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La lírica de Old Trafford

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Hay canciones cuyo recuerdo dura toda la vida por su asociación con algún hecho concreto. ¿Cómo olvidar la música que se escuchaba de fondo mientras besabas a aquella chica especial en la discoteca? ¿Y la que marcó tu ruptura cuando el amor dijo basta? ¿Acaso se va de la cabeza el tema que ponía la banda sonora a ese verano de risas y anécdotas que pasaste con tus amigos en la playa?.

No es Coldplay el grupo que más me gusta ni su estilo, a ratos vitalista y a ratos lastimero, el que me atrae. Y pese a ello, sin quererlo, han logrado hacerse un hueco en mi disco duro.
Estaban en el lugar adecuado en el momento adecuado. Probablemente ‘Up&Up’ pasará sin pena ni gloria por su discografía pero no por mi persona. Esa era la melodía que escupían los altavoces cuando llegué a lo alto de las escaleras y se abrió ante mis ojos el impactante verde de Old Trafford.

Estaba allí, en el sitio que todo amante del fútbol desea visitar un día llamado a ser relatado de generación en generación. Decía la letra:

‘Lo conseguiremos, lo conseguiremos juntos
Sé que lo conseguiremos, lo conseguiremos juntos de alguna forma
Lo conseguiremos, lo conseguiremos juntos y volaremos’
.

Complicado encontrar mejores palabras para reflejar lo que pasaba por la cabeza de los aficionados del Leicester aquella tarde, acomodados en bloque detrás de una de las porterías.

Durante todo el día habían coloreado el centro de la ciudad de azul, dejándose caer algunos de ellos por el museo del fútbol. Era fácil identificarles. Vagaban con la mirada perdida, mirando sin ver todo lo que encerraban las vitrinas. Cuando se les deseaba suerte despertaban ligeramente de su ensimismamiento para responder con un tímido ‘gracias’. La historia, que esa misma tarde podía abrirles las puertas, les resultaba acaso intimidante. Numerosos objetos personales de George Best, trofeos, medallas, carteles conmemorativos… Procesar tanta información no era fácil cuando el nerviosismo tenía la batalla ganada.

Los que prefirieron ir con más antelación al estadio para pasar entre el gentío las horas previas no parecían llevarlo mejor. Eran abordados por las cámaras de televisión, escudriñados con ojos curiosos por los seguidores del United y asediados por los vendedores ambulantes. Su estado era tal que compraban casi sin querer, hasta agotarlas, las bufandas conmemorativas de la cita. Seres en estado de hipnosis que se alimentaban de grasientas hamburguesas jalonadas con queso, con ese beicon grueso y crujiente que sin duda sabe mejor en Inglaterra. Por motivos distintos, por la emoción de pisar un templo en una jornada legendaria, yo no era muy distinto de ellos.

Es imposible decir a qué huele o sabe el fútbol pero introducirse en ese ambiente despierta todos los sentidos. Hay un pie en el presente pero el otro se apoya en el pasado. La estatua que representa a la ‘Santísima trinidad’ del United (Charlton, Best y Law) mira de frente a una lona gigante en la que De Gea aparece escoltado por dos azafatas de Aeroflot. A la vuelta de la esquina, el reloj parado que recuerda a las víctimas de la tragedia aérea de Munich. Murieron ellos, pero en el club se encargan de que su espíritu no se borre.

En las tripas del campo ocupaba el asiento del señor Kim, un hombre que gentil e incomprensiblemente había cedido su abono al club renunciando así a experimentar noventa minutos irrepetibles. Era una localidad alta y centrada, a la que llegué después de la pertinente visita a unos excusados que mantenían vivo el espíritu de antaño conservando las letrinas corridas. Eso sí, de última generación.

Entré con antelación pero los que sufrían por los ‘Foxes’ ya estaban allí. Los altavoces del estadio, lo suficientemente potentes como para formar parte de la troupe de AC/DC, silenciaban sus cánticos bajo una intensa lluvia. Lo cierto es que, en cualquier otra circunstancia, el hilo musical hubiera sido de mi agrado salvo el innecesario guiño a Coldplay y la melodía de la 20th Century Fox que anticipaba la salida de los equipos al verde. Pero ese domingo solo los rugidos de aquella mancha azul merecían ser escuchados.

