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Larry Bird, el blanco que no levantaba los pies del suelo

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En Indiana, la gran mayoría de personas abrazan el protestantismo, la corriente religiosa que nació fruto de la escisión que Martín Lutero le hizo al cristianismo siglos atrás. Pero hay una creencia que comparte cada ser humano que habita el estado, el amor y el respeto por Larry Bird.

Joe y Georgia Bird vivieron su matrimonio con generosidad, y en consecuencia, trajeron seis herederos al mundo, cinco de ellos varones, y a uno de ellos le pusieron de nombre Larry. La vida en la familia Bird nunca fue fácil. Conviviendo a diario con el umbral de la pobreza, aquella saga vivió su vida entre dos localidades: West Baden (donde realmente nació Larry) y French Lick, el lugar que situó geográficamente al 33 durante toda su carrera. Son los años 50, y sacar adelante una familia numerosa es un reto casi tan grande como complicado, sobre todo si el cabeza de familia, Joe, se funde en alcohol todo lo que gana trabajando. Joe era un hombre atormentado por su pasado bélico más reciente, combatiente en la Guerra de Corea, se despertaba cada noche empapando la almohada, tras lograr escapar de las trampas oníricas de su subconsciente. El terror de todo aquello que sus pupilas había visto y su hipocampo le hacía recordar cada madrugada. Era un gran trabajador, pero sus problemas con la bebida le hicieron ir de un trabajo a otro, pasando por decenas de ellos, incluida la fábrica de pianos Kimball, principal industria de la localidad.

Encajado en Orange County, el área más pobre del estado, Larry practicó todos los deportes, incluido el béisbol, su pasión oculta, pero acabó por decantarse en favor del baloncesto. Todo ayudaba a ello, en un pueblo de no más de 2.000 personas, tenían nueve canchas de baloncesto, algo inaudito. Larry necesitaba huir de sus problemas, de los tragos de alcohol que deshacían su familia, y siguiendo los pasos de su hermano, entrego su alma al baloncesto a cambio de nada. Entró en el instituto de Spring Valley a los ocho años, donde el hoy veterano Jim Jones le entrenó hasta hacer de él un jugador diferente. Blanco, tímido, callado, lento y poco ágil, un cóctel que no ayudaba a Jim a creer en él, pero Larry tenía algo que casi nadie tenía a su edad, y es que entendía el juego a la perfección. Tenía la base, ahora faltaba enseñar a aquel muchacho. Así que hicieron un pacto, trabajaría todos los días, a todas horas, hasta ser el mejor. Una ética de trabajo brutal en un chico de esa edad.

Larry no tenía pretensiones deportivas mayores, quería mejorar, pero no soñaba con ser nadie extraordinario, hasta que todo cambió. Tendría unos 13 años, le tocaba jugar un partido en el norte de Indiana, y al acabar el partido, unos padres que habían ido a ver a sus hijos, se le acercaron y le dijeron lo bien que jugaba y el talento que tenía. Aquello sorprendió a Larry de tal forma, que empezó a creer que realmente tenía opciones de llegar a lo más alto si seguía esforzándose y mejorando. Su faceta de tirador mejoró enormemente, y junto a ella, la de pasador. Era generoso, hasta tal punto que en muchos partidos varios compañeros suyos superaban los dobles dígitos de anotación. En su tercer año se partió la pierna, privándole de casi todo sobre la pista, excepto pasar. Pasó el balón mejor que nunca. Su progresión seguía, era un anotador extraordinario. En su última temporada, la 1973/1974, firmó una media de 31 puntos y casi 22 rebotes por partido. Demasiado potencial recluido. Era hora de decir adiós.

Listen, Indiana, shut the fuck up!

