Tenis

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La justicia hecha realidad

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Recordar Open (las memorias de André Agassi) es recordar la vida desde la perspectiva más humana de un tenista. Recordar Open en el día en que Andy Murray da un puñetazo en la mesa del tenis mundial es hacer una lectura doble. Por un lado la del nuevo campeón; por otro, la de la resignación del finalista en Londres, Novak Djokovic, que si alguien le viene a decir esto en enero le toma por loco.

Agassi tiene en Open uno de los párrafos que más me han maravillado a lo largo de mi (corta) carrera profesional ligada a este deporte: “No es casualidad, me digo, que el tenis recurra al lenguaje de la vida. Ventaja, servicio, falta, rotura, nada; los elementos básicos del tenis son los mismos que los de la vida cotidiana, porque todo partido es una vida en miniatura” .

Unas veces se tiene la ventaja y otras te quedas con nada y roto. A Djokovic le tocó el papel opuesto a la gloria en un partido extraño de un serbio resignado ante el vendaval escocés que se coló en el O2 Arena en medio de la algarabía frenética y el éxtasis local.

Andy Murray sentenció titulares de “eterno finalista” y le demostró al mundo que su momento ha llegado; que lo lleva gestando a lo largo del segundo tramo de la temporada 2016, y que, si de alguien es el turno, ese es él.

El de Dunblane superó obstáculos temporales a cascoporro y se plantó en una Final como si se tratara del primer partido de la Round Robin. Sabía que tenía que decir algo; algo importante, y que debía hacerlo ante Djokovic. Oiga, ¡qué cosas tiene el destino!

Ni los que estábamos fuera -ni el propio Djokovic- podíamos creer que la frescura de Murray después de 3 horas y 38 minutos el día anterior, ante Raonic, era la que veíamos en el televisor. El hijo pródigo del Reino Unido volvió a dejar una tarde para el recuerdo en la misma ciudad en la que conquistó su primera medalla de oro –en otro partido para poner en bucle- y el Grand Slam ‘obligado’, Wimbledon.

El nombre de Andy Murray figura ya hoy entre los Maestros de Maestros y es un triunfo más que justificado por la perseverancia de un tenista que se atrevió a contestar a los Federer, Nadal y Djokovic un 11 de septiembre de 2012, día en que levantó al cielo de la Gran Manzana el primero de sus tres grandes títulos, que fraguó su legado en La Catedral, por partida doble, y que trajo a casa la primera Ensaladera 79 años después.

Escocia erige a un héroe que hoy colma portadas a base de trabajo en la sombra; de esperar pacientemente; de picar la pared a poquitos y de no amilanarse ante una de las mejores hegemonías de la Historia de este deporte. Al que no le guste, que mire para otro lado. Lo evidente se hizo realidad y el tenis volvió a demostrar que es un deporte justo.

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