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La gran lucha de Royce White

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No solo depende del talento. A veces ser una estrella o acabar en el olvido responde a otras cuestiones. Y no siempre pueden dominarse. No hablamos de las decisiones acertadas o erróneas que alguien pueda tomar y condicionen su futuro. En ocasiones se trata de cosas incontrolables. Para ser un deportista de élite tienen que darse tantos condicionantes… Y basta con que solo uno de ellos falle para dar al traste con todo lo demás. ¿Talento? Es básico, lo principal. Pero luego es necesario el trabajo duro, las ganas de triunfar. Y ahí entra la mente. El caso que nos ocupa en este texto tiene que ver directamente con ella.

El mes pasado pude leer un artículo de David Aldridge sobre Royce White; un jugador del que ya no se habla, del que poco se sabe. Recuerdo que la última vez que tuve noticias suyas corría el verano de 2015. Tras formar parte del roster de Los Angeles Clippers en la Liga de Verano de Orlando, su nombre figurada al lado de otros tan ilustres como  Joe Crawford, Josh Shelby, David Harrison, Terrence Williams, Al Thorton, Antoine Wright o Dajuan Wagner. Todos jugadores de cierto potencial que por uno u otro motivo no habían respondido a las expectativas que despertaron y vagaban un poco sin rumbo. Se creaba en Las Vegas una nueva liga que superaba económicamente a la D-League  (la liga de desarrollo americana). Se trataba de la Amerileague, un torneo con entre 6 y 8 equipos en liza dirigido por un tal Cerruti Brown. Tristemente pronto se descubriría que se trataba de un fraude, puesto que dicho personaje era en realidad Glendon Alexander, un ex-jugador de la década de los 90  con antecedentes penales por robo a ex compañeros de universidad, jugadores de la Liga de Beisbol y otros casos de estafa. Descubierto el pastel, el personaje hizo mutis y la competición quedó en el aire. Una lástima, ya que White pretendía que ese trampolín le acercase de nuevo a la NBA. Su pensamiento estaba allí entonces. Hablaba de haber superado sus problemas para volar y su disposición a hacer frente al problema que le ha lastrado desde hace tanto tiempo. Procede hacer un poco de memoria para ponernos sobre la pista…

En la actualidad se estima que más del 20% de la población mundial sufre de algún trastorno de ansiedad, generalmente sin saberlo. Ser consciente de ello es una ventaja, pero no garantiza la victoria. Porque no es tan sencillo. Existen varios tipos de trastornos, y que hay uno especialmente angustioso para el que lo sufre: el denominado trastorno de pánico. Ese que afecta a nuestro protagonista.

Según el Instituto Nacional de Salud Mental, quien sufre este tipo de enfermedad experimenta  episodios inesperados y repetidos de intenso miedo acompañados por síntomas físicos como dolor en el pecho, palpitaciones aceleradas del corazón, falta de aire, mareos, angustia o molestia abdominal. Síntomas asociados a un terror muy intenso y desagradable que pueden llevar al afectado a la convicción de estar sufriendo un ataque al corazón o un proceso de enloquecimiento. Aunque realmente no exista amenaza para su vida, la reacción del organismo del afectado produce que el cuerpo esté en una situación de alerta máxima, ya que el individuo siente que está en peligro de muerte inminente y tiene una necesidad imperativa de escapar de un lugar o de una situación temida. Al encontrarse en esa coyuntura, el paciente percibe con más intensidad cualquier pequeño cambio en su cuerpo, como palpitaciones arrítmicas, creyendo que existe riesgo vital.

¿Quién puede verse afectado por un trastorno así? La respuesta es simple: todos, nadie es inmune. Basta con vivir una experiencia que provoque un shock emocional o estar durante determinado periodo de tiempo en situación de estrés o preocupación. Cualquiera puede padecer ansiedad., en algunos casos, extrema. Producto de un shock viene la de Royce White.

Cuando tenía 10 años, su entrenador de baloncesto por entonces, antes de dar por finalizada la sesión del día, ordenó un ejercicio de sprints a sus chicos. Royce se colocaría al lado de su mejor amigo, LaDream Yarbrough, del que se desconocía hasta entonces que sufría una malformación cardiaca. El muchacho se desplomó durante el ejercicio. Por suerte, las asistencias llegaron a tiempo y en el Hospital pudieron salvarle la vida. White acompañó a su colega en todo momento, incluyendo el trayecto en la ambulancia. Desde entonces, tiene pánico a realizar carrera continua con cierto nivel de exigencia, un problema que le ha impedido explotar todo su potencial.

