años le bastaron a Latrell Sprewell para que mi mente no validase ninguna otra opción tras él. Porque entre 1999 y 2003 Spree nos ganó a todos. A los que ya sabíamos del enorme talento que había mostrado en Oakland y a los que no. Y todos, absolutamente todos, nos iríamos con él a aquellos brillantes Wolves, donde escribiría el último capítulo de una carrera que hubiéramos preferido que se extendiese un poco más.

En enero de 1999, Latrell Sprewell cumplía una sanción de 68 partidos por haber estrangulado a su entrenador en los Warriors, P.J. Carlesimo, durante un entrenamiento. Fue entonces cuando, en su Milwaukee natal, recibió la visita de la comitiva de los Knicks de New York. Su carrera tras el grave incidente era una incógnita. Muchos directivos eran reacios a siquiera tantear la incorporación de un baloncestista que se había mostrado tan violento con el encargado de dirigir a un equipo, de modo que el mismo jugador era consciente de que, a pesar de su enorme capacidad para el deporte, no podía exigir demasiado si recibía una segunda oportunidad en la NBA. Bien era cierto que cinco años atrás había sido incluido en el mejor quinteto de la competición, y que sus condiciones de All Star y gran defensor aún avalaban al Spree jugador, pero aquella acción pesaba sobre él como una losa; máxime sabiendo que cuando se produjo la agresión las desavenencias ya eran continuas, incluyendo burlas y desobediencia constante. Por fortuna, Van Gundy se llevó una grata impresión suya tras la reunión, y tuvo claro que lo quería en su roster. Latrell estaba de vuelta.

Sprewell pasó gran parte de su infancia en Flint, para luego regresar a Milwaukee tras el arresto de su padre por posesión y distribución de drogas. En su primer año de secundaria en la escuela de Washington (zona norte de Milwaukee), toparía en un pasillo con James Gordon, entrenador de baloncesto del equipo, quien viendo su altura y cuerpo, pensó que tal vez podría interesarle jugar al baloncesto. Era la primera vez que le daban una segunda oportunidad, pues en anteriormente ya había sido cortado en un intento previo. Gordon, a través de John Hammond (por entonces ayudante en Sothwest Mossouri St. y actualmente General Manager de los Orlando Magic tras su paso por los Bucks), pone en contacto a Spree con Gene Bess, coach de la pequeña universidad de Three Rives Community College, donde dio un gran salto de calidad. Bess insiste en que se trataba de un jugador muy fácil de entrenar: “No tenía que decirle más de una vez qué error había cometido. Inmediatamente aprendía y corregía. Con hablarle una vez era suficiente”. Producto de esa mejoría, la Universidad de Alabama se postularía como siguiente parada. Wimp Sanderson puliría un poco más su juego y Latrell se convertiría en claro candidato a jugar en la mejor liga del mundo.

Los Warriors del “Run TMC” habían pasado a la historia. Sorprendentemente, sin Mitch Richmond, en la temporada 1991-92 se fueron a las 55 victorias, solo superados por los Blazers (que serían finalistas) e igualados con los Jazz. Chris Mullin estaba en el cénit de su carrera, Tim Hardaway aún no sufría problemas físicos, Sarunas Marciulionis firmaba unos números inesperados y Billy Owens se presentaba siendo, desafortunadamente, la mejor versión de lo que llegaría a ser. Pero el batacazo en primera ronda ante los Sonics evidenciaban ciertas carencias. Faltaban algunas piezas para que el plan fuese ganador. Ese verano, Sprewell era elegido por los de la Bahía en el puesto 24 del draft.

