Fútbol italiano

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Las plantillas más desaprovechadas de la historia: Inter 98/99

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Tras dos pésimos cursos dirigidos por Ottavio Bianchi, la Ley Bosman pareció reflotar al Inter de Milan. Pero fue una ilusión. Menos de tres años tardó la corriente en arrollar al conjunto neroazzurro, y enfrentarlo una vez más con la realidad.

Para la campaña 95/96 el Inter había olvidado ya el gran bloque con núcleo italo-alemán que los hiciese fuertes a inicios de la década y, tras un baile de entrenadores, acabó séptimo en la Serie A, empeorando con ello el sexto puesto que ostentaban al empezar el campeonato doméstico. La sentencia Bosman aplicada en 1996 trajo a Milán a reputados foráneos como Djorkaeff, Angloma, Winter, Sforza y Zamorano, y el equipo, inicialmente, volvió a funcionar. Roy Hogdson, que ocupó el lugar de Bianchi, casi logra acabar la temporada -que no era poco tratándose del Inter- y el grupo finalizó tercero, saliendo, asimismo, subcampeones de la Copa de la UEFA tras caer por penaltis contra el Schalke 04 de Huub Stevens, en la última final que se disputaría a doble partido.
En la 97/98 tomó el mando Luigi Simoni, que apoyado en Ronaldo y Simeone alzó la UEFA  -derrotando a la Lazio por 0-3-, título en el que parecían ser especialistas, habiéndose ganado recientemente la de 1991, con Zenga, Matthaus y Klinsmann a las órdenes de Trapattoni, y por última vez en la 93/94, en la única buena campaña de Dennis Bergkamp en Italia. En el Calcio se finalizaría segundo, sólo por detrás de una Juventus intratable. El ciclo de Simoni empezaba con buen pie, augurándosele un futuro de gloria.

Pocos meses después se haría bueno el manido dicho “nada más lejos de la realidad”. El Inter volvía a ser él mismo. Con una plantilla reforzada para competir contra los mejores, el conjunto fracasó con estrépito y volvió a quedarse únicamente en una promesa de liderazgo europeo.

El impulsivo presidente Moratti, que tampoco soportaba el lamentable espectáculo de los jugadores, volvió a cambiar de cromos en el banquillo como si de calcetines se tratase. Cuatro fueron los entrenadores de aquella temporada 1998/99, y ninguno varió prácticamente nada. Ni los resultados, ni la idea de llegar a ellos, que fue lo más duro de asimilar.

Conseguido el éxito europeo, comenzó el año Gigi Simoni. Como era previsible, el mecanismo se asemejó al del anterior curso, pero el esquema no fue exactamente igual. Seguía, eso sí, una defensa blindada con cinco piezas y una mayúscula cantidad de marcajes al hombre. Arriba, para encajar a Baggio -aunque no se pretendiese aprovechar-, las bandas, ocupadas hasta el momento por Moriero y Cauet, pasaron a la historia, decisión que afectó al principal arma del equipo: el contragolpe. Ahora, el pase largo defensa-ataque y las segundas jugadas, se volvían prioridad. Un estilo que, se mirase desde donde se mirase, concedía toda la importancia del juego al rival. Entre que funcionase el equipo o que no lo hiciera el oponente, se buscaba lo segundo.

Sin otra alternativa ofensiva que el envío directo, la novedad aguantó hasta final de 1998. Prácticamente hasta que duró Ronaldo. Il fenomeno cayó lesionado contra el AC Milan en diciembre y todo el ataque se fue por la borda, y con él los resultados. Y el equipo. Tras una primera fase de Liga de Campeones sobresaliente, acabando primero de grupo por delante del Real Madrid, la prolongada ausencia del brasileño se sintió demasiado.

