Fútbol Europeo

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La experiencia scouser

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Cada vez está más de moda aficionarse a un equipo extranjero, sobre todo por la influencia global que ha adquirido el fútbol. Debo aclarar que mi corazón está ocupado por los mismos colores desde que nací, pero no sé muy bien por qué decidí probar suerte en lo de importar un escudo. Y lo hice a lo grande: viajé a unas semifinales europeas con una expedición de ‘The Kop’. No consiguieron hacerme del Liverpool, pero reconozco que dejaron algo de poso en mi subconsciente.

Todo ocurrió un poco como en aquella canción de Sabina: yo estaba en un bar y reconocí uno a uno los primeros síntomas del enamoramiento. Pintas de cerveza fría, amigos, hooligans cantando, Alberto Moreno intentando hablar inglés en la televisión y un mar de fotografías vintage cubriendo las paredes. Estábamos en el Shankly’s, peña ‘red’ de Salou, aunque aquella barra bien podría haber estado situada en Anfiel Road. No faltaban ni las pegatinas de “Don’t buy The Sun”.

El autobús a Villarreal llegó cuando ya se atisbaban ciertas dificultades en las capacidades motoras, es decir, a su hora. Nos subieron —éramos tres— al segundo vehículo de la caravana; no parecía aquel un mal lugar para viajar. Allí conocimos a Adam, que espero que me lea como espero que llegara vivo a casa. Adam era el único de la peña que sabía español, hecho que se debía a que su mujer era catalana. Nos dijo que estaban casados y que tenían un hijo mientras abría su ¿decimoquinta? cerveza. Serían todavía las tres de la tarde de aquel jueves.

El reloj marcaba alrededor de las cinco cuando aparcamos en los aledaños de El Madrigal. El viaje había sido corto, de unas cuatro horas, tiempo suficiente para aprenderse unos cuantos chants. Y para mear en una garrafa, lavabo “consolidado” en los viajes por carretera, según los mismos hooligans. Antes de poner pie a tierra, los cabecillas del grupo intercambiaron algunas jocosidades sobre el escaso tamaño del estadio y de la ciudad. Una vez reídas todas las gracias, aquella marea de humanos borrachos de la que formábamos parte se centró en encontrar un bar.

 

Como llovía, nos acomodamos casi todos en una terraza cubierta en la que pasaríamos gran parte de la previa. Los barriles de cerveza corrieron incesantes mientras perdíamos la noción del espacio y del tiempo —y del dinero, también. Cada vez cantábamos más fuerte, con más confianza, pese a que todo scouser nos reconocía como extraños antes de que abriéramos la boca. Había cierto regocijo en esa mirada hacia nosotros los spaniards: estaban constatando que la gloria de su escudo era tan grande que trascendía fronteras.

Hacia las ocho de la tarde, decidimos abandonar el bar para despejar un poco la cabeza. Escoltamos a los autobuses de los equipos con nuestra pancarta de #FreeSakho (le acabaron quitando la sanción, ¿casualidad?) y nos dimos un paseo por Villarreal. En no más de 20 minutos estábamos ya en otro bar, esta vez de una familia agradabilísima. Bebimos más cerveza, jugamos como pudimos al futbolín, nos prepararon unos bocadillos y fuimos para el estadio.

Del partido no recuerdo mucho, más allá del gol de Adrián en el descuento. Pese a ello, el reencuentro en el autobús no fue triste, todo lo contrario: había un optimismo generalizado de cara a la vuelta. En fin, otra cultura. De lo que sí me acuerdo es del viaje de vuelta a Barcelona, pasando la resaca despierto y con la carga mental de quien sabe que tiene obligaciones por la mañana. Llegué a casa hacia las siete, me duché y a las 10 estaba en clase. Nunca hubo tanta felicidad tras el cansancio; nunca disfruté tanto con un equipo que no es el mío.

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