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La leyenda de Rudi Noack

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Hoy les traigo una de esas historias añejas de la que tuve noticias por primera vez hace ya casi 30 años, a finales de los años 80. Una historia que, más que con imágenes televisivas en blanco y negro, casi diría que se ilustra con fotografías amarillentas e incluso raídas por las esquinas. Una historia que la primera vez que la leí, además de sentir una cierta emoción como seguidor del HSV, despertó en mi el deseo de indagar y profundizar un poco más en la misma, aún a sabiendas de la dificultad que ello entrañaba, especialmente en aquellos años en los que internet aún era ciencia ficción…

Si hoy preguntásemos a cualquier aficionado quién ha sido el mejor jugador que ha vestido la camiseta del Hamburger SV, las posibles respuestas serían más que previsibles. Una gran mayoría se inclinaría por el gran Uwe Seeler, elegido recientemente en una encuesta del diario Morgenpost como el mayor icono en la historia del club, y a partir de ahí ya todo dependería de los gustos y la edad de los votantes: Kevin Keegan y sus dos balones de oro, Horst Hrubesch, Manfred Kaltz, Felix Magath, Charly Dörfel… Sin embargo, casi ninguno tendría entre sus favoritos a un jugador que encandiló con un balón en los pies a todos los que tuvieron la fortuna de verle jugar en los lejanos años 30 y 40.

“Deberíamos hacerle un monumento. Ha sido el mejor jugador que el HSV ha tenido nunca” (revista de noticias sobre el HSV)

Nuestro protagonista, Rudold Noack, que ese es su nombre, vino al mundo el 30 de marzo de 1913, casi en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Y lo hizo en el seno de una modesta y numerosa familia de clase obrera en la pequeña localidad de Harburg, hoy un importante distrito universitario situado al sudoeste de Hamburgo pero que por aquel entonces constituía una parte más de la provincia prusiana de Hannover. El pequeño Rudi comenzó a dar sus primeras patadas a un balón en el barrio de Mopsberg, donde el fútbol era el único entretenimiento que un niño podía encontrar. Allí coincidió con otros críos de gran talento como Rudolf Greifenberg y –sobre todo- Richard Dörfel. Sus caminos volverían a cruzarse varios años más tarde, siendo ya todos ellos futbolistas profesionales.

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Viendo sus cualidades innatas para este deporte, su padre decidió inscribirle en los equipos infantiles del modesto Hertha 09 Harburg, club desde el que pasó poco después al Rasensport Harburg. Se cuenta que el día de su Confirmación, cuando Rudi tenía 15 años, casi ni esperó a que terminara la ceremonia religiosa para escaparse de la iglesia. Aquel domingo su equipo jugaba un partido decisivo.

Pronto aquel chaval taciturno, de aspecto desaliñado y abundante cabellera negra, comenzó a destacar por su majestuosa calidad técnica y su facilidad para hacer goles, tanto que con 18 años empezó a jugar ocasionalmente con el SV Harburg, el más importante club local, y el día de su debut maravilló a todos los presentes marcando nada menos que cinco tantos. Las noticias de sus gestas con el balón en los pies pronto corrieron como la pólvora por toda la región, y aquel mismo año (1931) fue reclutado por el vecino Hamburger SV.

Ya por entonces trabajaba en Harburg junto a su padre en la Phoenix AG, una fábrica de productos de caucho en la que se elaboraban desde neumáticos hasta mangueras o sellos. Además del fútbol, otra de las pasiones de Rudi era navegar, y esa afición marinera le llevó a realizarse un tatuaje en la parte alta del brazo, concretamente una mujer. Tatuarse era algo que estaba muy mal visto en la época, tanto es así, que siempre debía jugar con las mangas bajas o a medio remangar a fin de ocultarlo. A él no le importaba demasiado esta cuestión, de hecho se sentía más cómodo en el campo con las mangas subidas, pero su entrenador y los directivos del HSV se desgañitaban en la banda exigiéndole que se las bajase. Y es que ese tipo de detalles, hoy tan de moda en el mundo del fútbol, en la Alemania de entonces eran muy tenidos en cuenta, sin ir más lejos, a la hora de convocar a un jugador con la selección nacional, ya que denotaban una ideología de izquierdas contraria al régimen nazi imperante a partir de 1933.

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Como decíamos, Rudi Noack pronto se convirtió en el ídolo de los seguidores del Hamburgo que acudían a verle cada domingo al viejo estadio de Rothenbaum. Y eso que las exigencias eran altas, ya que cuando llegó al equipo en 1931 lo hizo para sustituir a toda una leyenda como Otto “Tull” Harder. En el campo hacía un poco de todo en la parcela atacante. Su posición favorita era la de mediapunta por la izquierda, aunque también asumía con total naturalidad los galones a la hora de llevar el peso en la creación de juego. Talento y condiciones para ello tenía de sobras. De cara a portería era capaz de rematar casi con idéntica eficacia con ambas piernas, si bien era zurdo de nacimiento. Y por si faltaba algo, Rudi sentía verdadera pasión por el fútbol, tanta que si no estaba jugando o entrenando con su club, era fácil encontrarle corriendo tras un balón junto a sus amigos, sus vecinos o sus compañeros de la fábrica.