La tarea de elegir Universidad es siempre difícil, abandonar tu casa, a tu gente, tu cuidad…no es sencillo. Él quería seguir su carrera en Kentucky, pero Joe B.Hall no estaba por la labor, creía que Larry era un jugador demasiado lento, así que desechó la opción de traérselo. Y entonces apareció Bobby Knight, entrenador de Indiana University, quien le quería a toda costa. Lo visitó un montón de veces, hasta que por fin, aceptó. El campus apenas estaba a dos horas en coche de su casa, pero para Larry fue como haber aterrizado en Marte. Inadaptado, humillado en partidos, de otro estamento social y económico, el gigante rubio se sintió fuera de lugar. Su relación con Bobby tampoco era la ideal, así que como vino, estuvo tres semanas y se fue. Recogió sus bártulos y puso rumbo a French Lick, a los brazos de Georgia. Su madre le recibió con una indiferencia atroz, odiaba que su hijo hubiera renunciado a semejante oportunidad por no adaptarse, pero era su vástago.

Los Bird estaban separados hace un tiempo, la situación con Joe era insostenible, y éste se había vuelto a casa de sus padres. Y el 3 de febrero de 1975, Joe Bird se metía una bala en la cabeza. Ponía así fin a una vida de miserias internas, a una lucha desesperada contra su ser, una guerra que había perdido hace ya muchos años. Es duro ver como tu propio padre se quita la vida, pero Larry, entre todo su dolor, le llegó a entender. Nunca le perdonó, pues no había ningún pecado que absolver.

French Lick ni se inmutó, nada más allá de un funeral y unas buenas palabras. Aquel paleto con fama de alcohólico se iba, y a nadie más que a su familia le importaba. Nadie supo realmente entender a aquel tipo, nadie supo ver por el espejo de su alma el dolor a plazo fijo que sentía, la hipoteca que firmó cuando estuvo en Corea. La guerra la ganan los países y la pierden los hombres. A tu salud, Joe.

La carrera universitaria de Larry estaba en stand by, hasta que en 1976, Bill Hodges, entrenador asistente en Indiana State University lo reclutó para su equipo. Enseguida se dio cuenta que aquel sitio, por fin, era su lugar.Tras dos temporadas donde Bird se dio a conocer al país entero, sería en la tercera y última campaña donde alcanzaría su zenit como universitario. Todo iba sobre ruedas para el alero, hasta que en su camino se cruzó él: Earvin Johnson Jr.

No se hablaba de otra cosa en los Estados Unidos, no había otro tema de conversación entre los amantes del baloncesto, sólo él. Su calidad, jamás habían visto nada igual, su manera de asistir, de anotar, en definitiva, era el mejor. El rubio no estaba mal tampoco, pero no era lo mismo. Y así hasta abril de 1978, cuando el destino los puso juntos primera vez. Era el World Invitational Tournament, una competición a la que fueron invitados, pero donde tan sólo jugaron unos pocos minutos, los suficientes para que Larry y Earvin demostraran sus cualidades. El torneo lo ganaron de calle, pero cuando Larry regresó a su casa, le dijo a su hermano Mark que, Earvin (algunos lo llamaba ‘Magic’ ya) era el mejor universitario que había visto jamás.

Temporada 1978/1979, Indiana State está jugando a las mil maravillas, y Larry les lleva hasta la marca de 33 victorias consecutivas y como consecuencia, a la final universitaria. Contra Michigan State, contra ‘Magic’ Jonhson. Su primera vez. El partido más visto en la historia del baloncesto.

Eran dos adolescentes que iban a perder la virginidad baloncestística. El rubiales puso todo lo que tenía sobre la pista, pero no fue suficiente. No fue su mejor día, y ‘Magic’ ganó. La peor derrota de su vida. Aún hoy, sentado en su sofá, con la espalda hecha añicos y tres anillos ocupando sus anchos y largos dedos, Larry no recuerda ni sus victorias en Boston, ni el oro en Barcelona, ni tan siquiera las finales de NBA perdidas, a él le sigue doliendo aquella derrota universitaria. Y es que la primera vez nunca se olvida, no hay nada como el primer amor. Indiana era la chica por la que llevaba peleando tres años, se conocían bien, eran novios. Larry incluso le caía bien a sus padres, pero cuando hubo que culminar la amorosa tarea, aquel sonriente afroamericano se la arrebató, ni siquiera para ser su novio, tan solo por diversión. Una noche y nada más. Como duele todavía, que impotencia la de aquella noche. Por si fuera poco, antes de empezar su andadura en la NBA, Larry se doblaba el dedo jugando con su hermano, tocaba reconstruir su tiro y lo que es peor, en soledad.