En la jornada 11 de Serie A Simoni fue cesado. Se contrató a un viejo conocido del Calcio, el rumano Mircea Lucescu. Éste desarrolló parte de su carrera en los banquillos de equipos medios italianos, habiendo conseguido descensos y ascensos casi a partes iguales. Su labor estaba bien mirada en el país. Lucescu cambió varias piezas, pero no demasiado la filosofía. Los tres centrales y los carrileros se mantuvieron, los dos mediocentros de brega, también. Baggio y Djorkaeff seguían intentando enlazar con la pareja de atacantes como solitarios jugadores imaginativos. Y apenas jugaban juntos.

Después de diez partidos sin ganar, la eliminación en cuartos de Liga de Campeones contra el Manchester United a la postre campeón, y una reciente derrota por 3-0 contra la Sampdoria, el equipo no parecía con visos de acceder siquiera a competiciones europeas. Además de ello, Marcelo Lippi, que había renunciado al banquillo de la Juventus, estaba fichado para el siguiente curso, lo que facilitó aún más la decisión de Lucescu.
El rumano dimitió y Luciano Castellini, como ya hiciese en la 95/96 cuando salió Hogdson, volvió a ser la solución de urgencias. Tras cuatro jornadas y faltando otras tantas, Roy Hogdson volvió al Inter, paradójicamente, como recambio de Castellini. La escuadra finalizó octava, consiguiendo así el dudoso honor de ser considerada una de las grandes plantillas más desaprovechadas de la historia. El AC Milan dirigido ahora por Alberto Zaccheroni, que había finalizado décimo el curso anterior de la mano de Capello, ganaría el Scudetto. La felicidad volvía a cambiar de acera, enemistándose con el tiempo.

Aquel Inter tenía una media de edad en los habituales de 29 años, formó mayoritariamente en 5-3-2, y éstos fueron sus componentes:

Portería: Pagliuca

Cuando se hace memoria de los grandes porteros italianos de todos los tiempos suelen citarse, de inmediato, a Dino Zoff, Zenga y Buffon. Raramente se recuerda como se merece a Gianluca Pagliuca (31). Pero el elegante arquero fue quien relevo generacionalmente de manera más que digna a Walter Zenga, siendo primero su suplente en el Mundial de Italia ´90 y sustituyéndolo poco después para ser indiscutible en la Italia subcampeona de USA ´94. Se perdió la Eurocopa de Inglaterra de 1996, pero volvió en Francia ´98, donde a sus 32 años estuvo por delante de otros grandes como el desconvocado Peruzzi, Toldo (ambos llamados en la EURO ´96) y un naciente Buffon, en la que sería su última participación mundialista. Un portero con gran personalidad, reflejos y dominio de su zona al que los fallos esporádicos impidieron que su tremenda carrera fuera valorada como se merece.
En la banca aguardó Sebastian Frey (18), un arquero francés todo reflejos. Un jugador excéntrico capaz de lo mejor y lo peor. Ese año únicamente disputó siete encuentros, y en Francia siempre estuvo a la sombra de Barthez. La 2000/01, con la salida de Peruzzi -relevo de Pagliuca-, fue la única que disfrutó bajo los palos del Giuseppe Meazza.

