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James Hunt, el antihéroe de la Fórmula 1

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Pilotos de Fórmula 1. Gente que a su enorme talento para conducir al límite un bólido de carreras suman una profesionalidad pulcra, impoluta, que prácticamente les convierten en esclavos de su oficio. Pasan meses entrenando, estudiando telemetrías, buscando como mejorar y cuidando su buena imagen en pos del marketing. No, aquí no parece haber sitio para un tipo de larga melena rubia que fuma 40 cigarrillos al día. Un tipo que vomita para liberar tensión antes de las carreras, aunque ocasionalmente se le encontró liberándola de otra forma en el box, apenas minutos antes de la salida, distrayendo de su labor a alguna pit babe. Un piloto que tras ganar su Gran Premio local, en Silverstone, afirma que para él ganar esta carrera supone: “nueve puntos, 20.000 dólares y mucha felicidad”, y a continuación le pide un pitillo al entrevistador. No, definitivamente, James Hunt no es un héroe de la Fórmula 1.

James Hunt nació en 1947 en Belmont, Gran Bretaña. En su infancia y adolescencia poco o nada le importaban los coches, hasta el punto de que comenzó sus estudios universitarios matriculándose en la carrera de medicina. Nada hacía prever que lo que era un simple plan de fin de semana, ir a ver una carrera con un amigo, acabaría convirtiéndose en la vida de James, que en el mismo momento que salió del circuito decidió que había quedado tan prendado de las carreras que esa sería su vida.

Sus primeros pasos son con un Mini en la copa Club. Rápidamente destaca en dos ámbitos: su gran velocidad pura y su ineludible imán con los muros, los coches de los rivales o cualquier otro obstáculo que se interpusiera en su camino. Hasta el punto de que corriendo en Fórmula Ford su monoplaza llegó a caer un lago en el que casi muere ahogado. Ese sustito sin importancia no frenaría la misión de James.

En 1973, con 29 años, Hunt ya estaba en la Fórmula 1. Su coche el lamentable March-Ford con el que el equipo Hesketh, liderado y dirigido por el sórdido Lord Alexander Hesketh, un jefe de equipo que vivía la Fórmula 1 con más despreocupación, si cabe, que el mismo Hunt, decidió “dejar de hacer el ridículo en la Fórmula 3 y comenzar a hacerlo a lo grande”, según palabras textuales del mencionado Lord. Y no fallaron en sus predicciones. Ninguno de los  compañeros de Hunt logró siquiera un mísero punto. James sin embargo logró 14, con un par de podios, en Holanda y Estados Unidos, incluidos. Fue en esa temporada cuando Hunt decidió aparcar el coche a un lado de la pista en mitad de unos entrenamientos para, por así decirlo, calmar la llamada de la naturaleza ante el atónito público. Eran, y nunca mejor dicho, los primeros regueros de lo que James terminaría siendo.

 

 

Para las dos siguientes temporadas Hesketh, dejaría de comprarle una vieja baratija a March para construir la suya propia, con la que James lograría su primera victoria, y única de la historia de la escudería, en el Gran Premio de Holanda de 1975. Sin embargo eso no fue suficiente, a finales de años el equipo quebró y James Hunt se quedaba fuera de la Fórmula 1. Cuando todo parecía acabarse para él, apareció McLaren, una de las mejores escuderías de la época, dispuesta a poner a Hunt bajo el foco de atención y a bordo de un coche competitivo. Y James, claro, se iba a aprovechar.

Compréndalo, la Fórmula 1 de mediados de los 70 no era como la actual. Cualquier piloto de media parrilla era un perfecto anónimo para el 90% de los seguidores del espectáculo. Dar el salto a McLaren no solo era un avance tecnológico, sino que también lo era en popularidad. Y eso James Hunt lo iba a aprovechar. Ni que decir tiene que no fueron pocas las veces que los mecánicos de McLaren tuvieron que esperar unos minutos, u horas, para hacer el setup del coche porque James estaba “conociendo” a alguna pit babe.

Por supuesto, Hunt no era ningún idiota. Sabía perfectamente que, pese a su paso a McLaren, ganarle el mundial a Lauda y Ferrari, actuales campeones, iba a ser casi imposible. Aún así, lejos de antagonismos rancios, la relación entre Hunt y Lauda era espléndida, hasta el punto de que el bueno de James convenció a Niki para irse de farra la noche antes de unos entrenamientos de la pretemporada de 1976. Como era de esperar, las caras a la mañana siguiente eran un poema. Aún así, ellos eran unos profesionales, tenían que salir a pista y darle vueltas al circuito. Lo que Niki Lauda nunca esperaba ver es que tras una curva cerrada en el arcén de la pista, junto al muro, estaba parado el coche de Hunt. Cuando el austriaco corrió a ver si James se había hecho daño se encontró con la estampa del británico echándose una siestecilla. Buena forma de comenzar una temporada de tan sórdida y estrambótica que acabaría pareciendo hecha a medida de Hunt.