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Un paleto en Massachusetts

En pleno draft de 1978 y con un año más por jugar en Indiana State, Bird era elegible ya, puesto que su fallido intento de universitario en Indiana le colocaba como posible candidato gracias a que su generación se había graduado ya en Bloomington. Tras rechazar varios equipos y con la idea de seguir una temporada más en Indiana (la campaña de la final perdida), Larry acabó firmando con los Celtics como número 6 del draft gracias a la insistencia de Red Auerbach, mito del equipo verde, eso sí, con el contrato más alto para un rookie hasta la fecha en ninguna de las cuatro grandes ligas estadounidenses.

Boston necesitaba un ídolo, lejos quedaban los años de gloria de Cousy, Havlicek, Sam Jones o Bill Russell. Y aquel paleto de Indiana encajó como anillo al dedo en una ciudad totalmente contraria en costumbres e ideas al lugar del que venía el alero. En su primer año, Larry demostró a la comunidad negra que aquel blanco podía ser mejor que cualquiera de ellos, y de paso, darle al Garden un nuevo mortal al que adorar. Lucha, entrega, liderazgo y talento. No importaba la caída ni donde estuviera el balón, si había que poner la cabeza en medio, se ponía. Nombrado mejor novato del año en 1980 imponiéndose de forma insultante en la votación a ‘Magic’, Larry llevaba a los Celtics a la final de conferencia, pero los 76ers del Doctor J los eliminaban. Poco le duraría la alegría del premio a Larry, pues el otro rival en la lucha por el anillo serían los Lakers de Johnson.

Con 3-2 para los Lakers y Jabbar lesionado, ‘Magic’ se disfrazó de Kareem y de quien hiciese falta. Fue un espectáculo, el niño maravilla ganaba su primer anillo. Y mientras tanto, en Massachusetts, a Larry se lo llevaban los demonios.

La siguiente temporada fue la de consagración para él. Mientras tanto, en Boston la gente lo adoraba. Sólo parte de la comunidad afroamericana era reacia a animar al 33, por su condición de blanco.  Se los ganó a todos. No daba entrevistas a nadie, pero si le querías ver bastaba con pasarse por el porche de su casa, ahí estaría, tan natural como siempre. Larry legend. Pero no bastaba sólo con Bird, a los Celtics les hacía falta más estrellas. Y una vez más, Auerbach obró el milagro. Cambió la primera elección del draft con Golden State Warriors a cambio de Robert Parish y McHale. Jugada maestra. El Anatoli Kárpov de los traspasos.

La temporada marchaba según lo previsto, y de nuevo, esperaban los 76ers en la final de conferencia. Con 3-1 abajo y todo en contra, Larry Bird hizo tres partidos para la historia. Tras caminar por la cuerda como un funambulista, los Celtics llevaban las finales al séptimo partido, en Boston. Y una vez más, el paleto de French Lick anotaba la canasta decisiva. Era con diferencia, el mejor tirador de la NBA. Rumbo a su primer anillo.

No estaba ‘Magic’ en la final, pero estaban los Rockets de Moses Malone y Mike Dunleavy. Intentaron dar guerra asaltando el Garden en el segundo partido, pero la superioridad de los verdes se acabó imponiendo. Cuatro a dos. Ahora era Larry quien sonreía, seguramente acordándose de Earvin, a quien un año más tarde, le hicieron una visita los demonios de Bird.

¿Otra vez tú, Earvin?

