Real Madrid

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Un artista diferente, al mando de un arte único

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Frío, casi polar, y noche cerrada, se combinaban para despejar las calles y retener incluso a los más osados dentro de sus casas. El invierno llamaba a la puerta, la aporreaba incluso, pero no le íbamos a dejar entrar, la chimenea era mejor compañía, y junto a ella, ese viejo televisor que aún iba a sostenerse unos años más.

No quería irse tan pronto, no era su momento y lo sabía. Viejo y experimentado, curtido en mil batallas, sin dejarse intimidar por las jóvenes pantallas, ni la poca señal que se abría paso hasta la sierra madrileña, vivió lo suficiente como para saber que nunca lo es, siempre se quiere más, se necesita más, y por ello se aferró a su mesilla, para no moverse de nuestro lado. Y menos mal. Gracias a ello, aquel 30 de Enero de 2010, nos regaló una visión que por siempre permanecerá en mi recuerdo, y de la cual, su protagonista es a quien dedico estas palabras.

Hace apenas unos años, entre una gran cantidad de futbolistas, todos ellos con enormes dotes para desempeñar su labor dentro del campo, escuadra y cartabón en mano, un arquitecto original como ninguno se colaba de vez en cuando entre los más grandes para eclipsarlos, para deleitarnos con obras inimitables. Un fuera de serie con el don de cambiar en escasos minutos, el sino de todo un partido.

No era ni el más rápido, ni el más fuerte, ni el que más goles marcaba, pero tal era su labor, que no había persona ajena a su trabajo. Para bien o para mal siempre andaba de aquí para allá en boca de unos y otros. Su nombre no es otro que José María Gutiérrez, Guti, creador de ilusiones y rompedor de murallas. Un talento descomunal que hace bien poco era capaz de levantarnos en la hora de la siesta, y en domingo, con un sutil toque de balón.

La magia corría por sus venas cuando sus botas pisaban el césped de un terreno de juego, pero solo nos dejaba disfrutarla en pequeñas dosis. Un artista diferente, al mando de un arte único, y algo caótico. No tenía una continuidad, no establecía pautas. Era imposible predecir cuándo daría su siguiente pincelada, conformando con ello el gran cuadro de su carrera. Pero hasta en el caos hay cierto orden y belleza, y en algunos casos, como lo es este, toda la esencia de sus creaciones se basaba en ello.

Guti despuntó desde bien pequeño. Un niño prodigio que desde sus comienzos ligó su vida deportiva a un escudo, un club, al que defendió y sigue defendiendo tras su retiro, el Real Madrid. Varita en mano, no tardó en pronunciar las palabras mágicas y ale hop, asistencia por aquí, primer equipo por allá.

Con el cartel de joven promesa, llegó al Santiago Bernabéu, invitado por Valdano, para ni corto ni perezoso mirarle con descaro, con una osadía propia de los valientes que saben aprovechar su momento. Su luz se hizo esperar, pero acabó llegando, una luz que como la de otros genios antes que él, copará por los tiempos de los tiempos un rincón en el gran libro del fútbol, un rincón pequeño, que pudo ser mucho mayor, pero un rincón al fin y al cabo.

Durante los primeros años en el primer equipo, fue difícil para él encontrar minutos, pero consiguió los suficientes como para dejar claro que no pensaba irse. Su lugar estaba en Madrid junto al club de sus amores. Y fue entonces cuando llegó Del Bosque, un hombre clave, que supo ver en Guti todo ese talento, dándole mayor protagonismo dentro del once.

Poco a poco fue dejando actuaciones notables, y sus trucos dejaron boquiabierto a más de uno. Incluso algún tiempo después, con la llegada de los galácticos a la capital, escapó en ocasiones de su alargada sombra, para ser el centro de atención y seguir levantando al respetable. Sin embargo, aunque no pasase desapercibido, fue a su marcha cuando de nuevo tomó fuerza dentro de la plantilla blanca, dejando actuaciones bestiales, una de las cuales sufrió todo un Sevilla en plena forma. Como dinamitó aquel partido en 2007 es algo que no se borrará de mi memoria.

