Fútbol holandés

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Kuyt, fiel en un mundo de infieles

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Vivimos en una época futbolística, donde gobiernan los cantos de sirena. Cantos que provenientes de jeques y múltiples millonarios que cada día ocupan más espacio en el mundo en el que el balón es lo único intocable. Todo este deporte tiene un origen más sencillo. El jugador jugaba por amor al balón, y a la camiseta que vestía, camiseta que portaba unos colores con los que el futbolista se sentía identificado, y por los que salía al campo a dejarse la piel. También hablamos de una época en la que el futbolista no se ganaba la vida jugando, así que lo hacía porque estaba enamorada de la pelota, y si, con mucho más amor del que ahora podemos ver en nuestras pantallas. No eran estrellas, ni se lo creían. Firmaban a todo el mundo que podían, porque como no parar? A ellos les deben todo. Ello se lavaban la ropa en casa, incluso Cruyff en un fútbol mucho más avanzado, cita en su autobiografía que en el Ajax, él se llevaba la ropa a casa y se la lavaba.

Ese es el futbolista que se añora en un mundo que vive en la sombra del espectáculo más grande del mundo, un mundo en el que los niños lloran porque su ídolo no se ha parado, o porque se ha ido a jugar al máximo rival: ¿Por qué papá? Le pagan más allí, hijo. Un mundo en el que el fútbol ha pasado a ser privado a la gente que no se puede permitir verlo en sus casas, un fútbol en el que se ha llegado a gastar cantidades de dinero incoherentes en un país en el que la gente muere de hambre y de frío. Un fútbol donde los clubs, ya con el estadio vacio y descansando, tienen pesadillas, en las que un jeque llega con bolsas de dinero y paga la clausula de su estrella, que se aleja de la ciudad escuchando cantos de aquel señor, que dice que le hará el hombre más rico del mundo. Ese es el fútbol en el que vivimos, en el que cada vez más los jugadores se ponen la camiseta por el simple hecho de identificarse respecto al rival, y por nada más.

Dirk Kuyt nació en una época de futbol moderno, pero consiguió enamorarse de un club, el Feyenoord. Tras jugar 3 años en los que su corazón latía con el escudo como segunda piel, el fútbol de elite le llamaba, y el Liverpool le abría sus puertas. En el fondo era normal, joven inexperto se mueve por decisiones tomadas en frio, y que te llevaban al camino fácil. Tras dejar huella en Inglaterra, los cantos le sedujeron, y fue a jugar a Turquía, donde creía que le esperaba su retirada perfecta, llena de dinero y tranquilidad. Pero un día, recordó lo que era jugar por amor a un estadio, una afición, unos colores y un escudo, y su corazón le susurró que quería volver a Holanda. Kuyt le escuchó, y volvió.

Allí la gente que lloro su marcha le acogía como a un hijo que volvía maduro tras un largo, muy largo erasmus, había pegado un estirón importante, en lo personal y en lo futbolístico. Allí era completamente feliz, jugaba disfrutando y haciendo disfrutar, lloraba las derrotas y las victorias, porque no es lo mismo jugar con sentimiento, que hacerlo esperando el sueldo a final de mes.

Esta temporada, Dirk se propuso devolver a aquel equipo todo lo que le había dado, y parece que ha salido bastante bien. Tan bien, que este fin de semana, el Feyenoord necesitaba una victoria tras ser campeón en Holanda, donde la hegemonía del Ajax gobernaba con dureza. Kuyt hizo del equipo una revolución que lucha contra el totalitarismo.

En el vestuario, Dirk miraba la camiseta, y se daba cuenta que aquella iba a ser la única que le iba a hacer sentir aquella sensación, la de salir a jugar por un motivo, por algo que te mueve y te induce a dejarte la piel, algo que no es físico, y que nadie sabe explicar, pero que de forma mágica hace que te enamores de lo que haces, y de para quien lo haces. El partido comenzaba, y Kuyt, en casa, en sintonía con el estadio, conectado como un violinista lo está con su director, anotaba el primero en el primer minuto de partido. El héroe daba el primer mazazo en la batalla que les haría inmortales. En el minuto 12, al holandés le llegaba colgado un balón al área, y paraba el tiempo, porque en aquel estadio todo lo podía hacer, el remate fue imparable y entró. Ya en el tramo final de la batalla, se pitaba un penalti, que tenía pinta de sentencia. Lo iba a tirar él, porque aquella iba a ser la pincelada final, la firma de una gesta que parecía imposible. Kuyt anotaba con seguridad.

Aquel fiel en un mundo de infieles acababa de hacer al equipo que gobernaba en su corazón, campeón de Holanda 18 años después, y él no podía ser más feliz. Miraba los ojos de los niños que lloraron su marcha, ya adultos, y donde hubieron lagrimas ahora había felicidad, y aquello dejo tranquilo a Dirk Kuyt, que era todo lo que quería ver.

Fiel en un mundo de infieles, jugador clásico en el cuerpo de jugador moderno.

Gracias por hacernos creer que aun os queda algo de amor, gracias por no dejar que mi corazón deje de latir por este deporte, haciendo que el tuyo solo lata por un club.

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