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Jorginho, el metrónomo del Napoli

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La llegada de Valdifiori desde Empoli de la mano de su mentor Sarri y el descendente nivel de Jorginho durante la temporada y media que llevaba jugando en las faldas del Vesubio, no hacían presagiar nada esperanzador para el número ocho del Napoli. Sumar una nueva campaña como suplente habitual a sus casi 24 años suponía correr el enorme riesgo de desaparecer a la fuerza del primer nivel del Calcio, de verse obligado, un verano más tarde, a tener que dar un paso atrás, seguramente en forma de cesión o traspaso, y de, con suerte, esperar que un técnico, tal y como lo hizo en su día Mandorlini, volviese a depositar sin ambages su confianza en él, otorgándole la importancia que requiere para rendir a su máximo nivel. Y sin embargo, Jorginho se quedó en Nápoles.

Jorge Luiz Frello no es un jugador brasileño al uso. Tal vez por haber nacido en Imbituba, una pequeña ciudad costera del estado sureño de Santa Caterina que ha construido su historia moderna de la mano de colonos portugueses, alemanes e italianos. Quizá porque las trazas, el ritmo y el poso de su fútbol siempre han tenido mucho más que ver con la elegante y melosa bossa nova que con la ardorosa y lúdica samba. Probablemente porque por sus venas fluye la sangre italiana de su tatarabuelo paterno que era originario de Lusiana, localidad al norte de Venecia, y porque el legado cultural transalpino, quieras que no, siempre acaba pesando nazcas donde nazcas. Y ciertamente porque Jorginho realizó toda la etapa definitiva y decisoria de su formación futbolística en el Calcio.

Con apenas quince años y tras haber pasado dos cursos lejos de casa para formar parte de un programa futbolístico controlado por representantes europeos ávidos de promesas en unas instalaciones en pésimas condiciones, Jorginho puso rumbo a Verona en 2007 para enrolarse en las categorías inferiores del Hellas. Un cambio de continente esperanzador para todo futbolista sudamericano pero durísimo para un adolescente que hubo de vivir la separación de sus progenitores, la posterior ausencia de su padre y que tenía (y tiene) en su madre a un firme referente por partida doble. Por un lado, debido al esfuerzo que ésta tuvo que realizar para sacar adelante el hogar trabajando como limpiadora y por el otro, por haber sido mediapunta en el futebol femenino del sur de Brasil y la encargada principal de despertar y afianzar su pasión balompédica.

Ese tacto de trequartista granjeado en la arena húmeda de la playa y esa mezcla de delicadeza y firmeza tan propia de una madre los elementos que, todavía hoy, vertebran su particular manera de ver el fútbol y los que conforman la esencia de un Jorginho que ha pasado en apenas unos meses de ser considerado uno de los posibles descartes del equipo a erigirse en el indispensable organizador de un Napoli ultra organizado, candidato a todo por lo que compite este año y que le echa mucho a faltar cuando la posesión no pasa una y otra vez por sus pies clarificadores.

 

Fue amor a primera vista. Tanto es así que Sarri no tuvo más remedio que relegar al banquillo a Valdifiori, su ojito derecho, para darle a Jorginho las riendas de su esquema en solitario. Alejado del doble pivote de Benítez, el ex del Verona se ha convertido en un jugador mucho más cerebral y capital a través de una sencillez casi filosófica que se muestra tan estética como pragmática. Tic, tac. Dos golpes de segundero. Tic, tac. Dos toques de balón como máximo para un incesante tuya – mía coral que se repite una y otra vez con él como inherente partícipe y vigía. “Cuando Pirlo hacía cien pases por partido, escribíais tres páginas por periódico. Jorginho hace muchos más”, decía recientemente Maurizio Sarri sobre su nueva extensión en el campo.