 

 

El campeonato comenzó con normalidad. Lauda arrasaba y a Hunt solo le quedaban las migajas. Al terminar la novena carrera el de Ferrari ya sumaba cinco victorias, dos segundos, un tercero y un abandono, mientras que el de McLaren apenas sumaba una victoria, un segundo puesto y un quinto. Las otras cinco carreras eran abandonos o, en el Gran Premio de España, una descalificación tras ganar la carrera por irregularidades en el monoplaza. El mundial parecía perdido, pero entonces llegó el Gran Premio de Alemania, y en él el gran golpe de efecto del campeonato. En una de las curvas más complicadas del húmedo trazado del viejo Nurburgring se estrellaba Niki Lauda. Su coche ardió con él dentro y su vida estuvo a punto de apagarse. Incluso llegó a recibir la extremaunción. Sin embargo el austriaco se sobrepuso de sus heridas y, más increíble todavía, regresó al campeonato para intentar ganar un título que, gracias a sus victorias durante la ausencia de Lauda, James Hunt ahora podía ganar. El británico no era un monstruo, claro, y antes de nada quiso consolar a su amigo y rival que volvía a las carreras interpelándole: “Niki, no te preocupes por tu cara, ya eras horrible antes del accidente”. Con estos ánimos, Lauda logró rescatar un cuarto puesto en Italia y un tercero en Estados Unidos, con lo que llegaba a la prueba decisiva, el Gran Premio de Japón en el nuevo circuito de Monte Fuji, con tres puntos de ventaja sobre Hunt. Tan preocupado estaba James por la carrera decisiva del campeonato de 1976 que se afirma que en la semana previa llegó a “preparar la táctica de carrera” con nada menos que 33 azafatas del hotel británico en el que vivía. Incluso se fue de sexo, drogas y alcohol con su buen amigo Barry Sheene, piloto británico de motos, cuando éste ganó el domingo anterior el mundial de 500cc.

Con este panorama se presentaba el Gran Premio de Japón, en Monte Fuji. Con las tormentas asolando el circuito todo el fin de semana el acuerdo al que se llegó entre los pilotos es que si llovía mucho, dado que la seguridad no estaba garantizada, todos se retirarían en la segunda vuelta. Esto beneficiaba a Lauda por dos razones: la primera porque esto permitiría no tener que correr en lluvia con sus problemas de quemaduras (que no le permitían ver bien, entre otras cosas porque no tenía pestañas) y la segunda y más obvia: si todos se retiraban él sería campeón.

El Gran Premio comenzó bajo el diluvio, de modo que efectivamente los pilotos, con Lauda al frente, se retiraron en la segunda vuelta. ¿Todos? No, no todos. Una serie de pilotos, con James Hunt al frente, se mantuvieron en la pista saltándose el pacto. El británico lideraba la carrera y con Lauda fuera iba a ser el campeón. Pero una historia no puede tener un final tan sencillo si el protagonista es Hunt. A seis vueltas del final un neumático de su McLaren reventó. El británico llegó a boxes como pudo y allí un pit stop deficitario le hizo perder aún más tiempo. James regresó a pista sexto y se puso a rodar rápido y a adelantar pilotos que no se distinguía bien si eran doblados o eran adelantamientos reales. Al final no pudo ser. James Hunt llegó a meta quinto. Estaba hecho una furia, “acordándose” de todos los familiares de los mecánicos. Se bajó del coche dispuesto a partirle la cara al jefe de su equipo, un equipo que mientras forcejeaba con él impidiendo que llegase a las manos trataba de explicarle la realidad: no había sido quinto como él pensaba sino que había sido tercero y, por lo tanto, había ganado el mundial por un solo punto.

Llegar a la cima colmó sus motivaciones. Eso de mantenerse no iba con él. Siguió un par de años más en McLaren, en los que sumó tres victorias y dieciocho abandonos. Medio año más en el equipo Wolf fue suficiente para retirarse tras el Gran Premio de Mónaco de 1979. A sus espaldas un título mundial, diez victorias y una fama de piloto rebelde y desenfadado que le seguiría de por vida. Su siguiente etapa fue la de comentarista de la BBC, pero no duró mucho allí ya que un infarto de miocardio se lo llevó a la temprana edad de 45 años. Con él se iba un mito para otros muchos pilotos que huyen de la épica deportiva. Eddie Irvine o Kimi Raikkonen son algunos de sus más recientes seguidores. Un ejemplo a no seguir… salvo que te quieras divertir. James Hunt, el antihéroe de la Fórmula 1.

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