Pasaron varias temporadas hasta que Larry volvió a jugar unas finales de la NBA. Pero 1984 llegó y con ello, el primer ‘Magic’ vs Larry tras aquella final universitaria. Pero Johnson ya tenía otro anillo más, el de 1982, en su poder. No se llevaban bien, todos lo sabían. Pero no sería porque ‘Magic’ no lo intentaba. Él quiso ser amigo de Larry desde aquel torneo universitario que jugaron juntos en 1978, pero el alero no quería saber nada de él. No le estrechaba ni la mano. Así que Earvin también se hartó y empezó una enemistad. Hubo continuos roces fuera y dentro la pista, como por ejemplo en su primer partido como jugadores de la NBA, donde Larry le propinó un tremendo golpe a Johnson sin venir a cuento.

Todo empezó gracias a Larry, quien no quería ser amigo de su principal rival, más aún cuando le había ganado aquella final universitaria. Aquella que tanto dolía. Comenzó la final y la serie fue sencillamente brutal. A pesar de la superioridad angelina inicial, los Celtics igualaban la serie gasta llevarla a un séptimo encuentro en el Garden. Allí, Larry, junto a Maxwell, Dennis Johnson, Parish y McHale decidieron la final. Segundo anillo para Larry, que encima era nombrado MVP de las finales. Vuélvete a California, Earvin.

El baloncesto les volvió a enfrentar un año más tarde, y a pesar del Memorial Day Massacre, donde los Celtics empezaron la final ganando 148 a 114 a los Lakers, lograban darle la vuelta guiados por un ‘Magic’ sublime, que iba de triple doble en triple doble, para acabar llevándose su tercer anillo de campeón.

Tercer anillo, la paz con ‘Magic’ y el show de triples

Es 1986, y las sensaciones que transmiten los Celtics no pueden ser mejores. Larry no lo dice públicamente, pero cree que si no hay lesiones ni contratiempos inesperados, ganarán el anillo. Con la mitad de la temporada por jugarse y las finales aún demasiado lejos, la NBA decide crear el concurso de triples para darle más emoción e innovar el All-Star, que ese año se jugaría en Dallas.

Y claro, si hablamos de triples, tiene que participar el hasta entonces mejor tirador de la NBA, y por supuesto, de la historia. La lista de participantes es larga, pero a él eso le da igual. Llega al vestuario y lo primero que pregunta es ‘Chicos, ¿quién de vosotros va a quedar segundo hoy?’. Y se marcha. Medio concurso ganado con aquellas nueve palabras. Pero le costó algo más que aquella condescendencia, tuvo que sufrir para llegar a la última ronda, donde humilló a Craig Hodges. Y así fueron los dos concursos siguientes, el último para júbilo final, sin quitarse el chándal y levantando el dedo antes de que la bola entrase. Ídolo absoluto.

La temporada 1985/1986 fue redonda, otra vez jugaron la final contra los Rockets y otra vez volvieron a ganarla. Larry MVP de las mismas y tercer entorchado en la maleta. MVP de la temporada , el tercero seguido desde 1984. Era el mejor jugador de la NBA.

Pero 1987 trajo consigo cambios muy importantes en la vida de Larry Bird, el primer de ellos, la paz con Johnson. En un anuncio a final de la temporada entre el antiguo MVP de la campaña (él), y el nuevo, ‘Magic’, hizo cambiar su relación. El spot se rodó en casa de Larry,  Earvin y él congeniaron mucho, tanto que a la familia de Bird les cayó muy bien. Algo había cambiado en ellos, de odiarse a empezar una relación de amistad que perduraría por siempre jamás, teniendo su pico máximo en el proceso de enfermedad de Johnson, cuando este reconoció que tenia el SIDA y Larry fue de los únicos que permaneció fiel a su lado.