Tiene sentido y gran parte de razón. Jorginho es el futbolista de las cinco grandes ligas europeas por el que más circula el cuero, con un promedio superior a 95 pases realizados por partido. Muy por encima de Matías Vecino y de su compañero Hamsik, segundo y tercero en discordia en la Serie A, y también por delante de playmakers de su corte pero de mucho mayor postín y relevancia como Verratti, con quien Jorginho (internacional con la sub 21 azzurra) debería empezar a compartir convocatorias con Italia si Conte quiere proponer fútbol además de jugarlo; Xabi Alonso, Santi Cazorla o Toni Kroos, los mejores pasadores de la Ligue 1, la Bundesliga, la Premier y La Liga, respectivamente. Y todo ello con una fiabilidad de más del noventa por ciento en la entrega.

Pero no sólo en la continuidad y brío del juego asociativo brilla este reposado y frugal representante de la sobria, distinguida y estilosa arquitectura del pase raso, ya que Jorginho es un mediocentro tremendamente dinámico, siempre en movimiento para estar en disposición de ser vértice en construcción, es un disparador mecánico de líneas verticales y de aperturas hacia los costados al que no le gusta tener que jugar la pelota hacia atrás, un capataz que da ejemplo y que sabe siempre dónde colocarse al mismo tiempo que ordena donde tienen que colocarse los demás a su alrededor para que la jugada fluya y es también el contrapeso único e ideal de la defensa adelantada y de la presión en campo rival que ejerce como precepto esencial el Napoli de Sarri.

 

Además, pese a su aspecto ligero, casi pusilánime, Jorginho es por detrás de otro futbolista relanzado como Koulibaly, el futbolista partenopeo que más pelotas roba pese a no ser un centrocampista recuperador al uso. Las ayudas constantes de un pulmón derecho que lleva por nombre Allan y su permanente exquisita colocación le permiten cumplir con creces con la tarea, gracias en buena parte a su calibrado esfuerzo continuado, a su movilidad constante en la medular y a que nunca se ha arrugado a la hora de tener que meter la pierna. Una tarea oscura que ejecuta generalmente sin cometer falta y siendo muy efectivo en distancias cortas aunque es verdad que sufre bastante si tiene que defender a campo abierto, tal vez su mayor déficit dentro de un equipo que convive con la asunción de riesgos y ciertos espacios inevitables en defensa.

Con Higuaín como organizador de los ataques, Jorginho ejerce como baricentro general y como aprovisionador e intermediario en el camino del propio ‘Pipita’ hacia el gol, al que puede buscar en largo y vertical directamente pero al que se encarga, especialmente, de fabricar el decorado previo y de otorgarle el grueso del guión de la jugada interludio para que el argentino pueda orquestar y condicionar positivamente la fase ofensiva con sus movimientos. Es el metódico sastre que marca el patrón de juego del Napoli, el paso previo a la asistencia, la red en el estimulante precipicio del todos al ataque, el sostén y núcleo del sistema de Sarri.

Sólo algunos confiaban en que el ideario de Sarri, nacido en el Calcio provinciano, lograse ser trasladado con éxito desde Empoli hasta una plaza tan especial y exigente como Nápoles manteniéndose intacto en sus ideas de alta escuela. Pocos pensaban que tras las serias dudas iniciales del 4-3-1-2, el técnico iba a ser capaz de desaprender, adaptarse a las circunstancias y a la plantilla y poner en liza un 4-3-3 tan agresivo en el achique, tan fecundo en su rédito ofensivo y tan equilibrado en su balance defensivo. Muy pocos intuían que Insigne conseguiría confirmar su vitola de niño maravilla del fútbol italiano, que Koulibaly y Albiol levantarían tanto el nivel como para poder ser considerados una de las mejores parejas de zagueros del campeonato, que Hamsik volvería a esgrimir sobre el verde lo que siempre ha representado para la hinchada de San Paolo o que Higuaín se instalaría en el mejor momento de su carrera tras los varapalos vividos con la albiceleste. Y nadie, ni siquiera él mismo, podía imaginar que Jorginho se iba a convertir en el mediocentro posicional de un equipo grande en términos objetivos actuales y en la pieza central y motriz de toda la ilusionante estructura partenopea. Y sin embargo, Jorginho se quedó en Nápoles.

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