Fútbol inglés

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La confesión de Andy Woodward

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El 27 de noviembre de 2011, Gary Speed (42 años) partió desde un estudio de la ‘BBC’, tras participar en un debate futbolístico, rumbo a Old Trafford. Allí jugaba el Newcastle, equipo dirigido entonces por Alan Shearer, quien había sido compañero suyo tiempo atrás, y con el que mantenía una gran amistad. Esa tarde el choque acabaría en tablas, merced a los tantos anotados por Chicharito Hernández y Demba Ba. Tras el duelo, Speed cogería su coche y se marcharía a su casa. Nunca más asistiría a otro partido, ni a otro set televisivo. Su mujer hallaría su cuerpo sin vida en el garaje de su vivienda. Había decidido poner fin a su vida. Sin decir nada a nadie, sin que alguien sospechase. Simplemente se ató una soga al cuello y se ahorcó. Atrás quedaba una carrera que contemplaba hitos como haber sido durante mucho tiempo el jugador con más encuentros en la Premier League, y por delante todo un futuro como entrenador; en ese momento ocupaba el puesto de seleccionador de Gales. Casado, y padre de dos hijos, su presente era ideal. La clave de su arrebato, posiblemente, estuviese en su pasado.

Barry Bennell fue condenado en mayo de 2015 por abusar de un niño de 12 años de edad. No era la primera vez que ocurría. En una entrevista para el ‘Sunday Times’, en 2012, admitió que Speed había sido uno de los jóvenes que se habían alojado en su casa tiempo atrás. Cuando le preguntaron directamente, negó haberse excedido con él, pero agregó que no había paz en sí mismo. “No hay paz ahora. ¿Cómo puedes tener paz cuando has matado a alguien? Para mí matar a una persona es lo que les he hecho, porque sus vidas nunca volverán a ser igual”. Pasado el tiempo, los abogados de Louise, esposa de Speed, declararon que se habían asegurado de que el galés no había sido una de las víctimas del pederasta, pero el caso nunca quedó claro del todo.

Andy Woodward tiene ahora 43 años. Fue futbolista profesional y militó en el Crewe Alexandra, Bury, Sheffield United, Scunthorpe United y Halifax Town. A los 29 años decidió poner fin a su carrera y enrolarse en la policía de Lancashire, cuerpo en el que permaneció hasta el 4 noviembre de 2016, fecha en la que sería despedido tras descubrirse una relación inapropiada con un familiar de una víctima de un crimen. Días más tarde, en ‘The Guardian’, relataría su historia en una entrevista. Siendo un crío, Barry Bennell, técnico del Crewe, lo había forzado sexualmente.

El homenaje de todo Cardiff, y todo Gales a su ídolo fallecido, Gary Speed | Getty

El homenaje de todo Cardiff, y todo Gales a su ídolo fallecido, Gary Speed | Getty

Como hemos mencionado, la condena de 2015 no había sido la primera para Barry Bennell. En 1998 acabaría en prisión tras admitir nada menos que 23 casos de delitos sexuales contra niños. Para él, el castigo fueron nueve años entre rejas. Para los chavales, en muchos casos, secuelas irreparables. Woodward afirma haberse retirado a los 29 años tras verse incapaz de continuar lidiando con los efectos secundarios de un trauma que le acompañó durante toda su trayectoria. Un tormento en silencio. Temporada tras temporada. “Sólo ahora, a mis 43, me siento capaz de revelar el secreto y la horrible carga que lo acompaña. Y si me manifiesto es también porque deseo llegar a la gente que ha vivido o vive esa situación, para que puedan liberarse. Deseo transmitirles fuerza. Yo sobreviví. Mi carrera se vio condicionada y la perdí, pero todavía estoy aquí. Mi vida fue una ruina durante mucho tiempo, pero ¿cuántos otros están en ese punto? Estoy hablando de cientos de niños que reclutó Barry Bennell, y que ahora, como adultos, todavía podrían estar viviendo con ese horrible pánico”.

Todo comenzó a los 11 años. Woodward jugaba en el Stockport, y Bernell lo invitaría a probar en su club. Como míster de futuras promesas, el entrenador visitaba a varios conjuntos de la zona, siguiendo a muchachos de entre 9 y 14 años. “Yo solo quería jugar al fútbol. Si preguntas a mis padres, te dirán que siempre iba con un balón a todas partes. En el Crewe visualicé el comienzo de un sueño, mi sueño”. Cuenta Woodward. La primera vez que visitó su casa le parecía irreal. Nada más cruzar el umbral habían varias máquinas recreativas y un billar. Como mascota, además de sus perros, Bennell tenía un pequeño mono que se sentaba en su hombro. Todo ello, unido a la gran reputación como entrenador de jóvenes, terminó de convencer a Woodward, un niño ligeramente débil de carácter. La vivienda sería alojamiento ocasional en fines de semana o vacaciones de verano. Y los abusos vendrían pronto. Acto seguido, los chantajes. “Para que me mantuviese callado, en ocasiones sacaba sus nunchakus y me decía que sujetara un trozo de papel mientras yo temblaba de miedo. Lo partía en dos y me decía que si veía su poder. Además, me llegó a asegurar que si hablaba haría que mi sueño de jugar al fútbol no se cumpliera”.

Alcanzados los 14 años de edad, Woodward, a quien calificaban de adolescente introvertido, vio cómo las cosas empeoraban. Su hermana, de 16, había empezado a salir con Bennell. En principio, como este era mucho mayor que ella, ocultaron su relación. El joven Andy tuvo que convivir, en ocasiones el mismo día, con los abusos de un hombre que también tenía sexo con su hermana. Y si creemos que la situación no podía tener tintes más grises, un día la relación se hizo pública, dando lugar a un escenario terrible: cenas en familia y risas colectivas. Solo que él conocía una verdad que no podía confesar. En 1991 tuvo lugar la boda, y la persona que lo había controlado pasaba a ser su cuñado de manera oficial. Mentalmente incalificable.

