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La gloria pertenece al más perseverante

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El 02 Arena de Londres vivió, el pasado domingo, un cambio de rumbo en el tenis masculino. Andy Murray ya era el número del mundo, como mostraba el ranking ATP, pero no se había enfrentado a Novak Djokovic, eterno rival generacional desde que el serbio alcanzase al Olimpo ganando Roland Garros el 5 de junio. El duelo estaba servido: el que ganase, acabaría primero la temporada. Y el escocés fue más Braveheart que nunca, creyó más que el balcánico y le expuso a un correctivo al que el del Belgrado no suele estar acostumbrado. Muchos hablaron de que se había acabado la ‘era Djokovic’. Quizás sería más acertado que el momento de Murray había llegado.

La carrera del de Dunblane hacia la cima del mundo no ha sido sencilla. El destino no le regaló, de forma gratuita, el talento galáctico de Federer. Tampoco tenía el espíritu luchador incansable que sí tuvo la mejor versión de Nadal. Y tampoco era una bestia competitiva en los momentos clutch como sí ha sido Djokovic. Tenía condiciones excepcionales, con un revés a dos manos a la altura de pocos en la historia, un saque capaz de resolverle partidos apretados y un carisma capaz de enamorar a un país, Gran Bretaña, pese a haber mostrado en más de una ocasión su ideología independentista.

Para entender la trayectoria de Murray hay que poner en contexto la presión con la que ha tenido que convivir desde que, siendo un adolescente, comenzó a destacar entre las promesas del tenis británico. Las Islas estaban húerfanas de un campeón de Wimbledon desde tiempos de Fred Perry, allá por la década de los años 30, y tenistas como Tim Henman carecían de talento y carisma para asumir tal empresa. Por ello, la prensa inglesa, sensacionalista como pocas, decidió jugárselo al ‘todo o nada’ con un chico escocés, famoso por entonces por haber sobrevivido a la tragedia de Dunblane y con el apoyo de su madre, Judy, una de las personalidades más importantes del tenis británico.

Y, ciertamente, Andy no pudo haber tenido una peor época para asumir esa responsabilidad. Cuando llegó a la élite del tenis -alcanzó el top-10 en 2007, antes de cumplir 20 años-. Federer dominaba el deporte de la raqueta con una facilidad pasmosa, con la única oposición del irreductible Nadal, que hizo de París su ‘Galia’ particular para evitar la absoluta tiranía del helvético. Además, Djokovic también le superó por la derecha, sumando su primer major a los 20 años, en 2008. Murray tenía que seguir esperando, derrota tras derrota, lágrima tras lágrima, y decepción tras decepción en los exigentes medios británicos.

Londres 2016, un sueño cumplido | Getty

Londres 2016, un sueño cumplido | Getty

¿Cuándo vas a ganar un Grand Slam?‘, ‘¿Cuándo vas a dejar de tener complejo de perdedor ante Roger Federer?’, ‘¿Por qué Djokovic, siendo de tu edad, es capaz de ganarles -a Roger y a Rafa- y tú no?’ Con todo esto tuvo que convivir el bueno de Murray hasta 2012. Hasta un domingo lluvioso en Wimbledon en el que todo cambió. Es cierto, volvió a perder ante Federer, pero sus lágrimas en la ceremonia de entrega de trofeos, que hicieron estremecer a la Central del torneo más importante del mundo le hizo más fuerte que nunca. Andy apenas articuló palabra, atenazado por la presión que había sufrido en las horas previas al encuentro. Pero allí soltó todo, y se desmelenó.

Cuatro semanas después, en el mismo escenario, barrió al suizo en la final olímpica. Dos meses después, superó el escollo del primer Grand Slam -tras cuatro finales perdidas- en un duro partido a cinco sets contra Djokovic en Nueva York. Y sobre todo, Wimbledon. En 2013, 76 años después del último éxito de Perry, Murray hizo de Gran Bretaña su país. Ya no era ‘el escocés’, que le catalogaban cuando perdía. Para la historia queda su imagen en los segundos posteriores a ganar su primer Wimbledon, girándose hacia la zona de periodistas y soltando un grito de guerra que resonó en toda la ciudad del Támesis.

Tras ese triunfo, Murray se desinfló, con ciertos problemas físicos, pero regresó a la élite en 2015, siendo la máxima oposición, junto a Federer, al año más dictatorial de Djokovic. También aguantó, con perseverancia, el chaparrón de tenis y la borracherra de títulos del serbio en el inicio de 2016. Ya llegará mi momento, pensaría. Y llegó. Djokovic dejó de ser inmortal y ahí estaba él, el que nunca dejó de creer, para recoger los frutos. 52 victorias en 55 partidos para adelantar al serbio, algo impensable hace cinco meses. Cuando se quiera poner un ejemplo de perseverancia en el mundo del deporte, se hablará de Andy Murray. La gloria, por fin, pertenece a un humilde chico de Dunblane.

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