Gianluca Pagliuca | Getty

Defensa: Zanetti-West-Bergomi-Colonesse-Winter

La retaguardia olía a clásico calcio noventero. El tan usado sistema defensivo de tres hombres en el centro de la zaga y dos en los costados, exceptuando el líbero, todos marcadores. Todos replegados. Javier Zanetti (24) fue el mejor jugador del grupo aquel año. Como lo sería cada uno de los siguientes hasta su retirada. Actuó mayoritariamente en el flanco derecho, haciéndole Winter en el izquierdo. Sumó tres goles, por si su aportación defensiva fuera poca. Los pocos momentos que los técnicos consideraron que Zanetti necesitaba descanso, ocupó su lugar Francesco Moriero (29). El rápido extremo diestro cuyo rendimiento la pasada campaña le llevase a debutar con la Azzurra en enero de 1998, perdió toda la importancia conseguida meses antes. Sólo fue tenido en cuenta por Simoni, y acabó con unos tristes 11 partidos en su cuenta. No es que bajase el nivel, es que la consolidación de Zanetti y la ausencia de jugadores ofensivos de banda en el nuevo sistema de dos puntas, fueron circunstancias que no le ayudaron. Aron Winter (30), por su parte, siendo un interior estilo holandés más que un carrilero, en el que destacaba el trato de balón sobre la capacidad física, se movió por varias zonas de la defensa y el centro del campo según qué entrenador lo dirigiese, pero siempre fue una pieza importante. Había nacido en el Ajax, se había curtido en la Lazio -en ambos como mediocentro- y se encontraba en un gran momento, siendo importante en las buenas selecciones de Holanda entre 1994 y 1998, con la que acudió a dos Mundiales y una Eurocopa.

El centro de la línea fue lo que más variaciones sufrió a lo largo del curso. Giuseppe Bergomi tenía 34 años, era el eterno capitán y llevaba liderando la defensa de la selección italiana desde que saliese campeón en España ´82 hasta la reciente participación en Francia ´98, ausentándose únicamente en el Mundial norteamericano, dado que Sacchi solía preferir a jugadores que ya hubiese tenido a sus órdenes a nivel de clubes. Simoni lo situó un año más como líbero, de manera inamovible, aprovechando su liderazgo y jerarquía, ambas cualidades muy consideradas en el aquel fútbol de los noventa. Lucescu y Castellini decidieron apostar por Fabio Galante (25) para esa función y Bergomi pasó a conocer el banquillo, mostrando actitudes de entrenador cada partido, observando e incluso dirigiendo desde la zona técnica.

El croata Dario Simic (23), que acabaría haciendo carrera en el máximo rival, fue usado como central en 17 ocasiones, las mismas que el antedicho Galante. Pero antes que ellos jugaban Francesco Colonesse (27) y el nigeriano Taribo West (24). Colonesse era un rápido central corrector que solía cumplir su cometido de salvavidas del jugador libre, y que tras la marcha de Luigi Sartor pasó a ser un habitual de la zaga. A diferencia del italiano, en Taribo West destacaba la potencia, pasando por considerársele un férreo marcador en todas las parcelas defensivas. Su principal defecto era que solía tomar decisiones poco acertadas que costaban disgustos. Seguramente por ello no llegó a asentarse. Se hizo un nombre en el Auxerre y llegó al Inter para crecer y liderar a las Águilas Verdes en la reciente Copa del Mundo. Para Simoni fue fundamental aunque, como Bergomi, con Lucescu pasaría a un segundo plano. Sumaría 21 participaciones finalmente.

El último futbolista usado en defensa fue el lateral zurdo francés Mikael Silvestre, que a sus 21 años había sido fichado para reforzar una zona izquierda huérfana desde la marcha de Roberto Carlos. Silvestre jugó 18 encuentros, no mostrando demasiada fiabilidad. Con Lippi no jugaría nada y retomaría su mejor nivel en el Manchester United, donde sí cuajó grandes temporadas.

Javier Zanetti (i) pugna con Giggs (d) | Getty

Centro del campo: Simeone-Cauet-Roberto Baggio

Diego Pablo Simeone (29) volvió a ordenar la zona media. El conservador sistema exigía una figura como él. Los cuatro entrenadores lo usaron de eje y, como siempre, el argentino respondió, dando lo que estaba en su mano. Jugó 27 partidos y metió cinco goles, con esa facilidad innata para incorporarse al ataque que un dibujo con tantos jugadores detrás del balón le beneficiaba aún más.

