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La mano eterna de Manu Ginóbili

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Don Emanuel David Ginóbili es inmortal. Es genio, mito, héroe y todo a la vez. Con 39 años, el segundo jugador más mayor de toda la NBA, solo superado por Vince Carter, ha reafirmado esta pasada madrugada su condición sobrehumana e irreversible de leyenda. El de Bahía Blanca apeló a Julio Cesar con su histórico “Veni, vidi, vinci” y se llevó los halagos de la meritoria –y trascendental– victoria de los Spurs ante los Rockets con una acción sinigual en el último suspiro del partido que les da la ventaja 3 -2 en la serie. Tras 32 minutos en pista, 12 puntos, 7 rebotes y 5 asistencias, el eterno escolta de la dinastía Spurs, sacó brillo a ese coraje perpétuo que ha arrastrado en toda su carrera, y con más corazón y fe que cabeza, taponó colosalmente por detrás el lanzamiento de James Harden. El resto, historia.

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Podría haber sido de cualquier manera, pero tuvo que ser un tapón. Podría haber sido un robo, una especialidad de la casa de aquél Ginóbili insaciable en modalidades defensivas, pero no, tuvo que ser un tapón. La jugada enloqueció tras el salto entre Mills y Gordon, en unos pequeños instantes de dudas, Manu lo vio claro. Harden fintó su salida de izquierdas, potente y astuto, Ginóbili cayó en la trampa y quedó rezagado. Y en ese pequeño medio metro que ganó la barba, Manu regresó al pasado. Volvió a sus raíces, a sus orígenes, a su ser más visceral. El alero realizó un salto eterno, inacabable. Pareció que volaba en el aire, que esa trayectoria curvilínea orbitaba y no cesaba. Manu levitaba. Y llegó. Aquel joven campeón del 2003 renació de sus cenizas y se vistió en carne y hueso para taponar a Harden. Turno para la catarsis.

Podría haber sido en cualquier momento, pero tuvo que ser al final. Como siempre. Cuando más muerto le daban, cuando más agotamiento reflejaba, cuando más veces lo quisieron retirar y cuando más lo necesitaban. Cuando sus hermanos se le habían apagado. Duncan retirado y Parker y Kawhi lesionados, el destino fue caprichoso y puso a Ginóbili frente a Harden. Temerario, le encaró, le mostró el camino hacia la luz para tapárselo cruelmente unas décimas después. Y por detrás.

Podría haber sido cualquiera, pero tuvo que ser él. El mago. El alma. Tras un ajuste defensivo con Jonathon Simmons, tuvo que ser Ginóbili, una vez más el sacrificado, quien encarara a Harden  y el que con más astucia le propinase un varapalo al devenir del tiro. Con una mano pequeña pero gigantesca a la vez. Una mano que apareció por detrás, sin hacer ruido, sin confianza alguna del AT&T Center; un reflejo de lo que fue la vida de Manu Ginóbili hasta llegar a la NBA, plantarse como el primer argentino y marcar un antes y un después en el equipo que mejor entiende el baloncesto.

Y tuvo que ser con la mano. La izquierda. La de toda la vida. La mano eterna. Con la que agarró su varita en Argentina, la azotó en Italia y brilló en Estados Unidos. Y el mundo entero. La mano de los pases por detrás de la espalda, la mano de los mates a aro pasado, la mano de los botes entre las piernas, la mano de los reversos y la mano de magia. La de la elegancia, el poder y la supremacía. La de la leyenda. La del pasado, la del presente y la del futuro. Y la de la posteridad. La mano de los Spurs. La mano de Manu Ginóbili.

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