Decadencia, los Bad Boys, el Dream Team y los banquillos

Los Celtics volvieron a llegar a la final de la NBA, en 1987, la última que jugaría Larry Bird como jugador profesional. Otra vez contra ‘Magic’, y de nuevo, como en 1985, volvían a perder por 4 a 2. La temporada siguiente, estadísticamente hablando fue la mejor de su carrera. Acabó promediando 29,9 puntos, 9,3 rebotes y 6,7 asistencias por partido. Una brutalidad. Sin embargo, no consiguieron llegar a la final de la NBA, cayeron ante Detroit en seis partidos en la final de conferencia. Aquellos Pistons fueron el último rompecabezas de Larry, le sacaban de quicio, a él y a todo el equipo. La polémica venía de antes, de la final de conferencia de 1987, donde los Celtics eliminaron en siete partidos a los Pistons y al acabar la serie, Rodman y Thomas dijeron que Larry Bird estaba sobrevalorado, que si hubiera sido negro, sería un jugador más. Aquello creó un clima deportivamente insoportable, al que se añadía la violencia con la que jugaban ambos equipos, en especial los Pistons.

A pesar del paripé de aquella famosa rueda de prensa entre Thomas y Bird, donde el segundo dijo que no pasaba nada, que todo estaba olvidado, la sensación fue siempre de que Larry se la tenía jurada a Isaiah. Tal es así, que en su etapa como directivo de los Pacers, Bird fulminó a Thomas del banquillo.

La temporada siguiente a perder la final de conferencia, la 88/89 fue un calvario para Larry, quien ya empezaba a pagar caro su derroche físico a lo largo de su carrera. Caídas, golpes y lesiones que le costarían el final de su carrera. Una lesión en los tendones lo mantuvo apartado. A su regreso, la temporada siguiente, la espalda lo tuvo apartado otro buen puñado de partidos. Aún así, hasta dejar los Celtics en 1992, promedió casi 20 puntos, 9 rebotes y 7 asistencias. Siempre llegando a playoffs.

Llegaba su gran final, y había decidido que fuera en Barcelona’ 92. Se unió al Dream Team en aquellos Juegos Olímpicos inolvidables, donde junto a ‘Magic’, fue capitán de aquel grupo de jugadores irrepetibles que arrasó todo el torneo para acabar llevándose el oro. Un roster de ensueño: Stockton, Malone, Jordan, ‘Magic’, Ewing, Robinson, Mullin, Laettner, Pippen, Drexler, Barkley y por supuesto, Larry Bird.

Quería volver otra campaña más a la NBA, pero una grave lesión de espalda le empujó definitivamente a dejar el baloncesto. El mejor tirador de la historia dejaba el baloncesto en activo.

Pero tenía una espina clavada con su casa, con Indiana. Tras perder la final universitaria de 1979 y no haber podido jugar nunca en los Pacers, eligió entrenar al equipo de su vida para darle el anillo que no pudo darle como jugador. Eso sí, puso condiciones. Estaría tres temporadas como entrenador, sólo tres, y después lo dejaría, fuera cual fuera el resultado.

Dicho y hecho, solo tres años en los banquillos. En su primera temporada, los Pacers perderían la final del Este en 1998 frente a los Bulls de Jordan en siete partidos. Después, en 1999 perdería de nuevo la final de conferencia contra Nueva York por 4 a 2. Y para terminar su aventura en los banquillos, perdió la final de la NBA frente a los Ángeles Lakers por 4 a 2. Lo había intentado, pero fue imposible.

Así decía adiós él que hasta la última animalada de LeBron James ha sido el alero titular del mejor quinteto de todos los tiempos. Un hombre que cambió la liga, cerrando las puertas al racismo de una NBA liderada por afroamericanos y creando una rivalidad con Magic que resucitó la competición. El tirador más eficaz y efectivo nunca visto, capaz de anotar desde cualquier lado de la cancha, con una visión de juego y una capacidad de pase impropia en alguien como él. El hombre tranquilo, quien sólo quiso cambiar su futuro.

El hijo de Joe, el paleto de French Lick, el blanco que no levantaba los pies del suelo para tirar. Ese era él. Lawrence Joe Bird.

 

Imagenes: www.nba.com

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