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Kyrie Irving: manos de relojero suizo y carisma de gran rey

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Son días duros para los relojes. Con un trabajo vital y una jornada sin descanso de 24 horas, ya debería bastar para dejarles librar un par de días, pero en estas fechas tan señaladas les pedimos incluso la máxima puntualidad. Sus agujas más finas y desgarbadas, esas acostumbradas a tener un margen de cinco minutos arriba o abajo en nuestros relojes de pulsera, tendrán que priorizar su gusto para afinar el giro y situarse al compás de las oficiales, esas que no vemos pero establecen la hora.

El mínimo fallo no seria válido para recibir a un 2017 donde los relojes y el tiempo volverán a ser un elemento fundamental, una herramienta con la que han jugado con exquisito acierto, unas manos tan hábiles como las de un relojero suizo, las manos de uno de los bases más reconocibles en la NBA, Kyrie Irving. Puro show, la magia en 24 segundos, un bailarín capaz de parar el tiempo y cambiar el sino de cualquier partido. Irving es, sin lugar a dudas, uno de los grandes jugadores de la NBA. Seguramente ya lo era antes de esta pasada campaña, pero por si alguien tenía alguna duda de su clase, en 2016 lo ha bordado.

Un manejo de balón como pocos se han visto, ha sido aprovechado a las mil maravillas por su artífice, dejando tras de sí canastas ganadoras y rivales noqueados a montones. Suyo fue ese triple ante Golden State Warriors en la recta final del séptimo partido que puso a medio planeta en pie. Irving jugó con el reloj y sin un ápice de duda en la mirada, como quien sabe que no puede fallar, se elevó por encima de su rival, un tal Stephen Curry, en el momento justo para pillar desprevenido al base de la bahía y silenciar el Oracle Arena. Suya fue esa victoria tanto como de LeBron, aunque fuera este el gran señalado por los números astronómicos que se marcó.

Reincidente y afinado, el playmaker de Cleveland volvió a verse las caras con Golden State hace unos días, por Navidad para ser más exactos, y ya que no había tenido tiempo de abrir sus regalos entre viaje y viaje, decidió auto-regalarse otra canasta decisiva ante los Warriors. La historia se repite dicen, y no pudo ser más cierto en este caso. En cuanto a títulos, este curso ha puesto en su mano, no solo su primer anillo como campeón NBA, también una medalla de oro olímpica con su selección, Estados Unidos, logrando un doblete que solo unos pocos en la historia han obtenido antes que él: Michael Jordan, LeBron James y Scottie Pippen.

Irving ha cuajado un año sensacional, pero la sombra del rey es tan alargada, que a veces es difícil ubicarle donde se merece. Un jugador con calidad suficiente como para detener el crono y dejarnos con la boca abierta al ver canastas imposibles merece mucho respeto, más cuando algunas de las mismas llegan en momentos tan decisivos como lo hicieron este año pasado.

2016 fue su gran año, pero queda base para rato, recordemos que solo tiene 24 años. Son muchos los momentos de gloria que le deparan en su camino como profesional, y por el bien del baloncesto, esperemos que siga brillando con la misma intensidad en este año 2017. Irving es un diamante, un jugador de esos que rara vez se encuentran, pero cuando llega no puedes evitar verle y reconocer su luz. Un jugador diferente que no para de crecer. Un príncipe con carisma de gran rey.

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