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La delgada línea entre la competencia justa y la superioridad desleal

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La multinacional Nike ha presentado unas zapatillas con las que pretende conseguir romper la legendaria barrera de las dos horas en el maratón. Entre el récord actual de maratón (2h 2m 57s) y el objetivo (1h 59m 59s) hay 178 segundos, lo que significa un salto del 3%. Nunca en la historia se ha bajado tan de golpe el récord del maratón, pero nunca antes había anunciado un fabricante como Nike unas zapatillas que permiten reducir un 4% el gasto energético necesario para correr. El secreto -y la polémica- de la zapatilla Nike, bautizada Vaporfly Elite, está en una mediasuela formada de una delgadísima y rígida placa de fibra de carbono incrustada en la goma. Pero, ¿es esto reglamentario?

Mucho ha llovido desde aquellos primeros Juegos Olímpicos en los que los atletas corrían descalzos hasta que, en el siglo XIX, unos entrenadores ingleses aplicaron las primeras mejoras tecnológicas al deporte: fijar en las suelas de las zapatillas unas sencillas tiras para su mejor adherencia. Desde entonces, cada día surgen nuevas y mejores formas de implementar la tecnología en el deporte.

Actualmente, podemos afirmar que no hay un deporte en el que no estén presentes los avances tecnológicos, tanto en el desarrollo de técnicas novedosas para su práctica como en la utilización de complementos deportivos: trajes y calzado que se ajustan al cuerpo como un guante, bebidas energéticas, bicicletas de aluminio, grafito, carbono, incluso titanio, trajes de baño para natación, máquinas de fitness, etc, integran una extensa y casi inacabable lista.

Esto es sólo una muestra de cómo el desarrollo tecnológico ha aterrizado en el mundo del deporte para intentar que el deportista alcance resultados jamás pensados, lograr hacer más atractivo el espectáculo y, con ello, llenar los estadios de público, lograr patrocinios, derechos audiovisuales, etc.

Son muchas las noticias de deportistas que recurren a tecnologías de última generación para mejorar su rendimiento físico. Recordemos a Karim Benzema, el delantero del Real Madrid, quien utiliza chalecos de electroestimulación que ayudan a perder grasa y a ganar en masa muscular, así como a conseguir una mejora en explosividad y en velocidad de reacción. Otro jugador que también usa la tecnología para mejorar su estado físico es Ronaldo, a través de la crioterapia, tratamiento que consiste en someter al cuerpo a temperaturas extremas de frío que puede incluso alcanzar los 200 grados bajo cero, lo cual influye positivamente en el sistema nervioso y, en concreto, en la mejora de la calidad del sueño y del sentido de bienestar, así como contribuye a reducir la tendencia a adquirir infecciones. Como habrán deducido, el precio de estos aparatos tecnológicos no está al alcance de cualquier bolsillo.

Eliud Kipchoge, actual campeón olímpico de maratón | Matthias Hangst/Getty Images

El punto interesante que pone de manifiesto el uso de este tipo de tecnología es que hace dudar de si podrían ser casos de dopaje. Legalmente, la Asociación Mundial Antidopaje solo considera dopaje las sustancias y tratamientos que están incorporados en el Código Antidopaje, y al no estar contemplados estos métodos como tal, no serían técnicamente dopaje. Pero si se analiza desde una perspectiva menos formalista ¿qué razones podría haber para permitir unos tratamientos y prohibir otros si todos persiguen, de una u otra manera, la mejora del rendimiento físico?

Por otro lado, incluirlas en la lista de los tratamientos prohibidos sería caer en una especie de pendiente resbaladiza difícil de detener. Así, por ejemplo, ¿por qué no prohibir entonces también las modernas técnicas médicas que reducen los plazos para la recuperación de lesiones? ¿o las modernas, sofisticadas y casi “mágicas” dietas nutricionales?

Y sí es así ¿por qué no incluir también las sesiones psicológicas que buscan aumentar la concentración antes de una competición y así desplegar mejor las habilidades y talentos físicos? Definitivamente, la tecnología se ha implantado de lleno en el deporte y que un deportista pueda o no acceder a la misma puede marcar la diferencia entre ser campeón del mundo o quedar en segundo lugar. Y es que es muy delgada la línea que separa la competencia justa de la superioridad desleal cuando nos referimos al equipamiento tecnológico de los atletas.

Y es aquí donde se abre un interesante y complicado debate entre, por un lado, el interés para que la tecnología se aplique al deporte con el objetivo de propiciar el mayor desarrollo de los deportistas y, por otro lado, los firmes principios y propósitos de la ética deportiva que, en principio, pudieran resultar contradictorios con ese avance tecnológico. Porque si bien es cierto que esta evolución hace más atractivo el deporte al mejorar los resultados deportivos, también se convierte en un verdadero reto para los deportistas y países con menos recursos, que se ven incapacitados para adquirir esa tecnología deportiva necesaria para alcanzar esas metas de rendimiento. Y, claro, sin esta tecnología punta también se complica que estos países puedan organizar unos Juegos Olímpicos o el Mundial de fútbol, por mencionar dos ejemplos, porque ese desarrollo tecnológico deportivo también está ligado a las marcas (que patrocinan muchos de estos eventos) y, por supuesto, a los beneficios que pudieran lograr.

Es evidente que no es fácil renunciar a la tecnología aplicada al deporte, pero, por otro lado, parece cada vez más difícil compatibilizarla con los principios del deporte, su ética y su pureza. En cualquier caso, será interesante ver cómo lidian estas espinosas cuestiones las autoridades deportivas, a caballo entre el conservadurismo temeroso del pánico moral que provocan las innovaciones tecnológicas y el imparable deseo de los deportistas (y de los aficionados) por llevar sus cuerpos al límite en su afán por batir récords.

 

JOSÉ LUIS PÉREZ TRIVIÑO. Catedrático Acreditado de Filosofía del Derecho de la Universidad Pompeu Fabra.

EVA CAÑIZARES RIVAS. Abogada y Mediadora Deportiva. Directora de BNFIT Fundición.

Presidente y Secretaria de la Asociación Española para la Calidad Ética en el Deporte.

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