Royce White es (era) un poderoso alero de algo más de 2 metros, con un físico impresionante y sobrado de fundamentos, que fue elegido en el puesto 16 del draft de 2012 por Houston Rockets. Y quizás, pese a haber sido seleccionado en el quinteto ideal de la Big-12, nunca llegó a demostrar su verdadera capacidad, debido a las limitaciones que su mente provoca sobre su cuerpo. Él mismo en el pasado hizo algunas declaraciones en las que afirmaba que se reservaba alrededor de un 25% por el miedo. Conociendo esto, cabe destacar la valentía de Kevin McHale, que pudiendo hacer lo mismo que las anteriores 15 personas que elegían para las franquicias de la mejor liga de baloncesto del planeta, decidió apostar por un jugador como White. Se la jugó, sabiendo que el chico siempre pretendió utilizar los focos de la NBA para concienciar y sensibilizar a los estadounidenses sobre su enfermedad. El envite salió mal. Volar producía un aumento en su ansiedad, de modo que en esa misma pretemporada solo una vez White viajaría en avión. El resto de desplazamientos, por carretera y pagados por sí mismo. Las espectativas, que a pesar de las sabidas limitaciones eran altas, se fueron al traste. Lamentablemente, ya que White llegaba de la NCAA tras liderar a su equipo en puntos, rebotes, asistencias, robos y tapones en la que sería su primera y última temporada (entre 2009 y 2011 no jugó por diversos problemas legales y disciplinarios). Pero debido a su obstáculo psicológico las desavenencias con la franquicia texana serían en pan de cada día. Negarse a jugar tras ser enviado a la liga de desarrollo le costaría parte de los 2,3 millones de dólares que firmó en su contrato bianual. Luego las discrepancias en el tema médico: Houston esperaba que fuera tratado por un terapeuta de su confianza, Aaron Fink, especialista del Colegio de Medicina de Baylor, pero White se negó, alegando que estaba en su derecho de seguir con el médico que le atendía desde que era un niño.

Tras aceptar jugar en los Rio Grande Valley Vipers de la D-League, donde promediaría unos dignos 11,4 puntos por partido y 5,7 rebotes, en julio de 2013 sería enviado a los Philadelphia 76ers, franquicia que tampoco le brindaría la ocasión de debutar. Sus únicos minutos en la NBA llegarían en los Sacramento Kings, a los que se uniría en marzo de 2014, con un bagaje final de solo 3 encuentros disputados. Y luego, tras rumorearse sobre la posibilidad de que Europa pudiera ser el destino Royce White, el olvido…

El olvido de los aficionados, no el suyo. Retomando el escrito de Aldridge apreciamos indicios de que su voluntad es ahora más fuerte que nunca. Sabe que ha habido más casos de problemas de índole mental: Larry Sanders, Delonte West, Metta World Peace, Kenyon Dooling o el malogrado Eddie Griffin retomaron su carrera aun con ese condicionante. No todos los finales fueron felices, pero sí que hubo una segunda oportunidad que White de momento no ha tenido. Fred Hoiberg, actual entrenador de Chicago Bulls hablaría recientemente con él acerca de la dirección que quiere para su vida, el camino que debe recorrer para llegar de nuevo al nivel de NBA, y sobre todo, cómo demostrar que quiere retornar a la NBA. Royce White se muestra confiado: “Podría volver con un equipo que me apoyase, y que confiase en mi habilidad real, en que pudiera demostrar que soy capaz, donde consiga encontrar ritmo (…) Sería muy emocionante para mí. Quiero jugar en el nivel superior, debería ser capaz de hacerlo (…) Fui elegido en el draft de Draymond Green, a quien admiro porque me encanta su juego. Él es un “4” híbrido. Y vuelvo a los tiempos de universidad. Él lideraba a su equipo en cuatro categorías estadísticas diferentes. Yo lo hice en cinco (…) Definitivamente, jugar es importante”.

Pero White no solo piensa en baloncesto. O piensa en baloncesto tratando de ir más allá. Labores humanitarias y un proyecto empresarial en su ciudad natal, Minnesota, lo mantienen ocupado mientras reclama más atención de la liga para casos como el suyo. En sus propias palabras: “Cuestiones como la mía son cada vez más difíciles de ignorar,  la industria del deporte no siempre mira por el bienestar de los jugadores, que suelen ser tratados como mercancías. Si dependiese de mí, la NBA contrataría a los mejores expertos para disponer del apoyo adecuado. Una política de salud integral en la liga sería lo idóneo (…) He sentido el apoyo de muchos compañeros, incluso de entrenadores, como Steve Kerr, que públicamente manifestó entender mi situación, pero otros no entienden realmente el problema. Incluso va más allá, con periodistas que ponen en entredicho mi realidad, que se contradicen”. El baloncesto de fondo, sin perderlo nunca de vista, como soporte de su pelea, extensible a quienes están en una posición similar a la suya.

Tiene solo 25 años. Sea cual sea el desenlace de su carrera deportiva, su historia puede servir para concienciar a una sociedad que muchas veces no es consciente de ciertas enfermedades que vistas desde fuera se consideran banales. Recuerdo aquella noche del draft de hace cuatro veranos, su sufrimiento, sus lágrimas debido a su desorden. Hoy quiero creer que por fin está preparado. Quiero pensar que aun no ha pasado su último tren. Que no es tarde. Que para Royce White todavía es posible.

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