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La piñata de Edin Dzeko

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“Si no marco es solo culpa mía pero si un jugador es bueno como yo lo soy, lo es siempre”. Estas declaraciones de Edin Dzeko datan de diciembre de 2015. El tiempo ha pasado pero el nueve bosnio sigue viviendo en un acuciante estado ciclotímico, intentando digerir y al mismo tiempo, justificar y entender los claros fallos de cara a puerta que le siguen persiguiendo y pesando como una losa sobre la espalda.

Pensando, tras un fallo, que solamente se trata de un fallo pero volviendo a pensar en el fallo instantes antes de volver a fallar. Así de rebuscada y complicada está siendo la existencia de Dzeko en Roma, adonde llegó hace más de un año envuelto en un aura de prestigioso hombre gol destinado a convertirse en pieza fundamental para que el conjunto giallarosso luchase definitivamente por el Scudetto. Más de 365 días después y con la apuesta redoblada este pasado verano, sigue haciéndose esperar. Y no está muy claro si terminará por llegar del todo.

No hay un delantero en las principales ligas europeas que dispare más veces por partido que Dzeko -lo hace más que Messi, Lewandowski, Ibrahimovic y Agüero– y, al menos, en Italia nadie es menos eficaz de cara a puerta con sus disparos entre los futbolistas que llevan al menos un gol en este inicio de campeonato. Hasta siete chuts por cada noventa minutos disputados en ocasiones, todas ellas, francas de gol.

La campaña pasada de Edin Dzeko estuvo marcada por las dudas, por unos guarismos que se quedaron muy cortos y por unos fallos de cara a puerta cíclicos y ciertamente sonrojantes. Y no parece que el balcánico haya resuelto sus problemas de puntería y confianza en zona de gol, pese a que la Roma haya mejorado en este inicio de curso en cuatro puntos su porcentaje de posesión y en seis chuts más por encuentro hasta los 21 que promedia (más de dos tercios dentro del área), profundizado su vocación ofensiva y liderando ambas estadísticas. Es, por tanto, el equipo del Calcio que más y mejores ocasiones genera. Y claro, también el que más desperdicia con diferencia.

Spalletti le ha dado a Dzeko lo que quizá echó en falta el año pasado. Confianza y un equipo que enfoca su manera de jugar hacia su delantero centro referencial con dos hombres abiertos en el frente de ataque como Perotti y Salah que pasan por ser de los mejores del campeonato a la hora de conducir y trazar diagonales interiores para surtir al punta. El hombre que tiene que compensar que ellos no sean goleadores continuos. Los tantos que la Roma necesita tienen que llegar de las botas del bosnio que, por momentos, parece que ya no necesite nada por mucho que tenga. Y todo tiene un límite.

Los aceptables e incluso notables registros que lleva Edin Dzeko hasta la fecha en la Serie A son un espejismo. Nadie saca menos rédito del ensayo – error que el nueve giallarosso, al que parece haberse devorado su propia frialdad contagiosa y que le hace parecer un tipo falto de pasión dentro del área, allá donde el verdadero killer debe sacar a relucir su instinto, y con una vocación de nueve inapreciable. Sin atisbos de la siempre necesaria mala leche para dominar ofensivamente el área.

Dzeko es un delantero que, sin embargo, tiene capacidad sobrada para aportar muchas cosas buenas al equipo. De hecho, varias de ellas las sigue aportando pero no fructifican como debieran. Dzeko está y aparece en los partidos, no se va. El problema para la Roma es que está de la forma en la que está. Incordiando, acolchando el juego más directo, ganando balones en el área a los centrales por su poderío físico, rematando… pero sin morder, sin olfato, sin chispa ni voracidad.