Quizá la culpa, en gran parte, de que la idea no funcionase fuera de la pieza que acompañaría a Simeone. Con el Cholo, la táctica, la lucha y la pasión estaban colmadas, no se hubiese necesitado más de ellas en ese doble pivote. Igual la clase de Winter o la claridad del brasileño Zé Elías hubiesen aportado la salida de balón que el equipo necesitaba. O puestos a pedir, que alguno de los entrenadores hubiese intuido una nueva posición para el joven Andrea Pirlo, cuando aún actuaba cerca de los delanteros. Pero, definitivamente, hubiese sido mucho exigir. Benoit Cauet (29), uno de los buenos centrocampistas franceses de la década, se adaptó al mediocentro. Él, como había demostrado en el PSG y en el propio Inter, era un volante de potencia y transición, no un generador de juego. Y como era de esperar, no complementaría correctamente a Simeone. La influencia de Cauet en los bleus fue inexistente, en gran parte porque su carrera avanzó paralela a la de los mejores medios galos de todos los tiempos (Deschamps, Zidane, Djorkaeff, Pires…), componentes de aquella Francia campeona del mundo y de Europa en 1998 y 2000 respectivamente. En ausencia de alguno de ellos Zé Elías (22) o Paulo Sousa (28) ocupaban el vacío. El brasileño había jugado bastante el año anterior, y pese a su aparente liviandad física se había valido de su fina pierna derecha para imponerse a los aguerridos contrincantes y tomar el timón de muchos encuentros creando juego desde atrás. Simoni dejó de contar con él en el nuevo sistema, de manera sorprendente, bajando a 13 sus participaciones a final de temporada. Del Paulo Sousa que fuese clave en la Liga de Campeones 96/97 ganada por el Borussia Dortmund o anteriormente en el Scudetto y la Champions League conseguidas por la Juventus de Lippi entre 1994 y 1996, poco quedaba. Difícil saber por qué dejó de ser aquel pivote total que aunaba técnica y táctica a su llegada al Inter, únicamente con 28 años. El curso anterior, su primero como neuroazzurri, jugó 11 citas, y éste sólo 10. Tras la Eurocopa ´96, en Portugal seguiría siendo importante, participando en la EURO 2000 de Bélgica y los Países Bajos y en el Mundial asiático de 2002, donde, eso sí, ya cerca de retirarse no llegó a debutar. Su mal pie en el Inter y las constantes lesiones hicieron que a nivel de clubes no volvería a levantar cabeza.

Delante de la dupla estaba toda la magia del equipo. Que resultó ser poca para doblegar rivales.

Uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos tiene la capacidad de cambiar sus labores sobre el campo cuando el físico ya no llega a su máxima expresión. De reinventarse y, explotando otras de sus innumerables virtudes, seguir siendo tan influyente como en su plenitud. Y Baggio, como ya hiciese Johan Cruyff u otros genios de su talla, lo volvió a demostrar.

Roberto Baggio llegó tras sus constantes exhibiciones en el Bolonia, cuando muchos le daban por muerto tras su fichaje por un equipo de segundo orden, tan alejado de su glorioso pasado en Fiorentina, Juventus y AC Milan. El Balón de Oro de 1993 tenía ya 31 años, pero poco importó a la hora de su contratación. El mejor jugador de USA ´94 seguía siendo importante en Italia, con la que había acudido al reciente Mundial de Francia ´98 para compartir ataque con Vieri -compañero de plantel un año después. Uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos tiene la capacidad de cambiar sus labores sobre el campo cuando el físico ya no llega a su máxima expresión. De reinventarse y, explotando otras de sus innumerables virtudes, seguir siendo tan influyente como en su plenitud. Y Baggio, como ya hiciese Johan Cruyff u otros genios de su talla, lo volvió a demostrar. Arrebató el puesto al crack del equipo, Youri Djorkaeff (30), y desde la mediapunta intentó que el embarullado sistema tuviese algo de claridad. En ausencia de Ronaldo compartió once con Djorkaeff, siendo los momentos de mayor clarividencia exhibidos por los interistas. Baggio jugó 23 partidos e hizo cinco dianas, y el francés acabó con 25 y ocho goles. Djorkaeff, a su vez, siempre era la primera solución desde el banquillo ante la adversidad. La defensa está muy bien, pero se necesita alguien que piense con el balón en los pies cuando se va por detrás en el marcador, que se imagine espacios y los haga reales. Que le sea más difícil entregar un mal balón que darlo de maravilla. Youri, por primera vez desde que se fichase en 1996 tras salirse en el Mónaco y el PSG, perdió el puesto, pero no la consideración. Su suplencia y posterior marcha con la llegada de Lippi, no le impidieron seguir siendo un estandarte en la Francia bicampeona. Con Marcelo Lippi también saldría Baggio, que completaría el único año de su trayectoria ocupando plaza en la banqueta.

