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Jerry West, sodomización y tragedia en el Forum

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Blanco, alto, flaco y humilde. Ah, y amante del deporte por encima de todas las cosas. Esta descripción tiene el mismo valor que derribar una piñata con los ojos abiertos, es decir, ninguno. Muchísimos jóvenes de ayer y hoy cumplen o cumplieron estas condiciones. Pero ninguno acabó siendo símbolo de la mejor liga de baloncesto del planeta. Bueno, uno sí. Un blanco escuchimizado sí tuvo ese honor, pero se lo ganó, bien lo sabe él, a base de sangre, sudor y muchas lágrimas. Más de las que le hubieran gustado.

Por si aún no has caído, ese es Jerry Alan West. Un chico que vivió y creció con una figura paterna parpadeante, no por desatención voluntaria, más bien por necesidades laborales importantes. No era un padre modelo, Jerry lo describió en una entrevista en la HBO como “brutal”. Llegó a confesar que dormía con un arma bajo la almohada, dispuesto a usarla si los abusos no veían su fin. Tampoco ayudó demasiado que su hermano David falleciera en la Guerra de Corea cuando él tenía doce años, dejando un vacío tremendo en su alma. El vínculo que les unía era muy fuerte, lo que provocó un cambio en el carácter de Jerry a mal, se volvió poco sociable. Un marginado que dirían ahora.

El baloncesto se convirtió en su mayor aliado. Días tras día, cada semana, eran West y la canasta. Una simbiosis prácticamente obsesiva. Si le sangraban los dedos por el frío y la acumulación de cansancio, ya se curarían. Los sueños se pueden cumplir para salir de una mala vida o para mejorar ésta, pero Jerry no creía en todo eso. Para él, todo era el balón, no le quites el puto balón.

Uno de los apodos que rodeó su carrera deportiva fue el de Mr. Clutch, en referencia a su gran capacidad para anotar tiros, especialmente ganadores. Siempre estaba preparado y siempre acertaba. Y, pese a todo, fue un infeliz durante toda su carrera deportiva.

En el muestrario de su talento, siempre le perseguirá un tiro ganador. El que metió en el tercer partido de las Finales ante los Knicks en 1970. Con el marcador igualado (100-100), el equipo de Nueva York trató de buscar un tiro cómodo para Bill Bradley pero, ante la imposibilidad de recibir el balón, éste fue a parar a las manos de Walt Frazier quien, tras una finta de cabeza, anotó a falta de tres segundos para darle una ventaja de dos puntos a los Knicks.

Rápidamente, Chamberlain sacó de fondo y se la dio a West, quien tiró desde su propio campo, anotando una canasta épica que hizo temblar los cimientos del Forum. En la prórroga (no había línea de tres puntos todavía y la canasta fue de dos), los Knicks ganaron.

Al final, y como casi siempre en la carrera de West, los Lakers perdieron la final. Y, una vez más, en el séptimo partido. Eso sí, la gloria se la llevó Willis Reed, quien jugó lesionado el encuentro final, para delirio del Madison. Sólo anotó cuatro puntos, entre ellos la primera canasta del choque, pero su labor defensiva fue fundamental para llevarse el título.

Tras destacar y de qué manera en el East Bank High School, muchísimas universidades se lanzaron a por él. Sin embargo, decidió unirse a los Mountaineers, en la Universidad de Virginia Occidental. Tres temporadas estuvo, cada una de ellas mejor que la anterior. En 1959 alcanzó la final, cayendo por 71-70 ante los Golden Bears de California en Louisville.

Esto le valió ser la segunda elección del draft de 1960. Los Minneapolis Lakers se hicieron con sus servicios. Unos Lakers que, desde la retirada de George Mikan, ya no tenían el mismo atractivo para la gente de Mineápolis. Por ello, Ben Berger vendió el equipo a Bob Short, quien lo trasladó a Los Ángeles en 1960. Tras estabilizarlo, éste lo vendió a su vez a Jack Kent Cooke. En el verano previo a su debut, se unió a la escuadra estadounidense en los Juegos Olímpicos de Roma, donde se adjudicó el oro ante la Unión Soviética.

Jerry West acudió a las Finales hasta en nueve ocasiones, terminando con un balance de 1-8 en contra. De las ocho, seis las perdió ante los Celtics (1962, 1963, 1965, 1966, 1968 y 1969) y dos ante los Knicks (1970 y 1973). Ante los de Nueva York también consiguió su único título, el de 1972. De las ocho derrotas, cuatro fueron a siete partidos (1962, 1966, 1969 y 1970). Especialmente dolorosa la de 1969.

Tras empezar las Finales con un 2-0 a favor, los Celtics se engancharon al título con una canasta de Jones sobre la bocina en el cuarto partido, igualando la serie. En el quinto, los Lakers volvieron a recuperar el mando en el marcador. Sin embargo, un pésimo partido de Chamberlain en el sexto dejó todo en el aire para otro fatídico séptimo encuentro.

Jack Kent Cooke, en un alarde de ego y confianza, dispuso toda la parafernalia festiva en el Forum para la más que segura celebración final, según creía él. Pero la historia estaba con los Celtics, como casi siempre por otra parte. Consiguieron asaltar el centro neurálgico laker, sumando así el undécimo anillo de su historia. Para colmo, Jerry West recibió el galardón de MVP de las Finales, primera vez que se entregaba esta distinción y única en la que el perdedor de una final se lo ha llevado.

Tras aquel varapalo, vinieron una serie de enfrentamientos con los Knicks en las Finales. El primero, el mencionado de 1970 con la canasta de West y la heroicidad de Reed en el séptimo. Más tarde, se encontraron en las finales de la temporada 1971/1972.

Aquella temporada, los Lakers llegaron a los playoffs con un récord de 69-13. En la postemporada, se deshicieron de Chicago y Milwaukee antes de endosarle un contundente 4-1 a los Knicks. Podía sonar a broma, pero Jerry era, por fin, campeón de la NBA. Su último viaje a las finales se saldó, para no dejar mal a la historia, con una nueva derrota, la segunda ante los Knicks, octava en el global de su carrera en la élite.

La vida, y sobre todo el deporte, la suelen escribir los ganadores. Será por aquello de la memoria colectiva, esa que hace a los aficionados deslegitimar leyendas desde el sofá de casa. Un anillo de nueve intentos suena duro, pero el efecto balsámico que tuvo en West no se puede cuantificar. Jerry vivió en una depresión prácticamente constante durante sus años de profesional. Evitando terapias, consumiendo Prozac para aliviar sus penurias. Un hombre que necesitó salir de la élite para liberarse.

Tras dejar el baloncesto de forma activa, se convirtió en general manager. Culpable de muchas y acertadas elecciones, West puso en la órbita laker a gente como James Worthy, A.C. Green, Mychal Thompson, Kobe Bryant o Shaquille O’Neal. En Memphis también le están muy agradecidos por su labor desde los despachos, por no hablar del milagro que ha llevado a cabo junto a Bob Myers en los Golden State Warriors.

En la actualidad, tiene la laboriosa tarea de llevar a los siempre malditos Clippers a buen puerto, uno que parece más lejos si cabe tras haberse acabado la mejor etapa hasta ahora en la franquicia, una que capitaneó Chris Paul. El vecino angelino constante objeto de burlas en manos del siempre cuestionado Jerry. Unas manos que sangraron, maravillaron y, a ratos, descansaron. Respect The Logo.

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