El primer año no fue nada alentador, logrando solo 34 triunfos, pero las diversas lesiones de sus compañeros propiciaron que Sprewell fuese titular en hasta 69 ocasiones, registrando unos más que meritorios 15.4 puntos por noche y formando parte del segundo equipo rookie. La rodilla de Hardaway lo dejaría fuera en la 93-94 y sería entonces cuando Spree tomaría el mando de una nave que había incorporado a Chris Webber, flamante número 1 del draft, que había sido intercambiado por Anfernee Hardaway. Asomaba un grupo con posibilidades de crecimiento infinitas. Sin embargo, las desavenencias entre Webber y Don Nelson, su entrenador, dieron con los huesos del primero en Washington y un proyecto derruido nada más comenzar. Nelson también saldría a principios de 1995, y tras la breve estancia de Bob Lanier, Rick Adelman tomaría las riendas en el curso 1995-96. Con el nuevo entrenador, Sprewell se consolida como uno de los mejores jugadores del campeonato, beneficiado por el traspaso de Tim Hardaway, quien mantenía diferencias con Adelman y el propio Sprewell. El status de Latrell alcanza su punto álgido cuando es nombrado capitán de la escuadra y firma en verano del 96 un contrato por cuatro años y 32 millones de dólares. Estadísticamente, en la 96-97 registra su mejor marca anotadora de siempre, siendo quinto de toda la liga. Era una estrella.

Pero como cuenta Gonzalo Vázquez en el libro ‘101 historias de la NBA’ no todo eran luces. Fuera de la cancha sus actos no eran tan ejemplares. En 1993 se pelea con su compañero Byron Houston. En 1995 abandona un entrenamiento tras liarse a puñetazos con Jerome Kersey, para regresar luego e intentar rematarle. Entrenamientos, dicho sea de paso, que en ocasiones se saltaba. Además, la dirección deportiva de la entidad realizaba operaciones que le causaban disgustos. Las salidas de Webber y Owens fueron en contra de su voluntad, lo que le llevaría a escribir en su calzado el nombre de sus dos ya ex compañeros. A todo esto hay que sumar sus problemas extradeportivos. Por si no eran pocas las multas de la franquicia debidas a sus ausencias o mal comportamiento, sería arrestado tras discutir con un policía que le había detenido por exceso de velocidad al volante. Posiblemente una de esas noches en las que regresaba de la Bay Area que tanto frecuentaba.

En 1997 los Warriors sustituyen a Rick Adelman por PJ Carlesimo. Sus fuertes personalidades no tardaron en chocar. Discusiones en tiempos muertos y dardos continuos de uno a otro. Con un balance de 1-13, el uno de diciembre ocurre lo inevitable. Tras recriminarle en uno de los ejercicios más intensidad, y ante la mala respuesta de Sprewell, Carlesimo se encara con este, exigiéndole que no le rechistase. Fue inmediato. Amenaza de muerte y manos al cuello ante la mirada atónita de sus compañeros. Bimbo Coles aseguraría más tarde que estaba tan desconcertado por lo que estaba viendo, que su cerebro no era capaz de procesarlo. Así, los jugadores tardaron más de diez segundos en separar a los implicados. Sprewell no se detuvo ahí. Volvería desde el parking para tratar de golpear a Carlesimo, alcanzando su rostro de un puñetazo. Los Warriors rescindirían unilateralmente el contrato del jugador y Converse, la marca que lo vestía, tomaba la misma decisión. David Stern anunciaba días más tarde una sanción por un año de empleo y sueldo, la más importante hacia un deportista profesional de la historia de Estados Unidos.

Latrell Sprewell en la rueda de prensa después del incidente con PJ Carlesimo

Sin nada que hacer, Sprewell regresa a su casa. En Milwaukee se dedica a entrenar a su primo Ceso, estudiante por entonces de 16 años perteneciente a la escuela de Washington. Y esperó. Tras el cierre patronal, dos equipos se interesaron por sus servicios: Miami y New York.

Oficializar su compromiso con los Knicks sería como volver a empezar. En 1999 partía desde el banquillo; siendo un lujo como sexto hombre. Pero aquellos Knicks que parecían en disposición de pelear con los grandes del momento apenas logran entran en las eliminatorias como octavo del Este. La explosión llegaría en Playoffs. Miami, Atlanta e Indiana serían escollos superados por el último cabeza de serie. La inteligencia, capacidad atlética y defensa de Sprewell era básica en cada serie. Tras la lesión de Ewing, pasa a ocupar plaza en el cinco inicial, convirtiéndose en el máximo anotador de su equipo en aquellas finales en las que los Spurs iniciaron su dinastía. Junto a Marcus Camby, era ese huracán de energía que se traducía en hambre, en competitividad. El Sprewell 2.0 había llegado. Como él mismo decía en un anuncio, era el sueño americano. Regresar, y regresar a lo grande.

