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La vida sigue: Tributo a Ernesto Valverde

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Ernesto Valverde dejó de ser oficialmente, por segunda ocasión, entrenador del Athletic. Lo hizo tras cuatro años dedicándose en cuerpo y alma al equipo de su corazón. Lo hizo tras convertirse en el entrenador con más partidos en el banquillo del histórico conjunto bilbaíno. Lo hizo tras traer a las vitrinas de San Mames el primer titulo en 31 años. Lo hizo dejando una huella que jamás podrá ser borrada.

Llegada

Ernesto Valverde volvió a Bilbao para sustituir a otro entrenador que marcó a la parroquia bilbaína. La etapa de Bielsa, tan convulsa como maravillosa, despertó en la afición rojiblanca un sentimiento que ya parecía olvidado: la ilusión. Durante la histórica temporada 11-12, en la que desplegando un futbol maravilloso el equipo alcanzó dos finales, la afición volvió a soñar. Las exhibiciones en templos como Old Trafford hicieron ver a la grada que se podía pelear por ganar títulos, que la peculiar filosofía rojiblanca, tan única como limitadora, no era incompatible con la victoria.

El paso del loco, sin embargo, trajo consecuencias. Tras la nefasta temporada 12-13, en la que se llegó a coquetear ligeramente con el descenso en una temporada marcada por temas extradeportivos, el Athletic necesitaba hacer reset. Para ello se consiguió convencer a un entrenador que dejó un gratísimo recuerdo en su anterior etapa. Valverde volvía a casa.

Números

Fijándonos solamente en los números, el bagaje de Ernesto Valverde no admite lugar a dudas: es excepcional. Ha dotado al Athletic de una regularidad no vista en muchísimo tiempo. Un breve resumen de su segunda estancia en Bilbao:

2013/14: 4º en Liga (70 puntos) | Cuartos de final en Copa
2014/15: 7º en Liga (55 puntos) | Finalista en Copa | Fase de grupos en Champions League | Dieciseisavos en Europa League
2015/16: 5º en Liga (62 puntos) | Cuartos de final en Copa | Cuartos de final en Europa League
2016/17: 7º en Liga (63 puntos) | Octavos de final en Copa | Dieciseisavos en Europa League

 

Siempre ha metido al equipo en el top7, algo que había ocurrido en tres de las quince temporadas anteriores, sacando cada año (sin considerar el último, a la espera del desenlace de la final copera) el billete europeo.

En Copa ha sido siempre derrotado por equipos del top3 (Atletico Madrid en 2014 y Barcelona en los tres años posteriores), vendiendo muy cara su piel en todas y cada una de las ocasiones.

Volvió a traer a Bilbao el himno más hermoso de todos, aquel relacionado con el balón de estrellas, 16 años después. Y lo hizo derrotando a un grande como el Nápoles en un San Mames a reventar.

Y, sobre todo, volvió a hacer que Vizcaya entera celebrara por todo lo alto la consecución de un título 31 años después. Para los gigantes de Europa una Supercopa puede no valer nada pero para un equipo como el Athletic, más aun considerando como se logró, significó muchísimo. Tras tantos años de desilusiones, de ver impotentes como el gigantesco Barcelona acababa con los sueños rojiblancos una y otra vez (tres finales en siete años no cicatrizan fácil), se obtuvo recompensa. El 5-1 global, además, no dejó lugar a la duda; en este mundo actual en el que cada victoria siempre tiene un matiz, en el que cada logro siempre tiene un pero, nada se pudo reprochar a la victoria bilbaína. El Athletic volvió a ganar 31 años después y lo hizo con todo merecimiento. Una marea rojiblanca inundó Bilbao demostrando una vez más que esta afición es única.

El peso de la exigencia

Las victorias, los viajes por Europa, el jugar de tú a tú a los grandes, convirtió la ilusión de la grada en un nivel de exigencia que crecía cada día. El Athletic competía, jugaba un gran futbol y demostraba sobre el campo que el sentir de la hinchada era justificado. Las ganas de alzar un gran título, con el ojo puesto en aquella Europa League que se escapó en 2012, crecían. Se podría decir que la afición se acomodó, dejó de animar y empujar como antes (es una realidad que San Mames hace tiempo que no ruge como antaño) y empezó a criticar al equipo con mayor asiduidad. Le pedía más porque veía que podía dar más de sí.

