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La soledad de un pistolero sin puntería ni balas

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Esteban GÓMEZ – El calor se mezclaba con un panorama desolador. Las altas temperaturas hacían que el clima llamara a todo menos a la vida por esa zona. El horizonte marcado por las montañas ya dejaba entrever que la noche estaba más cercana. El Sol comenzaba a despedirse, poco a poco, igual de perezoso que todo lo que se presentaba por la zona.

El Lejano Oeste era más tranquilo que como lo pintan en muchas producciones cinematográficas, o al menos eso querían pensar sus vecinos. Un pequeño pueblo nacía de entre la soledad de la zona. Sus casas no transmitían grandeza ni riqueza. Sus habitantes se limitaban a hacer sus respectivas vidas intentando no molestar a pistoleros malévolos que les presentaran problemas mayores.

Conocidos son los vaqueros. Unos mejores que otros, con mejor puntería o con registros pobres de cara a rivales, pero todos considerados ya de por sí tipos peligrosos, con los que es mejor no cruzarse. En un pueblo pequeño suele ocurrir que los secretos serán mínimos y que, en menos que canta un gallo, todo el mundo sabrá cualquier suceso o cotilleo.

Roberto Soldado era un prestigioso pistolero alojado en la residencia White Hart Lane desde hacía unos meses. Todo el mundo le conocía, sabían que había tenido un pasado glorioso en materia de concursos de tiro. Su reputación le había hecho representar a su país en las más prestigiosas pruebas, pero todo quedaba lejos. Físicamente era él, sin duda, pese a un renovado peinado engominado. Era él. Sus vecinos estaban seguros, pero su puntería se había desviado, lo que provocaba alguna que otra burla entre la gente cuando acudía a tomar un trago al único saloon de la zona.

Incansable. Nunca caía a las provocaciones de los rivales. La confianza de los suyos le hacían titular en las pruebas a las que seguía acudiendo, pero no. Algo ocurría. Quizás desconfianza propia, falta de adaptación a su nueva residencia. Nadie lo sabía, pero cada vez su rendimiento era más decepcionante. Incluso algunos veteranos conocidos de la zona como Adebayor o Defoe se permitían el lujo de lograr más puntos que él.

Mentalmente estaba preparado. Quería estar en el gran concurso que se disputaría a meses vista en Brasil. Quería ser uno de los 23 elegidos para la gloria, para conseguir ese trofeo que soñaba desde el primer día que se enfundó un arma en su primer concurso de tiro. Sin embargo, la competencia era dura. Sus rivales conseguían más puntería, andaban mucho más fino que él, y además el tiempo iba en su contra. No perdía la calma, pero sabía que los resultados debían mejorar, debían aumentar sus porcentajes, sino se vería relegado a un segundo plano y debería seguir el gran concurso desde la distancia.

Relevante a nivel colectivo, incluso asistiendo material a sus compañeros para que éstos rematasen la faena frente a esas dianas que eran su gran objetivo. Tuvo cambio de jefe. Tras el sheriff Villas-Boas llegaría el interino Tim Sherwood, quien seguiría dándole confianza y balas para que buscara la zona rival. Sin embargo, su arma estaba desviada, y no encontraba el motivo. Entrenaba como siempre, exigente, pero cuando llegaban las pruebas las dianas se hacían más pequeñas. A veces por escasos centímetros, lo que le animaba a seguir intentándolo. Otras, en cambio, sólo quedaban en carreras sin disparo.

Soldado contaba con su caché. Muchos eran conscientes que dentro de ese pistolero poco efectivo se escondía un depredador del Lejano Oeste, quien aguardaba su oportunidad de volver a demostrar que las voces críticas eran fruto de la ignorancia. Sin embargo, cada fallo contaba en su contra, tanto por las opiniones ajenas como para sus propias opciones de poder estar en Brasil.

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