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La NCAA: Escuela de magia y hechicería sobre la pista

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Cruzando con seguridad el muro que precede al andén nueve y tres cuartos, los muchachos de Hogwarts, esperan la llegada del tren que les lleve hasta la escuela de sus sueños. Ese rincón del planeta en el que pueden desarrollar sus habilidades como magos, para estar preparados en el momento de la verdad, mientras pelean por ser el mejor dentro del castillo, de la universidad.

Dan un paso al frente, y dirigidos por un grupo selecto de doctorados en la materia mágica, se dirigen hasta los botes, en los que entrarán en el corazón del templo, de la institución que les abre sus puertas y las de su futuro. Túnicas puestas, y varita en mano, se disponen a empezar el curso por todo lo alto. Llegan arriba, muy arriba, volando casi tanto como otros artistas que unas cuantas millas más allá, generan su propia magia, pero en este caso vestidos de corto, y con un balón como artefacto para canalizar su talento. La mayor escuela de futuras estrellas en el mundo del baloncesto abre sus puertas en noviembre, y con ella los sueños vuelven a invadir nuestro mundo.

La vida es más bonita con una pizca de magia y de locura. La monotonía impuesta por un orden lógico, se puede romper, de diferentes maneras, con distintos placeres, momentos únicos, o planes entretenidos, que te dejan boquiabierto, y de estos últimos tenemos muchos en la NCAA.

Sobre sus pistas se reúnen multitud de genios, con mucho futuro en el mundo del baloncesto, para dar rienda suelta a toda su imaginación y crear obras de arte maravillosas. Hechiceros de todo el planeta, enseñan sus conjuros más potentes.

Con cierto rigor táctico, pero sobre todo esa rebeldía propia de la juventud, que poco a poco se va moldeando por los técnicos de las distintas universidades, para que al pisar el parqué no se descontrole, sin dejar por ello de estar presente en cada partido, estas promesas del basket ponen de manifiesto, durante 40 minutos, su tremendo potencial.

Altruistas con el aficionado que acude al pabellón, conecta la tele, o sigue la actualidad de su equipo favorito, regalan, y aportan al baloncesto, dicho está de paso, una liga de esas en las que la cuestión no es si te gusta o no, más bien, si serás capaz de desengancharte una vez hayas probado tal subidón de adrenalina. Entretenimiento llevado el extremo. El baloncesto más loco. No apto para cuerdos.

NCAA, modo de vida | Getty

NCAA, modo de vida | Getty

Tenemos mucho basket. Sin irnos muy lejos, y quedándonos en Norteamérica, nos encontramos con la mejor liga del mundo para muchos, la NBA. Madrugadas y madrugadas de puro show, con sus posteriores mañanas sin querer salir de la cama hasta las tantas, que aunque no lo crean, también nos ofrece la NCAA. Doy fe de que esta competición puede atraparnos a todos los amantes del basket como lo hace la NBA.

No ha pasado tanto tiempo desde que por primera vez viese un partido de la NCAA, pero desde entonces, aunque fuese solo con la llegada de Marzo y su locura, me era imposible desconectar de una liga tan distinta, tan especial.

Fue un actual monstruo de la NBA como Anthony Davis, uno de los primeros jugadores que vi aquel partido entre Kentucky y Louisville, peleando por un sitio en la gran final. La victoria seria para los Wildcats, y en la final se medirían a los Jayhawks de Kansas, que con Thomas Robinson en sus filas, (17.7 puntos y 11.9 rebotes aquel año), aspiraban a doblegar al teórico favorito. Mi apoyo iba con ellos, con Kansas. Prefería dar mi energía al bando con menos probabilidades a priori. Pero no sirvió de nada.

Aquel equipo dirigido por Calipari, con el ya mencionado Davis, Terrence Jones, Michael Kidd-Gilchrist, Marquis Teague o Dorom Lamb entre otros, en sus filas, tumbó por 67 a 59 en Nueva Orleans, a los Jayhawks, y a pesar de no ser el mejor partido de basket que he podido contemplar en mi vida, me retuvo hasta el día de hoy, como uno de los numerosos seguidores de esta liga tan especial, que crece año tras año, y de la cual no puedo separarme.

Puro show, puro espectáculo, intensidad, garra, juventud, descaro, frescura, calidad, mucha calidad, una pizca de insensatez, de locura, y muchas cosas más, todas de gran valor, forman en su conjunto un conglomerado capaz de captar a cualquiera que se atreva a cambiar el chip, y durante 40 minutos, ver como todo lo visto hasta la fecha, da un vuelco, un giro inesperado. Que se pierde magia sin esta liga, en la que el baloncesto es un poco más pícaro, más alocado que en ningún otro sitio.

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