Su dupla con Allan Houston era temible, y en 2000 volvería a alcanzar las finales de conferencia, ya completamente asentado como titular. En 2001 regresaría al All Star Game, el reconocimiento definitivo, la aceptación colectiva. Volver a brillar ante los ojos de todos. Era latente que los Knicks habían aparecido en el momento adecuado y que la ciudad lo había acogido con los brazos abiertos. Con su entrega y su carisma se ganó el corazón de los aficionados, ávidos de encontrar un nuevo ídolo al que rezar. Los contratos publicitarios volvieron a asomar y su figura dentro de la cultura de baloncesto y hip-hop de finales de los 90 y principios de milenio solo era eclipsada por la de Allen Iverson.

5 Feb 1999: Latrell Sprewell #8 of the New York Knicks listens to head coach Jeff Van Gundy during the game against the Orlando Magic at the Orlando Arena in Orlando, Florida. The Magic defeated the Knicks 93-85. Mandatory Credit: Andy Lyons /Allsport

Pero Sprewell siempre sería Sprewell. Con todo lo que eso conlleva. En 2002 apareció en un entrenamiento con una mano fracturada. El ‘New York Post’ informaría de una pelea en su yate como causa del suceso. Latrell siempre negaría tal circunstancia. Sus promedios bajaron y en el que sería su último año en la capital del mundo, los Knicks se verían fuera de Playoffs. Ese mismo verano sería traspasado a Minnesota.

A las órdenes de Flip Saunders, los Wolves sorprenderían a propios y extraños, logrando el mejor balance de la temporada en el Oeste. Con un Big Three demoledor, compuesto por el propio Sprewell, Kevin Garnett (MVP del curso) y Sam Cassell, en Minny vivirían su momento de máximo esplendor. Pero los Lakers tricampeones de Shaquille O’Neal y Kobe Bryant cerrarían la puerta de acceso a la gloria a aquel grupo. Tras ello, en un decepcionante 2005 en lo colectivo se cumpliría el contrato de Spree, quien se negaría a renovar por menos de lo que esperaba, alegando que tenía que alimentar a su familia. Tenía apenas 34 años y parecía claro que aún le quedaba cuerda. Ya nunca más se vestiría de corto.

Más de una década después, el nombre de Sprewell sale a la palestra ocasionalmente en los medios estadounidenses y casi nunca por cuestiones positivas. Algunos titulares contaban que ha sido demandado por su ex novia, debía más de tres millones de dólares en impuestos atrasados, algunas de sus propiedades le fueron embargadas y ha sido detenido en varias ocasiones por su conducta. Bien es cierto que, como leí hace un tiempo en ‘Slam’ no se puede saber cuánto de todo esto es verdad. En Wisconsin se hacen públicos los nombres de las personas que deben al estado cantidades superiores a los 25.000 dólares y Sprewell no aparece en el listado, por lo que el tema de impuestos queda algo cogido con pinzas. Eso sí, figura en catorce casos judiciales en Milwaukee desde 2006, pese a que la mayoría estén cerrados.

No se sabe muy bien si realmente sufre problemas económicos. A principios de 2016 apareció en un anuncio de ‘Priceline’, tras haber permanecido alejado de los focos. En opinión de Van Gundy, para Spree sería fácil ganar dinero. Un simple viaje a New York podría reportarle buenas ganancias, debido al grato recuerdo aún latente en la urbe. Sin embargo, también asegura que lo necesite o no, solo lo haría si realmente le apeteciese, porque va en su naturaleza: “Es lo que es, y nunca trató de disculparse por ello. Te gustase o no, se trataba de un hombre de verdad. En todo. Lo recuerdo una tarde jugando con sus hijos en el pabellón, siendo muy dulce y muy paciente. Quizás esa sea la parte que poca gente conoce”.

Y es que Latrell Sprewell fue siempre él mismo. Ello le costó algunas relaciones con compañeros de equipo y entrenadores, además de una reputación algo oscura. Pero era exigente, también consigo. Y esto afectaba a su carácter. Un carácter que, sin embargo, ganó más adeptos que detractores. Recuerdo cariñosamente el mote que Andrés Montes le otorgó en aquellas mágicas madrugadas: “Melodía de Seducción”. Inmejorable. Porque Spree seducía. Incluso a aquellos que, como yo, jamás fueron con los Knicks.

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