La primera parte pasó rápido y el hecho de que el cronómetro del marcador fuese hacia atrás y no hacia adelante como suele ser costumbre creaba una poco agradable sensación de que el tiempo se acababa. Más allá de los goles, no pude evitar centrarme en dos piezas clave para el Leicester.

Por un lado Kanté, cuya capacidad para multiplicarse es aún más impresionante cuando se le ve en directo. El francés es capaz de estar en la banda derecha y, en lo que el balón cambia de costado con un pase directo y el receptor lo controla, aparecer por la izquierda para hacer la cobertura defensiva a un compañero. Da la sensación de que tuviera un doble o una máquina de teletransporte. Inexplicable.

Por otro, Ryad Mahrez. En él se mezclan el descaro de quien ha crecido en la calle y el desparpajo propio del que ha alcanzado el nivel de confianza que solo poseen los grandes. No tiene miedo a fallar porque sabe que pocas veces eso sucederá. Puede estar rodeado por cuatro contrarios y salir airoso con pasmosa sencillez, levantando la cabeza sin que resulte fácil explicar el cómo. Disfruta cada vez que se adueña del balón, sabe que es su momento.

Transcurridos cuarenta y cinco minutos, el relevo protagónico lo recogió un chaval de corta edad junto a la mascota del equipo. El objetivo era marcarle tres goles a esta última desde el punto de penalti. Probablemente muchos habrían dado órganos vitales por ponerse en su pellejo. No así el chico, que demostraba la tranquilidad del que tiene todo bajo control. Marcó dos y otro lo estrelló en el larguero. Desde la grada le jalearon como si fuese el mismísimo Rooney.

Concluido el show comenzaba lo serio, tres cuartos de hora de los que podía salir un campeón. Lo sabía la turba azul, que empezó a recurrir a clásicos atemporales modificados en su letra para personalizar el éxito. Primero un ‘Hey Jude’ con el nombre del equipo. Luego el hitazo noventero ‘No limit’ en honor a Mahrez. Y para concluir el siempre elegante ‘Volare’ de Domenico Modugno dedicado al capitán del barco.

Tanto jolgorio, tanta felicidad, incomodaba a los seguidores del conjunto local. Siempre respetuosos con sus jugadores, a los que no dedicaban ni medio silbido, preferían cargar contra el árbitro. Y ese resquemor crecía con el paso de los minutos. Primero una voz aislada. Luego un par de gritos. Finalmente unos ‘Fucks’ al viento. Tal era la tensión por amargar al vecino que podía sentir a la espectadora de mi lado moviendo la pierna incesantemente, como si estuviera tocando el solo de batería que le valiera para saltar a la fama.

Con los pitidos finales nadie acabó satisfecho, todos parecían desear que la fiesta siguiera un par de semanas más. Al menos los fans del que acabaría siendo el ganador de la Premier, que se quedaron en soledad poniendo sus gargantas al servicio del colectivo. La tarde no había sido todo lo memorable que se anticipaba, pero había material suficiente para entretener a los nietos en el futuro.

Salí de nuevo a la calle en busca de un pequeño contacto con los jugadores, reminiscencias de una etapa de gruppie que creía tener enterrada. Afortunadamente la Premier es la mejor liga del mundo en lo que a detalles se refiere y había unas vallas donde los protagonistas se paraban a firmar autógrafos. Algo impensable en España, donde salen por patas quemando rueda en coches de lujo. Entre el gentío pude vislumbrar la figura de Romero.

Una hora y cuatro autobuses llenos después, conseguí tomar finalmente el X50 que debía llevarme de nuevo al cogollo de Manchester. Y fue allí, sentado en uno de esos asientos revestidos con la siempre presente y poco agradable moqueta británica, cuando volví en mí y descubrí por qué a Old Trafford se le conoce como ‘El teatro de los sueños’.

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