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Kevin Durant: un camino para recordar

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A veces es necesario dejar todo atrás y empezar de nuevo para encontrar el camino. Kevin Durant vivía en Oklahoma como un Rey. Un auténtico héroe del pueblo que aparecía con el apodo de Durantula para barrer las canastas rivales de telarañas ajenas e instalar en ellas su huella, sin embargo, su dominio no se extendía como él hubiese querido. La corona que ostentaba se le quedaba pequeña y le faltaba un anillo que anhelaba y no terminaba de alcanzar.

Su fiel escudero tiempo atrás, Russell Westbrook, tenía casi tantos galones y la hinchada Thunder veía en él a un segundo líder con el que un día asaltar el máximo título posible en la NBA, el campeonato.

Dos capitanes en un mismo barco que, no obstante, carecía de una tripulación ejemplar para tal desempeño. Una odisea en toda regla de la que Durant no quiso seguir formando parte tras muchos fracasos a sus espaldas. El techo de las finales le golpeaba una y otra vez. El último paso que necesitaba nunca llegaba y se dio cuenta que necesitaba partir si quería ganar.

Las maletas estaban completas con sus puntos, su carisma y su número 35 para poner rumbo a un sitio en el que conquistar el anillo. Sobre la mesa ofertas para gobernar en franquicias con proyectos interesantes, pero solo uno era realmente caballo vencedor, el de los Warriors.

Un equipo que estaba creando tendencia y afición no necesitaba mucho más para noquear en un tercer combate a los Cleveland Cavaliers, sus verdugos en la segunda ocasión pero víctimas en la primera batalla. La alfombra roja del oeste se nutría con varios de sus jugadores más importantes; Draymond Green, Klay Thompson y Stephen Curry. Un Big Three con todas las de la ley al que querían incorporar una pieza de escaparate. Una piedra preciosa de esas tan raras que solo se encuentran cada cierto tiempo. Un jugador nacido para ser monarca que abogaba por una coalición. Renunciar a su centro y el cariño de su gente por un anillo. Una decisión nada sencilla.

De héroe a villano en apenas minutos nada más firmar el contrato con Golden State. La bahía le abría sus puertas mientras en su antiguo hogar no querían volver a saber nada del que fuera su insignia. Nueva casa, nuevo proyecto, nuevos compañeros. El pasado solo un deseo inacabado que le género una fama, un nombre y ahora un sinfín de críticas en la esfera más alta del baloncesto. Lo malo siempre es más visible que lo bueno. Todo lo que había dado a sus antiguos admiradores se borró por completo en un instante.

Brillar para demostrar su valía ya no era necesario. Solo la victoria final importaba para un Durant despreciado y adorado a partes iguales. Querer había pesado más que el creer y los Warriors cumplían sus requisitos.

Juntar a cuatro jinetes con jerarquía de estrella en un vestuario no siempre es una decisión acertada. Tienes las papeletas para salir con el premio gordo pero la única manera de saber si obtendrás la recompensa es jugar. Ni experimentos ni nada. Es la hora de la verdad y vas sin faroles a por el oro.

Kevin nunca fue un chico conflictivo, todo lo contrario, tiene fama de buen compañero. Un gran punto a favor para el alero. Pero ¿Y los miembros más veteranos? ¿Renunciarían a parte de su protagonismo de buena gana por un bien mayor? La respuesta lógica es si en la elite pero ya se han dado casos donde no hubo lugar para la lógica. Esta vez, por suerte para los californianos no hubo sorpresas de mal gusto y el reloj continuó marcando la hora exacta.

El engranaje de un Steve Kerr ya consagrado seguía afinado y encima contaba con una nueva arma no tan secreta de 2’06m de estatura según la NBA, aunque quién lo diría al verle sobre el parqué.

La temporada regular no iba a ser un alarde de cualidades en busca de un récord casi imposible (batido por cierto) como lo fuera un curso atrás, y las piernas de los jugadores lo han agradecido. Durant ha tenido tiempo suficiente como para adaptarse y encontrar su ritmo.

El small ball que practican en el estado del sol le viene como ese anillo al dedo que tanto le obsesiona
. Su envergadura y su agilidad se fusionan con esa muñeca especial para dejar caer puntos en el marcador en forma de cascada. Kevin es un anotador compulsivo e insatisfecho que no cesa hasta rebasar sus límites pero era importante ver su capacidad de control en las situaciones requeridas. Al contar con otras figuras de gran calibre en el apartado ofensivo, su labor se antojaba algo diferente a lo que nos tenía acostumbrado, y no hay duda que la fiera se ha calmado lo justo.

Divertirse y mejorar entraban en el paquete al elegir vestirse de guerrero y a la vista está que lo ha logrado. Nunca fue tan decisivo su papel y jamás demostró ser tan fuerte ante el legítimo rey de la NBA, LeBron James.

