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La soledad de Marco Reus

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Dicen que la vida es como un viaje en tren. En algunas estaciones tu vagón se detiene más, menos en otras. Algunas personas se subieron cuando empezó a andar la locomotora y no se bajan. Otros comparten un breve momento en tu trayecto. Los hay que vienen con siete maletas y otros que llegan con las manos vacías. Pero todo tiene su momento, o eso se dicen los románticos. Porque en la era en la que el dinero rige la sociedad, el fútbol no iba a ser menos.

En el viaje de un tren en la cuenca del Ruhr los hay que prefieren no ver quien se ha bajado del tren. Para certificar que al Borussia Dortmund se le han ido los viajeros para cruzar el andén y tomar el exprés rojo. Pero hay un pasajero que sigue sentado. Al lado de la ventanilla. Y quizás es al que le duela más ver como otra vez las maletas de un compañero se han mandado bajar en la misma estación. A su lado nuevas caras, nuevos rostros y nuevas risas. Bromas. Batmans. Pero en el fondo es Marco Reus el único que aún sigue sentado en el tren del Borussia Dortmund. Tras ver como por tercer año consecutivo la marcha de uno de -por qué no decirlo- amigos al viaje siempre lleno: Bayern München.

Reus es el hijo pródigo rescatado. Vuelto a llevar a un trayecto del que echaron cuando era sólo un adolescente. Quizás por eso es uno de los pocos que prefiere mirar las decisiones desde la distancia y la comodidad de su ahora asiento, asegurado hasta 2019.

Justo cuando se subió de nuevo tras siete años después de su primer trasbordo entre trenes, encontró camaradas de vagón en la estación del Signal Iduna. Y aunque es de todos sabido que la gente va y viene en tu vida. Así en 2013 vio marcharse a su amigo Götze, amparado por Sammer para que se subiera al tren del Rekordmeister. Tras haber pasado la estación de las finales de Champions League y DFB Pokal, en un año que pareció ser el digno sucesor del apodo del tren del Leverkusen: ‘Vizekusen‘. Con la marcha de Mario, el vagón se llenó de muchas voces que quisieron dar su opinión sobre el traspaso del jugador alemán que sólo un año después marcaría el gol que proclamaba campeona del mundo a Alemania. Otro tren, otra historia.

 

Más tarde, con otra temporada recorrida en las vías de la ya madura competición teutona, Lewandowski fue el que cogió su equipaje y se bajó del vagón mientras Reus sonreía a sus nuevos compañeros con los que ahora compartía risas. El polaco acostumbrado a viajar se fue al acabar su trayecto con el Borussia.

Ahora se ha vuelto a bajar alguien del vagón del equipo. El capitán, Mats Hummels, se marcha para volver al tren del que se bajó en 2008. El tercero consecutivo que abandona la senda armarilla y negra para irse al trayecto que lleva a Bavaria, a la tierra de las 25 ensaladeras y 5 orejonas. Se monta en el tren que lleva su familia y sus amigos por la tierra muniquesa. Y mientras tanto Marco Reus lo mira a través de la ventana.

 

Y para los románticos de un viaje de 90 minutos: sólo queda la esperanza de que queden en los trenes de hoy en día, alguien como fueron Uwe Seeler, Aki Schmidt o Fritz Walter. Porque hoy en día pocos pueden presumir de haber viajado en un sólo tren toda su vida. Porque la gente va y viene. Eso lo sabe Reus, y también el Borussia Dortmund. El hijo pródigo sigue sentado al lado de la ventanilla esperando que la próxima parada sea Borsigplatz. Hasta entonces seguirán subiendo y bajando jugadores. La soledad es momentánea. Lo que tarda el maquinista el anunciar el cierre de puertas.

Pasajeros al tren, escojan su trayecto.

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