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La Supercopa se tiñe de rojiblamco

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Alejandro CENTELLAS – En la psiquiatría, como en la vida, se sabe que los locos soñadores tienen momentos de lucidez. Pequeños destellos de mundo real, que escapan del imaginario cerebral en el que están inmersos. Mandzukic tuvo este trance, en una cadena de eslabones que empezó en Moyá y terminó en el croata, para helar la sangre blanca y estallar el Calderón. No tiene el nervio de Diego Costa, ni la velocidad y quizás tampoco su movilidad, pero tiene la portería entre ceja y ceja. Ataque relámpago y vuelta a trincheras. Simeone no soñó un plan mejor.

Porque el Atleti se siente más cómodo con espada en mano y rodeado de leones, que teniendo el látigo y someter al rival. Dos opciones de encarar la vida, compartidas o no, pero totalmente lícitas. Cuando la tormenta atlética amainó, se dejaron ver los primeros claros: el Atleti cerrando espacios y el Madrid controlando el termómetro. Fue cuando James se iba sintiendo más cómodo con el paso de los minutos. Que la palabrería suave del colombiano delante del micrófono no engañe: tiene garra y condiciones de luchador, unidos a una presencia peligrosa cuando merodea cerca del área. Fue cogiendo confianza y llevando el peso del partido, justo cuando Kroos se liberó de sus ataduras y el Madrid redirigió el rumbo. La sensación blanca quedó patente: el Madrid tiene ideas arriba y óxido en la defensa. Sergio Ramos tiene secuelas del Mundial, Varane no solucionó como acostumbra los enredos del Madrid y Casillas no genera la confianza de antaño. El Atleti, mientras, a lo suyo: sin perder de vista el contragolpe pero apostando por proteger la fortaleza.

El tiempo que duró la primera parte sirvió para mucho. Entre otras cosas, para ver a Simeone, que comparte tensión competitiva con sus jugadores, expulsado. De una jugada de James, el mejor de largo del Madrid en la primera parte, y con Juanfran fuera del campo, Simeone explotó y acabó en la grada. Se puso al mando el “mono” Burgos, pero da la sensación de que el ADN está tan claro que cualquier abonado con bufanda y bocadillo puede controlar al equipo sin que merme la actitud.

La segunda parte fue una continuación de la primera, con las mismas cartas sobre la mesa. Ancelotti decidió sacar a Cristiano para aportar dinamita, pero el portugués está varios niveles por debajo de lo que acostumbra y su influencia fue discreta. El equipo blanco fue ganando metros, buscando la manera de resolver el acertijo “simeónico” y encontró menos de lo que debería. El Atleti, cuando su vocación defensiva se lo permitía, lanzaba dentelladas peligrosas, como buen felino paciente a la espera del fallo. La entrada de Isco y Marcelo no mejoró al Madrid, que a cada minuto que pasaba se le hacía más largo el campo, y las fuerzas no llegaban a tiempo, lo que le costó la roja a Modric por doble amarilla. Muchos creerán que Raúl García hizo más méritos para acabar en la ducha antes de tiempo, y quizás no les falta razón. Xabi Alonso le sufrió durante todo el partido, pero al final el navarro se salió con la suya.

El Atleti continúa empeñado en contradecir a los psicólogos. Cuántas veces habremos escuchado aquello de la mente positiva como conductora hacia el éxito. El equipo rojiblanco, liderado por Simeone, no se ve favorito ni en los entrenamientos, pero sin embargo avanza a pasos de gigante aplastando a los rivales más fuertes. Situaciones inexplicables de un club inexplicable, que solo se puede entender desde el prisma de la lucha, la intensidad, la fijación por ganar y por acabar con la historia negativa: hoy, 15 años después, el Atleti sonríe en la cara del Madrid en su territorio.

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