La Roma necesita un jugador mucho más eficaz si quiere pelear con los de arriba. Un canalla del área. Un Icardi o un Bacca, un Higuaín o un Milik. Un hombre gol que todos tienen menos ella. Un convertidor. No necesita el falso nueve que Spalletti intentó instaurar a su llegada precisamente por las dudas que precisamente generaba y genera Dzeko. Necesita remate y pólvora. Alguien que tire abajo la piñata al primer golpeo con el palo. Alguien que haga que los goles caigan como caramelos en un equipo que genera un tráfico de ocasiones superlativo.

El Dzeko del Manchester City, el que salía del banquillo y marcaba, y el de Wolfsburgo, el que estuvo entre los nominados al Balón de Oro en 2009 tras ganar una Bundesliga de la que fue MVP, está fuera de combate y casi desaparecido en Roma. Sigue siendo un gran apoyo en el frente de ataque, un buen socio en el juego de espaldas, un valor en transiciones pero ha perdido galones, prestigio y carácter y todo ello sin tener ningún tipo de competencia interna en su posición. Mientras tanto, la Roma sigue requiriéndole, antes de que en diciembre tenga que fichar a otro nueve que sí sea capaz de transformar en goles todo su potencial ofensivo.

Es evidente que Edin Dzeko no es el único responsable del titubeante inicio de temporada que está llevando a cabo la Roma pero sí está siendo señalado antes que cualquier otro futbolista porque a la Roma, pese a todo y pese al constante ambiente inquieto y exigente que emana de la grada, se le caen tantos goles como, al menos, los que se deja por el camino sin que nadie los recoja.

Dzeko, que es un gran lector de esos desmarques amplios, en profundidad y verticales tan british -seguramente su gran especialidad-, no conecta demasiado, no se ve amalgamado con Perotti o Salah en un equipo sin nadie capaz de surtirle por detrás salvo cuando coincide con el maestro Totti en el terreno de juego. Hay conexiones múltiples y unidireccionales, pero no hay química ni fluidez pese a que le buscan constantemente y le encuentran habitualmente.

Los gifs de sus estrépitosos fallos de goles sencillos de marcar, de remates francos a escasa distancia de la portería, han vuelto a hacer acto de presencia como ya lo hicieran a lo largo de todo el curso pasado. El bosnio tiene mucha presión sobre su cabeza y, hasta el momento, no se le atisba la motivación necesaria para cerrar unas bocas que cada vez son más numerosas y están más abiertas.

Sus errores ya no son una anécdota. Son un síntoma preocupante. La ristra de esos golpeos más fáciles de meter que de echar fuera es demasiado larga. Basta con hacer un repaso al año y pocos meses que lleva Edin Dzeko en Roma para comprobar que es un nueve en una crisis latente, que vive inmerso en uno de esos estados difícilmente explicables que sobre todo los delanteros centros pasan a veces en un contexto específico pero no necesariamente por culpa de éste. Estresado y frustrado.

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Ni siquiera un hat-trick en una jornada cualquiera ante un equipo cualquier de la Serie A le liberaría y le desataría de una situación que ahora mismo no controla. Como si se tratase de un niño en el día de su cumpleaños con una venda en los ojos delante de una piñata que, tras varias vueltas, ya ni siquiera sabe donde está ni él mismo ni la portería. Incapaz de volver a hallar la referencia para encontrarla y tirarla abajo para que comience la fiesta.

¿Cuál es la solución? Tal vez, la más complicada de todas. Mirar únicamente hacia delante y ser paulatinamente más certero. No pensar. Hasta el fallo más estrepitoso de todos, hasta la peor racha inimaginable se olvida con goles y con tiempo, los mismos motivos que pueden hacer regresar al todavía esperado antiguo Edin Dzeko. Al nueve que llegó a Roma acogido con los brazos abiertos y entusiastas por parte de toda la hinchada giallarossa. Una afición que ya ha perdido la fe y parte del afecto en él pero que le sigue necesitando tanto o más que entonces para derribar y abrir la piñata. El plazo sigue abierto hasta final de temporada. Tic. Tac.

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