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Las lágrimas de Fernando Torres

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He visto a Fernando Torres llorar y he querido compartir sus lágrimas. Esas lágrimas que eran las de toda una afición. Y un poco las lágrimas de todos. También las mías. Como no soy seguidor del Atlético de Madrid, ni fan del Niño, voy a tratar de explicar el porqué de ese sentimiento.

Yo soy culé. Lo admito en tiempos de bonanza y también cuando vienen mal dadas. Haciendo memoria, no recuerdo el momento exacto en el que me decanté por el Barça. De pequeño mi primer equipaje  fue uno azulgrana, pero acto seguido, mis tíos, madridistas, me regalaron el uniforme del conjunto blanco. Cuando eres un chiquillo no te enteras de mucho, así que yo vestía ambos. Me daba un poco igual, apenas entendía de fútbol. Con esa edad no se puede pedir mucho más. Miras a tus padres y los imitas cuando cantan gol sin saber muy bien de qué va el asunto. De modo que observas sus caras y actúas en consecuencia. Nacido y criado en Tenerife, mi primer partido en vivo fue un Las Palmas – Real Madrid que acabaría 4-3 para los canariones en los tiempos de la quinta del buitre. Creo que en mi confusión celebré los goles de los de Chamartín, pero se me pasó pronto: mi padre iba con los de amarillo. Por algún motivo sería…

Después comprendí que la razón de su preferencia aquel día radicaba en que mi progenitor es colchonero. Pero mientras yo me debatía entre el F.C. Barcelona y el Real Madrid, él jamás me dijo que su equipo del alma es el Atlético de Madrid. Nunca trató de convencerme y tampoco en ningún momento insinuó que aquella camiseta a rayas podía sentarme mejor que las que me había enfundado antes. Tal vez, en base a su experiencia, prefería que su hijo se decantase por un conjunto que pudiese darle más alegrías deportivas en la vida que las experimentadas por él. La influencia de Johan Cruyff terminó por definir mi predilección y el resto es historia. Con altos y bajos, he disfrutado mucho como aficionado al fútbol.

 

Pero a lo que íbamos. Mi padre es de los del Manzanares. Y ese sentimiento no tiene mucha lógica visto desde fuera; quizás el ir en contra del sistema en otro tiempo, poco más. Cierto es que son el tercer equipo de España, pero eso en un país donde los dos principales conjuntos acaparan casi todos los títulos en liza (con permiso del Athletic de Bilbao, otrora rey de copas), es ir contracorriente. Porque puedes ser del equipo de tu ciudad, que es lo natural, pero cuando naces en Tenerife, por  ejemplo, o en Albacete, o en Santiago de Compostela, o en cualquier otro lugar que no tenga de manera habitual a su representativo en la máxima competición nacional, ser del Atleti es un acto irracional.

Creo que para ser del Atlético estas obligado a venir con un corazón que traiga de serie más resistencia que los habituales. Para ser del Atlético debes vivir el fútbol con más pasión de la normal. Para ser del Atlético tu personalidad ha de ser fuerte, porque vas a estar expuesto a las continuas comparaciones con el vecino rico. Para ser del Atlético tienes que estar hecho de otra pasta, impermeable a las modas. Y lo más importante: para ser del Atlético has de tenerlo claro desde el principio. No existen dudas, ni influencias externas. El motivo jamás va a ser una buena racha que te pille justo en ese momento en el que la conciencia se despierta. Del Atlético se es porque sí. Y se sufre porque se quiere. Y se ama porque se necesita. La gente que es del Atlético vive también del Atlético. Es una urgencia, como respirar o comer. El Atleti forma parte de uno mismo, el Atleti se sangra.

Por eso las lágrimas de Fernando Torres nos han dolido a todos los que no somos aficionados del Real Madrid. En realidad me atrevería a decir que le han dolido incluso a buena parte de esa hinchada. Porque Torres representa más que ningún otro mortal lo que significa ser colchonero y se adivina su sufrimiento. Fernando juega en el equipo de su vida, tras regresar como hijo pródigo a la que siempre fue su casa. Y Fernando, como sus compañeros, ha hecho un temporadón que le va a servir para irse de vacío.

 

La sensación que todos tenemos de que la temporada del Atlético ha sido buenísima se queda en nada, pues la historia no alude a los campeones morales ni las vitrinas se llenan de casis y por pocos. Mientras, el Real Madrid, que a ojos de tantos ha firmado uno de los peores cursos que se le recuerdan, será para siempre el Campeón de Europa de 2016. Puede que sea cuestión de ADN. Ese gen competitivo que lleva a los blancos a pelear hasta el final y seguir creyendo que son capaces incluso en las condiciones más adversas.

En la acera de enfrente, ese otro gen sufridor que hace que los atléticos no las tengan consigo aun con todo de cara. Fernando Torres es el paradigma del Atlético de Madrid. Ha hecho todo lo que estaba en su mano para sumar, luchando sin descanso y tratando de sobreponerse a las adversidades. Remando hasta divisar la orilla. Y muriendo en ella. Desde el partido uno de la temporada hasta la final de Champions League, último encuentro del curso. Ha remado y ha muerto. Probablemente resucitará pronto, pero este 28 de mayo ha fallecido. Otra vez. Y ha llorado. Impotente. Sin consuelo.

He visto a Fernando Torres llorar y he querido compartir sus lágrimas. Los dioses del fútbol le deben algo grande al Atlético de Madrid. Y si son justos, con El Niño en sus filas.

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