Por último, 1998 fue el primero de rendimiento aceptable de quien años después pasaría a ser realidad y, con su retirada inminente, será leyenda. Andrea Pirlo (18), que actuaba de mediapunta y nadie lo imaginaba de organizador, tenía 19 años y jugó 18 partidos. Mayoritariamente saltaba al verde cuando el equipo ganaba y se pretendía controlar el ritmo, en sustitución de uno de los atacantes. Otras veces lo hizo en ausencia de Baggio o Djorkaeff, en su ubicación natural y desde el pitido inicial. Ya dejaba destellos de su enorme talento en la diestra, aún con potentes disparos y pases largos y al espacio. Luego, liderando a Italia, el Milan y la Juve metros más atrás, demostraría su tremenda capacidad táctica e interpretativa.

Delantera: Ronaldo-Zamorano

Ronaldo Luís Nazário de Lima (22) fue fundamental los primeros meses, los de bonanza. La fase de grupos de la Liga de Campeones se lideró por el “9”. El FIFA World Player, la Bota de Oro y el Balón de Oro de 1997 se quedaban absolutamente cortos para definirlo. El primer Inter de Simoni y su UEFA fueron el Inter y la copa de Ronaldo, como lo fueran el único Barça de Bobby Robson y su Recopa. La 97/98 pudo jugarlo todo, y metió 25 goles. En la presente comenzaron los problemas de rodilla -aunque la primera lesión grave sería la siguiente-, y sólo le dejaron disfrutar 19 citas, en las que le dio tiempo a marcar 14. Era un equipo hecho para él, o mejor dicho, que sólo podía salvar Ronaldo. Y por ello, con su lesión en diciembre que lo alejó la mitad de la campaña, el Inter de Milan no supo a qué atenerse.

Para cubrir su ausencia no había demasiado. Como Álvaro Recoba (22) no contó para Simoni otro año más y fue cedido al Venezia -donde destacó con 11 goles y 9 entregas-, Nicola Ventola (20) pasó a ser el exclusivo recambio para el ataque. El nigeriano campeón de Europa en el Ajax de van Gaal, Nwankwo Kanu (22), también estaba en la plantilla, pero su enfermedad cardíaca no le permitió vestirse de corto más que un partido. Ventola no llegó a ser un delantero centro de verdadera trascendencia, pero aquella temporada aportó seis goles en los 21 partidos que saltó al césped, siendo, dadas las circunstancias, una cifra bastante considerable.

Iván Zamorano (31) se convirtió en uno de los mejores rematadores chilenos de siempre en el Real Madrid de Jorge Valdano, tras su paso por el Sevilla. La apertura de mercados facilitó su fichaje por el Inter cuando frisaba la treintena. Y, claro, siguió marcando goles en Italia. Estuvo cuatro temporadas en Milán, y ésta, su tercera, fue la mejor. La larga ausencia de Ronaldo hizo que se viese imprescindible y tomase la responsabilidad que el brasileño, en su presencia, le dispensaba por momentos. Sus 9 goles, y la media inferior a 10 en sus años en el Calcio estaban muy alejadas de las cifras en España, pero de aquel Inter a la deriva, fue de las pocas piezas que se podría salvar. El siguiente curso siguió siendo titular como pareja de Vieri, para acabar con siete dianas en la que sería su despedida.

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