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Jason Williams, el talento bajo sospecha

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Hubo un tipo que entendió el baloncesto como nadie lo había hecho desde que Pistol Maravich nos dejó aquel cruel y despiadado 5 de enero de 1988, cuando su corazón dejó de funcionar en pleno partido amistoso, durante una pachanga que había organizado James Dobson, reputada figura del cristianismo en los Estados Unidos, y su cuerpo se desplomó sobre el parqué. Aquel maldito lugar es ahora motivo de culto y peregrinaje.

Blanco, brazos abundantemente tatuados, aspecto callejero y una capacidad para cambiar radicalmente su imagen capilar según le venía en gana, Jason Chandler Williams inauguró la posmodernidad baloncestística antagónica, es decir, la puesta en escena de un baloncesto que no entendía de pizarras, tácticas ni de talentos concentrados en tarros de cristal. Un carisma tan descomunal que no encontró nunca el refugio perfecto. Lo adoraron en mil sitios, pero en ninguno encontró tanto amor como en el corazón de cada uno de los aficionados.

J-Will nació el 18 de noviembre de 1975 en Belle, localidad perteneciente al condado de Kanawha, en el estado de West Virginia. El padre de Jason, Terry, sirvió en el ejército durante varios años, sin embargo, eso ya no era suficiente para poder mantener a su familia. Vivían en una caravana, en los aledaños del duPont High School, instituto local donde Terry encontró trabajo como bedel, lo que le supuso acceso prioritario a las llaves del gimnasio, circunstancia que, desde pequeño, aprovechó Jason para acudir allí a cincelar su cuerpo y alejarse de los constantes problemas de la vida callejera.

A pesar de probar con éxito el béisbol y el fútbol americano, el pequeño Jason descubrió que su brutal talento debía ser aprovechado en aras del baloncesto, modalidad a la que sirvió fielmente desde los cuatro años, cuando ya lucía un manejo de balón tan precoz como fascinante. No obstante, resulta complicado entender la figura de Williams sin su carácter desafiante. Apunta Sean, su hermano mayor, que Jason llegaba algunas veces 15 minutos después del toque de queda simplemente para ver la reacción colérica de sus padres. Estos rasgos desafiantes definirían su juego a lo largo de los años.

2001, Adelman hacia hueco al talento de Jason | Getty

Inició su carrera en el instituto duPont donde, en su primera temporada (1990/1991), se convirtió en la estrella absoluta del equipo. Al año siguiente hizo amistad con Randy Moss, reputado wide receiver en varios equipos de la NFL, entre ellos, los Patriots. Ambos formaron un binomio extraordinario que atrajo la atención de una cantidad histórica de público a la cancha, hasta el punto de tener que instalar gradas supletorias para dar cabida a todos los fans que allí se congregaban. Dos personalidades muy conflictivas que conectaron maravillosamente a golpe de alley-oop. El dúo estuvo junto dos temporadas (1991/92-1992/93), las suficientes para situar a duPont en el punto de mira.

El último año de Jason en el instituto fue la culminación del trabajo bien hecho. USA Today le nombró jugador del año en West Virginia, y el equipo llegó a la final, la cual perdieron. El base promedió 18 puntos y 10 asistencias por encuentro. Dejó el equipo tras haber repartido más de 500 asistencias y haber anotado más de 1000 puntos.

Llegaba la hora de elegir Universidad, pero no sería tarea fácil. Aceptó la oferta de Providence, Universidad católica de Rhode Island, entre otras cosas, por la satisfacción que le produjo el interés que el técnico, Rick Barnes, había mostrado por él. El acuerdo duró bastante poco, ya que Barnes abandonó el proyecto de forma prematura al aceptar una oferta de Clemson, centro universitario de Carolina del Sur. Intentó reconducirse en la Academia Militar de Fork Union, prestigiosa institución conocida por formar jugadores de baloncesto, pero no aguantó ni una semana allí.

Tocaba aclarar las ideas y, tras una reunión con su padre, éste le aconsejó que probase con los Thundering Herd, equipo que dirigía Billy Donovan, de quien el padre de Jason tenía muy buenas referencias. El técnico le ofreció una plaza, y el joven talento no le defraudó: en la temporada 1995/96 promedió 13.4 puntos y 6.4 asistencias por noche. Donovan recibió una oferta para dirigir a los Gators de Florida y Jason le siguió fielmente. Durante la primera temporada, Jason consiguió asentar la cabeza y compaginó sus estudios con el baloncesto, pero ese comportamiento ejemplar duró poco. Se hartó de toda aquella vida de copista enclaustrado y dejó el equipo. De nuevo, su padre volvió a reconducirle y regresó, ganándose la titularidad y promediando 17 puntos, lo que provocó el enamoramiento de todos los presentes por Williams.