Sus números no se han elevado ni falta que hace. No siempre tus estadísticas reflejan tu madurez y en este caso Durant ha cedido posesiones a cambio de vitalidad. Dejarse la piel sobre la pista ha estado en su agenda siempre pero ahora si cabe se nota con mayor asiduidad. Toma mejores decisiones y aunque se desgasta en ambos lados de la cancha su reparto en tareas con varios de sus compañeros le permiten estar más fresco llegados los momentos calientes.

Otro factor importante a tener en cuenta es su gestión de la presión. Cuando todo parecía apuntar a que igual notaba la presión impuesta desde que se conociese su traspaso Kevin ha contestado con una seguridad aplastante. Ni las cadenas mediáticas le han pasado un ápice. Libre de remordimientos ha pulverizado sus metas y ha guardado las distancias hasta ver su objetivo, los playoffs.

Ronda a ronda se ha ido consolidando como el baluarte ofensivo que dicta sentencia junto a Curry. Entre uno y otro impartían severos correctivos en la defensa enemiga, sin olvidar ni menospreciar el trabajo de sus camaradas.

Portland pagó cara su osadía en la serie con un rosco en su casillero, donde Kevin no puedo tener tanta presencia por una inoportuna lesión de rodilla que le privaría del final de campaña regular. Sin embargo, Utah, esperaba en la segunda ronda y el 35 tenía ganas de seguir probando su destreza como ya hiciera en un par de encuentros frente a los Blazers.

Los Jazz lo pasaron mal a su costa y también se fueron con un cero en su cuenta, lo mismo que les pasaría a los Spurs. San Antonio podía ser el talón de Aquiles en los Warriors, y Kawhi Leonard el particular Paris de Kevin, pero una polémica jugada de Pachulia, ya conocida por todos, dejaría fuera de juego a la absoluta estrella texana , impidiendo disfrutar a los amantes del baloncesto con un duelo astronómico.

Un duelo que no llegó pero otro que se avecinaba. La final de finales decían algunos. Cavs contra Warriors. Los de siempre más Kevin. Invitado a la fiesta para dar la nota y marcar diferencias.

El primer y segundo cuento fueron una exposición clarividente de su potencial. 71 puntos en dos choques dictaminaban un éxito rotundo. Pero si sus flechas ya se habían clavado en el corazón de los Cavaliers aún faltaba esa que rematase sus esperanzas.

La noche de Cleveland auguraba un infierno para los Warriors. The Land se resistía a caer ante el empuje enemigo y sus fieles se congregaban con el fin de empujar a su ejército. LeBron e Irving se ponían el mono de trabajo y despertaban la ilusión en la grada pero, cuando el último soplo de aire se extinguía entre los dientes de Kevin este saco su fusil, como decía el gran Andrés Montes, y acribilló el aro con un triple para recordar. Una canasta que valía algo más que un partido.

La historia se pintaba de azul y amarillo pero aún faltaba el broche de oro, el anillo que culminase una película de obligado visionado. El cuarto duelo podía ser el definitivo si se imponían los guerreros del oeste. El imperio de un Rey podía caer en esta ocasión antes su propia gente. Lo que nadie había logrado nunca, unos playoffs perfectos, sin fallo, estaba al alcance de una plantilla exquisita de la que Kevin Durant formaba parte.

El final perfecto era un sueño en el horizonte pero no sería más que eso, pues LeBron e Irving, ayudados por un perímetro a lo Django, desencadenado, no permitirían otra afrenta en sus dominios. El gen competitivo de los, hasta ese momento, vigentes campeones, quedaba claro y mandaba la serie al quinto en Oakland.

Los ojos de todo el planeta se posaban en un Oracle Arena reluciente. Era el turno de culminar la aventura y los Warriors no podían dejar escapar la oportunidad de finiquitar su victoria.

Durant estaba ante su gran noche. Ese día con el que había soñado tantas veces. No se podía esconder en su momento y no lo hizo. 39 puntos marcaban el camino y resultaban vitales en un desenlace que ponía punto y final a la temporada. Los Warriors se imponían 129 a 120 ante los Cleveland Cavaliers.

Ese chico nacido en Washington hacía 28 años, de fe cristiana profunda y gran calidad se fundía en un emotivo abrazo con LeBron nada más sonar la bocina. The King reconocía la autoridad del que fuera su compañero de entrenamientos y le pasaba el testimonio de un MVP que recogería minutos más tarde Durant.

En esos momentos de alegría extrema para Kevin no podía faltar una persona fundamental que siempre ha estado a su lado, su madre, Wanda. “Lo logramos. Te lo dije mamá, cuando tenía ocho años te lo dije” declaraba Durant al levantar ese trofeo al jugador más valioso de las finales.

Los fantasmas del pasado se postraron a su lado y allanaron el camino de un anotador que, ante todo el planeta, demostró lo que fue un cambio certero, no solo para entrar por la puerta de los campeones, también para crecer y acercarse hasta ese grupo de leyendas del que un día podrá presumir formar parte.

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