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La Guerra de Ataques la ganó el Real Madrid

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A Cristiano le pidieron volver a Manchester, en un explícito “Come home, Cristiano”, y el portugués respondió con un gol al contrataque, con un guiño al piloto de aquel avión con aquel mensaje. Aquí estoy y aquí me quedo, se advirtió en su gesto. Lo que no se vio fue el reverso del mensaje: “Como compensación, aceptamos a Vietto”. El Villarreal tampoco accederá a la plegaria.

Antes del segundo de Cristiano vino el primero de Modric. Control y disparo, tan efectivo y en apariencia tan sencillo. Asenjo hizo la estatuta y el Madrid sopesó hacerle un busto al croata, que desatascó un partido valiente, con un Villarreal lanzado que nunca le perdió la cara al partido. Mucha culpa de ello la tiene Marcelino, tranquilo y calculador gallego, que imprime raza a sus equipos. Se lo puso difícil al Barça y se lo ha puesto difícil al Madrid.

El partido fue, en esencia, una lucha de argumentos de tú a tú. Si unas veces llegaba con peligro el Villarreal, inmediatamente era el Real Madrid quien presentaba sus credenciales. Y no sucedió por defensas deslavazadas, sino por ataques precisos y fugaces. Pero la esencia se rompe cuando las grandezas se desequilibran. De la grandeza a la normalidad se pasa por disparar con balas de plata o con balas de caucho. El concepto está claro: llegar al área combinando y, una vez allí, definir. Lo que tiene y lo que le falta al Villarreal es lo accesorio, la imponderabilia que decía Kapuscinski: el ambiente, la inercia, la historia. Con eso también se gana. El Villarreal es ducho en la combinación, tiene gusto por el balón y criterio en los movimientos, pero la chispa de Vietto y la fuerza de Uche no le dan para derribar al Madrid.  Diferencia de presupuesto, dirán algunos. Diferencias humanas, más bien.

Tan buen fútbol se vio, que el debate en la portería del Madrid quedó en otro plano, en un segundo o quizás en un tercero. Se agradece enormemente. Sobre esto, solo apuntaremos algo: lo que tuvo Casillas, lo resolvió de forma muy diligente. Eso le tranquilizará y acabará con los ánimos revueltos. También el Madrid demostró solvencia defensiva, una estructura consistente ante una prueba de fuego como es el Villarreal. Pero volvemos a lo de antes: la efectividad es un valor diferencial que todo lo puede en el fútbol. El Villarreal vive en zonas medio altas de la clasificación porque tiene más gol que muchos equipos de Primera pero está separado por un desierto del Real Madrid.

El Madrid vive de Cristiano, de Bale y de Benzema, que hoy se vistió de asistente para contentar a sus defensores pero sin calmar a sus detractores. Y mientras, James se va encontrando a sí mismo, acostumbrando al público a ver a un colombiano disciplinado, más robusto y con piernas más fuertes que Di María, pero con (casi) idéntica presencia. El Villarreal, por su parte, tiene a Vietto, a Uche, a Gio recién recuperado y a un Gabriel reconvertido en lateral que frenó de forma magistral las internadas de Bale. Suficiente para la temporada, poco para este tipo de partidos.

El resto fue lo natural. Al final el partido se olvidará y solo permanecerá la victoria del Madrid. A veces el fútbol tiene estas injusticias. Pero mientras la memoria dure, nos quedaremos con un espectáculo de fútbol que hacía mucho que no se veía, tanto fútbol puro, sin metáforas ni alegorías. Fútbol y nada más. Se llevó la victoria el Madrid, como se la pudo llevar el Villarreal si la suerte se hubiera aliado con el submarino. Como ha dicho Ancelotti, el Madrid ha sabido sufrir. Sufrir y marcar. Defender y tener efectividad. Y eso es, en definitiva, la esencia del fútbol.

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