Barry Bennell (centro), el pedófilo del Crewe Alexandra

Barry Bennell (centro), el pedófilo del Crewe Alexandra

A pesar del calvario, Woodward debutó a los 19 años en el primer equipo del Crewe, tras 8 de sufrimiento. Ocultando un secreto, con lo que conlleva el silencio. Si prestamos atención, podemos comprobar que su recorrido en el profesionalismo estuvo salpicado por múltiples lesiones. ¿Cuántas de ellas pudieron ser mentales? Confiesa nuestro protagonista que un ataque de pánico provocó que fingiese la primera. Cuando convives con la depresión y la ansiedad, es una buena vía para salir del paso. La frustración traspasó fronteras y alcanzó a otros entrenadores. Los gritos de estos si eran dirigidos a él le provocaban irá: “No tienes ni idea de lo que mi anterior entrenador me ha hecho”. Pensaba.

En 1995 firmó con el Bury, y tras una primera temporada prometedora, una nueva vuelta de tuerca. Se había iniciado la investigación policial y Woodward tuvo que explicar a Stan Ternent, director de la misma, lo que había sobrellevado. El caso atravesó fronteras, y se indagaría en cursos de fútbol en Estados Unidos o España. El juez encargado del proceso diría que Bennell hizo uso de su poder (su popularidad lograda a base de encaminar a futbolistas de nivel) para que sus víctimas hicieran cualquier cosa. Se supo que utilizaba tácticas como proyectar películas de terror para que los niños quisieran compañía alcanzada la hora de acostarse. Acusado de 45 delitos, 22 de los mismos fueron archivados. Pero de ninguna manera pudo librarse de los otros 23.

Dice Woodward que en las siguientes dos temporadas (entre sus 24 y 26 años) hizo el mejor fútbol de su carrera. No debe andar desencaminado, porque en noviembre de 1999, el Sheffield United tocaría a su puerta. Su compañero Paddy Kenny (guardameta del equipo) y él eran los objetivos de un club de mayor prestigio. La noche del domingo siguiente a la noticia del probable traspaso, Woodward salió a comprar. De repente, tuvo la sensación de que iba a colapsar y morir en ese mismo lugar, debido a una taquicardia. Logró llegar a su domicilio, y desde allí pudo llamar a una ambulancia. En el hospital le explicaron que se trataba de un ataque de pánico. La semana posterior, su equipo jugaba en Gillingham. “Las crónicas del partido dirán que tuve un problema en mi tendón de la corva, pero eso fue sólo la excusa que di. En realidad había sufrido otro ataque de pánico. Estábamos disputando la primera mitad y solo sentí que debía salir del terreno de juego. Me dirigí al vestuario y empecé a llorar a moco tendido, pensando en toda mi vida llegaba a su fin”. Ya en Sheffield, Woodward solo jugaría tres partidos antes de salir cedido al Scunthorpe United. La medicación y el tratamiento afectaron a su peso y condición física: ser descartado fue algo natural.

Confiesa Woodward que ha habido secuencias de impotencia, de alcanzar el punto de desear quitarse de en medio. Varias veces tuvo sus manos llenas de pastillas listas para tragárselas. “Llegué a la situación de no poder estar más aquí. Estaba físicamente, pero aterrado. La gente habla de que es una manera de llamar la atención o pedir ayuda indirectamente, pero en mi caso es que realmente no sabía cómo continuar. Solo me detuvo el pensar en el daño que les causaría a otros”.

Woodward se muestra convencido de que saldrán otros muchos casos. Que será un shock, porque tal vez algunos nombres de personas involucradas sean reconocidos. Explica que si ha dado voz a su vivencia ha sido por cerrar el círculo. “Fui víctima en una profesión en la que todos estamos desesperados por tener éxito como futbolistas. Algunos tuvimos la suerte de alcanzarlo, otros se han quedado por el camino. Sin embargo, todos hemos sufrido el mismo daño”. Y da luz sobre el momento de su confesión: “No dije nada a nadie hasta que la policía comenzó su investigación. En un primer momento, les mentí, alegando que no pasó nada, pero no pude sostener mi argumento mucho tiempo. Había llegado la hora de que mi familia se enterase, que sería lo más duro de todo, por el efecto que produje en mis allegados. Mi hermana sufrió de forma inexplicable; pero fue fuerte y dejó a Bennell inmediatamente. Mis padres saben ahora todo y tienen que vivir con la verdad  todos los días. Tenemos una buena relación, pero hemos quedado muy marcados”.

Tras 14 años retirado y 10 más desde que abandonó el Crewe Alexandra, Woodward revela que cuando escucha los resultados de los partidos del fin de semana y mencionan el nombre de la escuadra aun nota un vuelco en el estómago. Además, dice sentirse enojado con el hermetismo del club, puesto que considera casi imposible que nadie sospechara nada de lo que se vivía dentro: “Ese club nunca ha tenido que rendir cuentas. Yo no estaba en la escuela, pero sí estaba en un equipo de fútbol profesional que tenía el deber de proteger a los niños, y había cientos de niños con ficha cada día en sus instalaciones”.

La historia de Andy Woodward, o la de Gary Speed. La historia de dos futbolistas que antes de ser profesionales fueron niños. Niños que estaban a cargo de hombres. Entre esos hombres, Barry Bennell. Un suceso que vio la luz. Aterra pensar que otros no lo hayan hecho.

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