Incluso, en la campaña 2007/2008, ante todos los focos, dejó un total de 17 asistencias en liga, para liderar su clasificación y estampar su firma en los registros de la Primera División Española.

Pero tras dos cursos (06/07 y 07/08) con un papel indiscutible dentro de la estructura blanca, sus minutos comenzaron a reducirse de nuevo, conduciéndole a su recta final en la capital. Sus días con el escudo del Real Madrid pegado al corazón estaban agotándose, y Guti lo sabía, por ello, quiso deleitar a todos con una última obra de fantasía, una obra nunca antes vista.

2010 empezaba, Enero acababa, no quedaba nada para quitar días de febrero en el calendario, pero en el mapa futbolístico español, aún quedaba por jugarse todo un Deportivo de la Coruña – Real Madrid, siendo el lugar escogido para ello el mítico Riazor (Estadio Deportivo de la Coruña).

18 años hacía que no ganaba el Real Madrid en aquel estadio, 18 años, nada más y nada menos. Un auténtico maleficio que solo un mago podía romper, pero no cualquier mago, solo uno con el catorce a la espalda, cabellos rubios, una zurda endiablada y un poder especial, el de parar el tiempo y escapar de sus redes para conmocionar al graderío.

Un tempranero gol de Granero abría la contienda y encarrilaba el duelo, pero entonces el crono indicó el minuto 40 de la primera parte, y todo lo ocurrido antes o después, dejó de importar, solo recuerdo aquel instante que se repite una y otra vez en mi cabeza.

Tras una buena contra, Kaká, entrando por el costado izquierdo, entregaba entre líneas la redonda a Guti, quien se plantaba dentro del área solo ante Aranzubia, y en apenas un segundo, dibujo un lienzo sin parangón. Miro al arquero rival, amagó, lo sentó, y con toda la calma del mundo y más, dejó sin mirar y de tacón el esférico para que Benzema empujase a placer el cuero al fondo de la red. Una maravilla, una maravilla!

Todos los que vieron lo ocurrido hablaron días y semanas de ello, incluso fueron numerosos los que intentaron imitarle al poner un balón entre sus pies. No fueron ni una ni dos, las veces que disputando pachangas con los colegas, alguno intentase imitar aquella genialidad, acabando la mayoría en desastre, pero con muchas risas de fondo. Había quedado claro, que aunque se marchara, su leyenda no sería olvidada.

Fue una salida amarga, al menos para mí, verle partir rumbo a Turquía, fue una noticia pésima. Sé que fue muy querido en el Besiktas, a pesar de que no fueron sus mejores años, pero egoístamente, prefería verle sacando trucos de la chistera más cerca de casa.

Su carrera, acabó un 21 de Septiembre de 2012, o al menos de forma oficial, y entonces ya sí, supimos, y aquí me dirijo a ti personalmente, que aunque tu irregularidad siempre te acompañase, a lo largo de tus años como futbolista, tu magia nos deslumbraba y te daba ese hueco en el firmamento junto a otras muchas estrellas de este deporte.

Muchos achacaron tu falta de rendimiento en determinadas ocasiones a tus salidas nocturnas. Decían que la noche te gustaba, y claro que te gustaba, no era para menos, de hecho nos regalaste varias inolvidables con genialidades fuera de lo común. Ese no era el motivo, quizás nadie lo sepa más que tú, pero una cosa es seguro, pudiste ser incluso más grande de lo que fuiste, pudiste ser uno de los mejores, pero te digo más, aunque no lo fueras, fuiste muchas más cosas, y al fin y al cabo, esas son con las que nos quedamos, esas son las que cuentan, las que realmente valen, y tus obras valían mucho, por ello, siempre serás un artista, y como tal, nunca serás olvidado, ni tu arte contigo.

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