El malestar de Valverde primero y de los jugadores después se hizo evidente. Diversas declaraciones dejaban claro el sentir de la plantilla: sentían que no se apreciaba lo conseguido, que se exigían cotas dificilísimas de alcanzar sin dar valor a lo logrado por el camino. Tras cuatro años en el cargo, Ernesto comenzó a denotar signos de cansancio; sus declaraciones no tenían el mismo tono, su relación con la prensa no era tan fluida y gran parte de la afición comenzó a oler que algo iba mal, que aquello podía ser el comienzo del adiós. Lamentablemente, así ha ocurrido.

En opinión de quien escribe las criticas hacía el equipo en general y hacía Valverde en particular eran desmedidas (el pasado Diciembre escribí un artículo en este mismo medio al respecto); suscribo palabra por palabra lo que el periodista athleticzale Endika Rio escribió allá por diciembre:

“La gente se acostumbra al éxito con gran facilidad, lo empieza a ver como algo cotidiano y lo transforma en una obligación. Y es un tremendo error. Acabar quinto, sexto o séptimo, dependiendo de las circunstancias, nunca puede suponer un fracaso para un club como el Athletic.”

El adiós

Después de cuatro maravillosos años esta etapa toca a su fin. La llamada de un club tan grande como el Barcelona, sin duda merecida visto su excepcional trabajo en el banquillo de San Mames, es muy tentadora. Sin embargo, en mi opinión, el destino del Athletic estaba escrito; pasase lo que pasase Valverde, viendo que su ciclo había terminado, hubiese dado un paso a un lado.

Pero más allá de los números Ernesto Valverde ha demostrado ser la clase de entrenador que, como ser humano, todo equipo querría tener. Un hombre sencillo, educado, amable y que siempre ha sabido representar con dignidad a un club histórico como el Athletic. En este mundo de locos la normalidad, por desgracia, es un bien escaso.

Lamentablemente, fruto de la mala gestión en la política de comunicación (algo muy habitual con la actual dirigencia), a la afición le quedará la espina de no poder otorgarle el homenaje que merece. No despedirle como lo que es: una leyenda rojiblanca.

¿Y ahora qué?

Pese al golpe que supone perder al arquitecto del mejor Athletic en décadas (o al menos sí el más regular), no hay motivos para la desesperanza. La irrupción de múltiples jóvenes en los últimos años y la sólida base del equipo hacen pensar que el gran momento que vive el Athletic (pese al sabor amargo que ha dejado la actual campaña) tiene pinta de ser duradero.

Gente como Muniain, Laporte, Williams, Sabin, Lekue, Kepa, Yeray más futuros cachorros que se asentarán como Aketxe o Villalibre, todos ellos menores de 25 años, no son una mala base sobre la que edificar. Si a esto añadimos estrellas como Aduriz (que nunca se le acabe la gasolina), Raul Garcia, Beñat, De Marcos o San José, el coctel que te queda no tiene en absoluto mala pinta. Al fin y al cabo el futbol es de los futbolistas, y el Athletic los tiene y muy buenos.

Si el entrenador finalmente elegido es, como parece que así será, Cuco Ziganda (sería un premio muy merecido tras su soberbia labor durante seis años en el Bilbao Athletic), parece una decisión ideal que facilitará la transición y colocará en el banquillo a un hombre que conoce la casa y a muchísimos de sus jóvenes cachorros como la palma de su mano.

Te despedimos con tristeza Ernesto y te despedimos con gratitud. Sabemos que te echaremos en falta y ten claro que permanecerás por siempre en nuestros corazones. Sin embargo, se debe mirar al futuro con expectación porque, pese a incierto, éste se presenta ilusionante; y es que, como decía aquel, la vida sigue.

 

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