“Para él el fútbol era más importante que comer o que beber” (Martha Agte, hermana de Rudi)

En el HSV, que pasaba por ser uno de los mejores equipos del país, el juego descarado y alegre de Rudi Noack, pleno de la imaginación y los detalles técnicos propios del fútbol callejero, y en el que los goles casi eran una anécdota, alcanzó por fin el mayor de los reconocimientos cuando fue convocado en 1934 para disputar con la Mannschaft el Mundial de Italia, en el que logró una meritoria tercera posición. En aquella cita disputó los 90 minutos ante Checoslovaquia y anotó un gol. Sin embargo, su carrera internacional no tuvo demasiada continuidad en aquellos convulsos años y apenas vestiría la zamarra germana en tres ocasiones, algo que no hizo justicia a su tremenda calidad. El seleccionador Otto Merz, técnico al servicio del régimen, no hizo excepciones con la cuestión del tatuaje antes mencionada. Aún así, Noack ha quedado en la historia como el primer jugador nacido en Hamburgo en ser internacional.

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Con el Hamburger SV disputó un total de 193 partidos oficiales, 178 de Liga y 15 de Copa, entre 1931 y 1945, en los que logró nada menos que 233 goles (221 en liga) en total, y eso sin ser, como ya comentábamos más arriba, un delantero puro. Esa prolífica capacidad realizadora le permiten seguir siendo en la actualidad el tercer máximo goleador en la historia del club hanseático, tan solo por detrás de los míticos Uwe Seeler (518) y Otto “Tull” Harder (387), dos auténticos depredadores dentro del área.

“Nunca jugué con nadie mejor que él”  (Heinz Spundflasche, compañero suyo en el HSV)

Salvo pequeños intervalos, Rudi Noack siempre jugó para el HSV, incluso en los años de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, su situación particular no fue sencilla en la época del nacionalsocialismo en Alemania. Era un personaje público que siempre se mostró poco adicto al régimen, lo cual le costó un año de sanción por parte de la NSRL, el organismo nazi responsable de las actividades deportivas por aquel entonces. Su amigo y compañero en el SV Harburg, Rudolf Greifenberg, declararía años después que si Rudi se topaba por la calle con miembros de las SA, la organización paramilitar del partido, no dudaba en cambiar de acera. Un caso bien diferente, sin ir más lejos, al de otro famoso HSVer como Otto Harder, quien en 1932 se afilió al Partido Nazi y un año más tarde ingresó en las temibles SS.

Su trayectoria en el HSV no se vio excesivamente recompensada en lo que a grandes títulos colectivos se refiere. Sin embargo, en el palmarés de Noack defendiendo la camiseta con el famoso rombo figuran el Campeonato de Hamburgo de 1932 (Hamburger Meisterschaft); el Campeonato del Norte de Alemania (Norddeutsche Meisterschaft) en 1932 y 1933; y la Gauliga VII Nordmarkt de 1937, 1938, 1939, 1941 y 1945 (la Gauliga fue una competición creada en 1933 por el régimen nazi que dividía el mapa del fútbol alemán en 16 grupos).

En 1937 fue llamado a filas por las autoridades del III Reich, si bien inicialmente se mantuvo como soldado en la reserva. Posteriormente, ya en plena Segunda Guerra Mundial, fue destinado a Viena para hacerse cargo de una batería antiaérea. Tal circunstancia le permitió en los años 40 disputar algunos partidos en calidad de jugador invitado con el Viena FC. Y lo hizo gracias a la recomendación realizada al equipo austriaco por Richard Dörfel, amigo de la infancia y antiguo compañero suyo en el HSV, quien también había sido enviado a Austria como soldado del ejército alemán. Allí se proclamó campeón de la Copa de Alemania en 1943 tras imponerse el Viena FC por 3-2 al Luftwaffen-Sportverein Hamburg en una emocionante prórroga. Un año antes ya había sido subcampeón de la Liga Alemana con el mismo equipo. Todavía hoy en la sede de la entidad vienesa existe una placa que recuerda el paso de Noack por su equipo.

“Noack fue incluso mejor que las estrellas del famoso Wunderteam austriaco…” (Ernst Happel)

La leyenda de Rudi Noack se agiganta más si cabe tras su trágico final. En los últimos años de la guerra fue capturado por los soviéticos y enviado a un campo de prisioneros en los Urales, según se dijo por “conducta desordenada”. Allí murió tras una infección intestinal, víctima de las privaciones y los trabajos forzados, el 30 de junio o el 1 de julio de 1947 (fecha imposible de confirmar). Contaba tan solo con 34 años. Con él se fue para siempre el que para muchos ha sido el mejor jugador de la historia del HSV y uno de los mejores futbolistas alemanes de todos los tiempos.

Un técnico de leyenda como Ernst Happel, con el cual el HSV alcanzó en los años 80 sus mayores logros deportivos, acudió de jovencito a verle jugar en varias ocasiones con la camiseta del equipo de su ciudad, el Viena FC, y siempre aseguró que ningún jugador le había impresionado tanto como Noack.Como jugador fue incluso mejor que las estrellas del famoso Wunderteam”, en referencia a aquella selección austriaca que, liderada por Matthias Sindelar, Josef Smistik o Walter Nausch, maravilló a toda Europa en la década de los años 30. Y nadie puede poner en duda que la de Happel no sea una opinión más que cualificada.

Sin embargo, hoy su memoria casi ha caído en el olvido. Una peña del HSV (Rudi Noack Fan-Club) lleva su nombre, pero poco más. A las autoridades de Harburg nunca se les ocurrió erigirle un pequeño monumento a modo de homenaje; ni tan siquiera darle su nombre a una calle o a un complejo deportivo. Desde el Hamburgo tampoco se ha hecho demasiado por cambiar esta circunstancia. Sirva pues, este modesto artículo, para hacerle un más que merecido homenaje a uno de esos jugadores de aquel “fútbol en blanco y negro” que supo hacer de este juego todo un arte…

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