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La perspectiva y la paradoja del estilo

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Caminar sobre el cuchillo, transcurrir por todo su filo, hasta lograr ser el propio cuchillo es a la vez el objetivo del Betis y el entorno en el que tiene que desenvolverse. Mantenerse firme por la estrecha cuerda sin red que ha sido el club en su etapa más reciente mientras, con lógica, desde abajo mira desconfiado el beticismo es el contexto. Al primer desequilibrio, las voces que piden un cambio de estilo radical, o una alternativa al juego concebido y pergeñado hasta la fecha, comienzan a reclamar la atención. El cambio por el cambio es su eslogan. El cambio por el cambio que vuelve a conducir a lo mismo, a la nada.

No hay otra manera, para construir un relato exitoso, que creer íntegramente en lo que se hace. Por suerte, hasta los críticos reconocerán en Quique Setién la coherencia de sus intenciones. La solución para que el Betis vuelva a ganar no pasa por un volantazo improvisado, ni siquiera por un cambio de guion -suficientes dramas tétricos hemos presenciado ya-, sino por seguir puliendo e incidiendo sobre los mismos preceptos, pese a que el ruido de fondo deje de reconocer como a uno di noi a quien se aleje de la ciclotimia a la primera época de flacos resultados.

Es cierto que hay situaciones de juego preocupantes, pero nadie debería perder la perspectiva de un equipo que está a tres puntos de Europa, que ya ha jugado ante el FC Barcelona, el Real Madrid o el Valencia y que hace un lustro que no consigue una salvación holgada en Primera División. El equipo, quizá excesivamente volcado en cuanto a creatividad en este primer tramo de competición sobre Guardado y Joaquín, está achacando en ataque la pérdida de frescura coyuntural del mexicano y del portuense y también la ausencia de más socios capaces de inventar y dibujar jugadas; mientras que en defensa la lesión de Feddal, el hombre que más confianza y contundencia defensiva muestra, demuestra, transmite y contagia; ha abierto un agujero a tapar con premura.

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En los once tantos recibidos por el Betis en ausencia del central marroquí puede establecerse un patrón bastante claro: todos y cada uno de los tantos -a excepción del penalti convertido por Charles en Eibar– llegan a través de remates totalmente francos y centrados desde el punto de penalti hacia adelante, lo que demuestra una bajada de plomos en cuanto a efectividad y solidez a la hora de defender el área propia. Una situación que se ha visto agravada por las presiones altas y efectivas a las que han sometido los rivales al Betis, conscientes de sus dificultades en esas lides y aprovechándose lógicamente del bajón de confianza a nivel global y de la necesidad verdiblanca de sentir que fluye desde Adán hasta Sanabria.

Sin ir más lejos, Javi García, un jugador vital para muchísimas cosas, como el juego aéreo y directo del contrincante y para el equilibrio de todo el sistema, es un pivote sin la capacidad de giro en fase inicial ante un pressing agobiante, por lo que, con Guardado en un punto inferior de clarividencia con respecto al inicio del curso, el Betis se deshilvana mucho más desde los primeros compases, lo que le conduce a hallar muchas más trabas para avanzar junto al balón como desea, a ir dejando caer su baricentro y aumentar su espacio entre líneas. Circunstancias que, a su vez, han redundado en una más desordenada y menos efectiva presión adelantada propia, que ha obligado al equipo a defender muchas más acciones de una forma que no quiere -dentro del área- y que sin Feddal y ante un tramo de adversarios muy duchos en transiciones defensa-ataque y/o en el juego directo, éstos lo han sabido aprovechar al máximo.

La paradoja, por su parte, es que las mejores ocasiones recientes del Betis están llegando en contragolpes por todo lo dicho, por esa pérdida de dominio territorial, por esa merma en la capacidad y la aptitud para avanzar junto a la posesión y establecerse gran parte del tiempo en la mitad rival con todos los jugadores de campo. Si bien, en los primeros partidos se podía echar en falta una figura capaz de improvisar entre líneas y que aunara un juego interior desde el que nutrir al punta y amenazar el área con más y mejores recursos y se caía muchas veces en el célebre pero odiado movimiento en forma de U de pico a pico de área; ahora es ese mismo movimiento pero con Adán, los centrales y los laterales como protagonistas el que se repite demasiadas veces por partido, para runrún de la grada.

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Todos esos automatismos en salida ante presiones altas y constantes, el poso y la pausa perdidas una vez superada la primera línea rival y sobrepasada la medular, y el aumento en las formas a través de las que crear peligro es lo que Quique Setién debe seguir puliendo para seguir creciendo, para volver a pensar y creer en crecer, para abrillantar la esencia demostrada en el primer tramo de competición. Sin embargo, y pese a que alguno lo repita sin cesar hasta creer que es cierto, el equipo nunca ha mostrado problemas de actitud. Al contrario. Ésta es intachable. De otra manera no se entenderían resultados arañados como los empates ante Getafe y Girona, erigidos a base de arreones de carácter y de predisposición y convencimiento hacia una idea asumida, abrazada y que no va a cambiar mientras se trabaja en recuperar su empaque y lucidez.

En ese sentido, también es justo reconocer que, más allá de un bajón en el juego y en la confianza y el atrevimiento a nivel individual, el Betis ha achacado en varios encuentros la ausencia de inspiración finalizadora, el simple hecho de disponer de la ocasión perfecta y casi inmejorable para hacer el 1-0 y no convertirla, para a partir de ahí, poder pasar a dominar el desarrollo del partido a través de su capacidad para el control y no adentrarse, en cambio, en las prisas, las dudas, los nervios, la precipitación, el desorden, las decisiones sobre la marcha, la negatividad y el ofuscamiento por vías tan inocuas para el rival como reiterativas una vez entregadas las riendas del choque.

Leer más: Ha sonado chofffff

Sin embargo, es desde esa persistencia inyectada ya comentada, desde esa idea preconcebida, desde la querencia por la pelota que el Betis echaba de menos, desde la pasional actitud hacia la manera de hacer las cosas, desde la que imaginamos el Betis que imaginábamos, el que hace un mes tanto queríamos presenciar y dejarnos contagiar por él, el que acudíamos a ver como si de un acontecimiento singular se tratase, el que comenzaba a cambiarnos el gesto mohíno, a enamorarnos, por qué no decirlo, a los más facilones. Un Betis mandón y presumido. Ganador.

Y es ahora, precisamente ahora, cuando las dudas surgen, cuando la confianza en el campo y en la grada muestra ciertas fisuras y los pitos inundan el ambiente; cuando insistir, persistir y nunca desistir, cuando ser sabio y parecer loco, cuando mantenerse firme por la estrecha cuerda sin red es la vía, el único camino para no tirar por la borda todo lo construido y tener que volver a empezar sin que de nuevo importe cual sea la casilla de salida a la que reengancharse. Ese, seguro, sí que no es el camino para volver a ganar, sino para seguir perdiendo. Y no sólo partidos.

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