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La estupidez de la competitividad

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Un futbolista con la inteligencia para entender el juego tiene más probabilidades de ser exitoso en la élite, que uno que solo tiene talento. Porque ante la presión de competir sin la posibilidad de tener la adecuada recuperación emocional, el profesional debe convivir con muchas más cosas que con el juego en sí.

Los Cassano, Balotelli o Ben Arfa se apilan en el rincón de aquellos futbolistas que prometieron reinar, pero que no fueron capaces de encauzar el raudal de talento que los ahogó. Esto sin nombrar el paradigma de estas historias, el brasileño Adriano.

Por otro lado nombres como Josep Guardiola, Xabi Alonso o el propio Sergio Busquets, a quienes el talento les vino empacado en cuerpos menos privilegiados, fueron capaces de encontrar a partir de su inteligencia la mejor forma de que su cuerpo sirviera de vehículo para lograr aquello que ven segundos antes que los demás.

En el fútbol se puede ganar de muchas formas. Se puede ganar como lo hacía el Barcelona de Guardiola o como lo hizo el Chelsea de Roberto Di Matteo, sin embargo aquellos planes más elaborados, que dentro de sí mismos contemplan evolucionar, son los que ofrecen la oportunidad de ganar durante más tiempo. El juego premia a quien le invierte más trabajo, al que es más valiente, al que convive con la derrota como posibilidad.

La vorágine de jugar un partido cada tres días, de viajar miles de kilómetros, de presentarse para ser la cara de una marca o de mostrar en una red social la cara victoriosa del deporte, parece haber llevado a los futbolistas, esos individuos privilegiados miembros de una élite, al lodo de la estupidez. Ese lodo que los obliga a ganar siempre, sin importar qué ocurra alrededor, porque una derrota puede llevarlos a lidiar con la presión insoportable de un montón de personas que necesitan que ellos ganen para ser felices.

La imagen corresponde a Giovani Lo Celso, joven futbolista argentino de apenas 21 años que tras un poco más de 50 partidos con Rosario Central se mudó al lujoso París Saint-Germain. Lo Celso pide una tarjeta amarilla para el portero nigeriano, luego de que este tomara la pelota fuera del área en un ¡partido amistoso!

Como los propios futbolistas aceptan, ellos quieren ganar siempre. Pero, por un momento el joven Lo Celso se habría detenido a pensar que este ensayo, con la mirada puesta en el Mundial de Rusia, era mucho más valioso jugando contra 11 rivales que tratando de obtener una ventaja pidiendo la amonestación para un rival en busca de un resultado que quedaría en anécdota. Es probable que no.

¿Y el VAR? Centramos nuestras miradas y debates en si esta innovación tecnológica es buena para el fútbol, si los árbitros son capaces de usarla, pero ¿y si los futbolistas no intentaran hacer trampa? Si simplemente no cayeran en la estupidez de la competitividad.

 

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