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La madurez de Di Francesco

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Eusebio Di Francesco entró en Trigoria de puntillas, pero ha sabido construir en poco tiempo un ambiente sano, libre de la histeria que siempre ha caracterizado el sur de Roma. Tanto en Serie A como en Champions League, el campo está dando la razón al entrenador. Los resultados son de récord para para el club, a pesar de que el mercado veraniego no trajo demasiadas novedades.

El técnico pescarese es, por el momento, el mayor valor añadido de los giallorossi: fantástico jugador en su etapa en la Roma, dirigido por técnicos como Zeman y Capello, tras una desafortunada experiencia en Lecce pudo desarrollar su carrera en los banquillos en la tranquila Sassuolo. Aunque en el 4-3-3 aun se intuye la influencia de Zemanlandia, hay que reconcoer que sus paradigmas son bastante diferentes. Di Francesco, siguiendo uno de los puntos clave del ‘guardiolismo’, es consciente de que puede proponer una fase ofensiva eficaz y posicional solo con una solidez defensiva rigurosa.

En verano parecía que el 4-3-3 fuera la única concesión a un integrismo poco marcado. Pero Di Francesco es un entrenador de principios más que de sistemas y no le ha costado -por necesidad táctica- cambiar el triángulo del centrocampo y proponer un 4-2-3-1 -véase el partido contra el Napoli-. La base, por tanto, no es tanto la disposición sobre el campo, sino la interpretación de los jugadores.

La herencia del técnico bohemio se muestra sobre todo en los triángulos naturales en el mediocampo -que el propio sistema facilita sin duda- y en el uso estrecho de los extremos. El 4-3-3 del pescarese sube en el campo gracias a los triángulos en las cadenas laterales, donde los rombos de construcción son constantemente desestructurados para reaparecer en zonas más avanzadas del campo. A diferencia de Zeman -o de Sarri, actualmente-, Di Francesco sabe adaptar este sistema a las defensas al hombre y defensas cerradas: sabe transmitir a sus volantes como abrirse a banda para apartarse del marcaje rival y transmitir la pausa del juego.

Además, en los extremos ha encontrado en El Shaarawy y Perotti a dos jugadores funcionales, capaces de alternar diagonales -incluso muy profundas- con jugadas entre líneas. Especialmente Perotti ha sabido variar su repertorio técnico, alternando el centrarse hacia su pie fuerte, con llegar a línea de fondo. Sobre todo, ambos saben estrechar su posición para cazar las segundas jugadas, que con un delantero dominante físicamente dominante como Dzeko aparecen a menudo.

En esto, el ariete bosnio ha echado una gran mano a Di Francesco para variar soluciones tácticas. En un estilo que se caracteriza por los pases cortos -como en Lecce y sobre todo Sassuolo- la Roma sabe alternarlo con la búsqueda del delantero para llevar el balón al ataque por alto con rapidez. Tanto Fazio como Alisson están mejorando sus pases en largo y buscan a Dzeko con más insistencia y eficacia. Dzeko, por su parte, sabe participar en la maniobra ofensiva, en su definición e incluso en su construcción como pocos delanteros en el mundo.

En la creación de juego, la Roma sabe gestionar los tiempos del partido y adaptarlos a la necesidad. Los giallorossi se apoyan preferiblemente en Fazio, más que en Manolas, manteniendo altos a los laterales para hacer dudar a los extremos rivales -mantener la posición o salir, normalmente lo segundo-. El comodín en la alineación romanista es, sin duda, Aleksandar Kolarov. El serbio llegó con la doble e incómoda etiqueta de jugador y, sobre todo, laziale. Sin embargo, ha demostrado que mantiene el nivel en un campeonato complejo como la Serie A y que puede aportar nuevas soluciones al juego combinativo de la Roma. Un año con Guardiola debe haberle venido bien, porque ha demostrado una inteligencia táctica bastante inesperada.

Kolarov es el Marcelo de la Roma, cubriendo el rol que fue de Dani Alves en su etapa con Guardiola, como regista oculto del equipo. Toca una cantidad de balones exagerada para lo habitual en esa posición, marca los tiempos de construcción, baja en busca del balón como si fuera Pirlo y sirve balones largos y profundos a los extremos y a Dzeko -más de cuatro por partido de media -. La mente del equipo, en ausencia de grandes defensores creativos, es él. Por otro lado, la voluntad de mantener el balón implica tener la defensa con un baricentro muy alto: los dos centrales han aceptado el reto de defender la profundidad y, gracias a impecables mecanismos colectivos de presión, la fase defensiva de la Roma es posiblemente la mejor de Serie A -mejor defensa con ocho goles encajados, como el Napoli-.

Di Francesco es uno de los pocos entrenadores idealistas que quedan, en el sentido platónico del término: convencido de que las ideas, si los jugadores las aceptan, pueden encontrar aplicación y éxito en cualquier lugar, independientemente del contexto e incluso de la técnica de los jugadores.

La madurez ha llegado con el progresivo abandono de los dogmas zemanianos de verticalidad a favor de un equilibrio general, con una normalización de los resultados: hoy, la Roma anota poco, pero concede aun menos. Di Francesco es inteligente y sabe que en Italia “los ataques ganan partidos, las defensas ganan campeonatos”. La clave es una filosofía generalmente aceptada, puntillada con pequeñas grandes adaptaciones.

Para quien aquí escribe, su gran mérito, más allá de su habilidad táctica, es haber convencido a sus jugadores de que sus ideas son las mejores para llegar a los objetivos y para desarrollar su pleno potencial.

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