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Juan Vizcaíno y los actores secundarios

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El fútbol, como el cine, está cada vez más escaso de ilustres secundarios. Ahora que los jugadores entre fotos y entrevistas tienen que buscar hueco para jugar algún partido, es agradable recordar a esos tipos imprescindibles, con empaque, que redondeaban una película, que la mejoraban, tipos cuyas mejores frases eran varias líneas de memorables silencios.

Juan Vizcaíno es uno de ellos. Es el que sale desenfocado en la foto. El que casi siempre queda en la mesa del maquetador tras recortar su imagen. El actor secundario de rostro conocido del que la mayoría no recuerda su nombre y que cuando éste aparece escrito en el cartel de la película es en letras lo suficientemente pequeñas para que no se lea. La clase de jugador trabajador y honesto que dignifica la profesión de futbolista. Tan honrado y decente que entre entrenamiento y entrenamiento aprovecha para fregar el vestuario.

George Kennedy, inocente y forzudo, cuidaba y vigilaba a Paul Newman en La leyenda del Indomable. La estampa de Newman en esa película es eterna, pero la presencia de Kennedy durante todo el film es esencial. Tal y como Vizcaíno hizo con Shusterd. Si Kennedy cuidaba de que lo único que pudieran tener preso de Newman fuera el recuerdo de su sonrisa, Vizcaíno aquellos años se ocupó de correr tanto por el centro del campo del Atlético que Bernd Schuster, cuando volvía al vestuario, buscaba mancharse con la pizarra de tiza sólo para encontrar algún motivo por el que ducharse.

Fichado del Zaragoza, Juan Vizcaíno llegó de forma casi furtiva al Atlético. Un centrocampista de trabajo y gran recorrido, tan prudente y reservado que hasta el silencio le cogió envidia. Tino Callado, un viejo empleado del club, describe mejor que nadie aquella primera etapa: “un jugador discreto, tan respetuoso que hasta cuando daba una patada lo hacía de usted. Parecía a punto de pedirle autógrafos a los compañeros. Era tan introvertido que el club casi llegó a contratar a un tipo que saliera de fiesta de su parte, sólo para que encajara con el resto de chicos”.

vizcaino

La madurez de Vizcaíno coincidió con la época dorada de Jesús Gil, del 90 al 97, en la que se lograron primero dos copas y después el Doblete. Además de ganar títulos con el Atleti y pelear las ligas con Madrid y Barça, se convirtió en un fijo para Vicente Miera, en la Selección Española, donde valoraba su trabajo estajanovista. Vizcaíno ya no estuvo las dramáticas temporadas en que el Atleti coqueteó con el descenso o incluso se lo llevó a la cama. Aquellos años, en que cayeron tantas lágrimas en el Manzanares que sacaban a los peces ahogados, coincidieron con Vizcaíno rodando otras películas por Valladolid, Tarragona o Elche, siempre en su trabajo a la sombra, de secundario. Por eso nadie le recordará enseñando abdominales por Pucela o el Martínez Valero, sino como a Ernest Borgine en Grupo Salvaje, fiel a su equipo, capaz de caminar hacia un final seguro, sin retroceder, hasta que sus botas se quedaran sin balas.

Todo gran actor de reparto ha ganado premios y Vizcaíno tiene la vitrina surtida. Los muchos galardones de su carrera fueron siempre colectivos: tres copas y una liga como jugador, y los recientes cinco éxitos de taquilla de la era Simeone. Pero posiblemente su mayor momento de gloria fue cuando se convirtió en el imprescindible consigliere del Atleti de Antic, cual Robert Duvall, echando la mano necesaria a Caminero, Pantic o Kiko, sin esperar más reconocimiento que el bien para su equipo. La famiglia por encima de todo.

Tras retirarsejv del fútbol, Gregorio Manzano, que ya lo tuvo como jugador en Valladolid, lo reclamó para su segunda etapa como entrenador rojiblanco. Simeone, con quien coincidió como compañero, le dio continuidad en su trabajo de tercer entrenador, en la sala de máquinas del cuerpo técnico del Atleti. Y, como siempre, en el papel del tipo que casi nunca sale en la foto, porque Vizcaíno, hasta cuando se retiró y encontró acomodo en la política en su pueblo de Tarragona (La Pobla de Malfumet) lo hizo de secundario, al lado del Alcalde, como concejal de deportes. Uno se imagina al bueno de Juan igual que a otro entrañable actor de reparto, Walter Brenan, ejerciendo de ayudante del sheriff en Río Bravo. En aquella película su personaje tuvo que agrandarse los bolsillos para darle cabida a tanta miseria, pero aún así estaba dispuesto a permanecer al lado del sheriff por el ridículo sueldo.

Seguro que hasta en ese mundo de la política Juan Vizcaíno se quedaba trabajando hasta altas horas en su despacho, resolviendo problemas, sacando de aprietos a otros, hasta ser el último en el Ayuntamiento y apagar la luz para marcharse quedando, una vez más, a la sombra.

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