La magia de sus pases imposibles por detrás de la espalda, sus triples y sus descaradas penetraciones marcaron el inicio de su legado. La comparación con Maravich ya estaba encima de la mesa y, como todo genio, tenía una debilidad, en su caso, la marihuana. Tras pillarle consumiendo, le sancionaron con 20 partidos fuera de las canchas, siendo esta la gota que colmó el vaso de su paciencia. No soportaba más la Universidad y, en 1998, se declaró apto para poder ser elegido en el draft.

Su fama de conflictivo y problemático hizo que muchas franquicias ni se plantearan elegirle pero, como los Kings estaban sin un creador, hicieron la vista gorda y lo seleccionaron. La primera temporada no fue tan maravillosa como él esperaba. En aquella época, Rick Adelman estaba a los mandos de Sacramento (sí, el mismo Adelman que amargó a Petrovic en Portland), y su estilo disciplinado no comulgaba con el carácter de Williams.

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A pesar de todo, Jason exhibió su don para repartir asistencias, llegando hasta casi los 300 paquetes entregados aquella campaña. Fue un año complicado, con lockout incluido y, tras una fase regular aceptable, los Kings cayeron en playoffs ante los Jazz de Stockton y Malone. El fenómeno de Chocolate Blanco había comenzado a expandirse de manera exponencial. Su momento más imperecedero como jugador de baloncesto llegó en el All-Star del año 2000 en Oakland. En pleno partido de rookies contra novatos de segundo año, Jason Williams detuvo el tiempo para realizar un pase con el codo que levantó a todo el mundo y, como genialmente apuntó Andrés Montes, los primeros que se levantaron fueron los negros. Genio y figura.

Todo el mundo le veía como un ser de luz, alguien especial. Antes de marcharse a los Vancouver Grizzlies (ese mismo año se trasladaron a Memphis) por Mike Bibby debido a problemas con la marihuana, comentarios homófobos y demás declaraciones fuera de lugar, Jason formó el ADN del equipo junto a Peja Stojakovic, Chris Webber y Vlade Divac. Si bien las acciones polémicas de Williams propiciaron su salida, la idea generalizada en la directiva y el banquillo de que con Jason era imposible ganar el anillo ayudaron y de que manera a buscarle una salida. En un proyecto sin aspiraciones de ningún tipo, Williams rindió a gran nivel durante las cuatro temporadas que estuvo en Memphis.

La gran oportunidad de su vida llegó en la temporada 2005/2006 cuando Pat Riley, que había dirigido a los Miami Heat desde 1995 a 2003, requirió de sus servicios en su retorno al banquillo de Florida tras dar por concluida la breve etapa de Stan Van Gundy, su protegido, al cargo de la franquicia. Con un roster de lujo, entre los que se encontraban Shaquille O’Neal, Dwyane Wade, Gary Payton o Alonzo Mourning, la adquisición de Williams le daba a Riley la pieza que le faltaba.

Jason volvía al Arco Arena en 2006 con los colores de los Heat | Getty

En la temporada regular, Miami logró un récord de 52-30, el cual le valió para terminar en segunda posición, por detrás de Detroit. En playoffs eliminó a Chicago, New Jersey y Detroit, por este orden, en la Conferencia Este.

Dallas Mavericks esperaba en la gran final. Una batalla que comenzó a favor de los texanos. El 2-0 inicial hacía augurar lo peor para la franquicia de Florida, sin embargo, una reacción en cadena liderada por un majestuoso Dwyane Wade que, promediando 34.7 puntos por encuentro, logró dar la vuelta a las finales y ganar el Larry O’Brien por 4-2. El papel de Williams fue bastante secundario, pero su dirección y veteranía aportaron mucho a la causa.

Al fin, el mayor talento bajo sospecha desde Pete Maravich lograba entrar en los anales del baloncesto con aquel anillo. El premio justo para un macarra que nunca quiso abrazar las normas que rigen el mundo del común de los mortales por miedo, quizá, a hacerse vulgar. Sus últimos años como profesional tras salir de Miami estuvieron localizados en Orlando y, a modo romántico y de despedida, en Memphis, el lugar al que fue desterrado y donde se ganó la oportunidad de su vida.

Jason Williams fue muchas cosas, entre ellas, un magnifico jugador. Pero, por encima de todo, fue un rebelde, un mago sin curso de hechicería, un tipo de la calle que no aceptó que nadie más que sus ganas de jugar le hicieran de grilletes. Sólo te puedo reprochar una cosa: ¡cuántas luxaciones de codo llevan tu nombre! Yo, ya dejé de intentarlo.

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