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James, el niño que quería convertirse en profesional

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Alejandro CENTELLAS – James Rodríguez está en el centro del campo con una camiseta roja holgada de la que se intuye su frágil cuerpo en el interior. Hace unos minutos se había proclamado, junto a sus compañeros de la Academia Tolimense, campeón del torneo Pony Fútbol, disputado en su país, Colombia, ante el Deportivo Calí. Un reportero, también de rojo, sostiene un micrófono en su mano, instrumento al que James Rodríguez, con voz aterciopelada e inocente, se dirige sin miedo: “Yo quiero ser profesional. Primero empezar con “Tolima” y ahí, sí, lo que quiera Dios”.

Diez años después, James Rodríguez vuelve a estar plantado en el centro del campo con una camiseta roja, esta vez más ajustada. Ya es profesional, y acaba de ser eliminado, junto a sus compañeros de la selección de Colombia, del Mundial de Brasil por la selección anfitriona. En el círculo central, con la mirada perdida, James llora desconsolado. En cada una de sus lágrimas se escapaba un retazo de sueño, esta vez tan alcanzable que duele en lo más profundo. De nuevo, el jugador se enfrenta al reportero y a la cámara. Nervioso, aún jadeante y con los ojos bañados en lágrimas dice: “Los hombres también lloran, y más cuando sentís esto como un hijuemadre”.

James no podía imaginar, después de disputar el partido de la final con la Academia Tolimense, que el fútbol le depararía llorar en un estadio de Brasil frente a millones de personas en el torneo por antonomasia del fútbol mundial. No solo eso, nadie pudo imaginar, ni en las quinielas más optimistas, que James sería reverenciado por el mundo entero, que quedó asombrado por las diabluras del Bota de Oro del campeonato. James quería ser profesional, y lo consiguió; quería seguir en el Mundial, y a punto estuvo de conseguirlo; quería jugar en el Real Madrid, y el sueño se ha hecho realidad.

Según dice James, siempre soñó con jugar en el Real Madrid. Lo ha dicho, incluso, cuando era jugador del Mónaco y su nombre únicamente engrosaba una larga lista de futuribles que rubricara su contrato en la planta noble del Bernabéu. Es su sueño, y aquellas declaraciones en las que afirma que iría al Real Madrid “con los ojos cerrados”, no son más que el reflejo de una sinceridad que descansa bajo el paraguas de la ilusión y el deseo por vestir de blanco. No pidió mucho, solo que le entendiesen, que comprendieran que para él, ser jugador del Real Madrid, es coronar un 8.000 descalzo. Que todo lo anterior ha estado bien, y que siempre estará agradecido, pero la llamada del Real Madrid es una invitación a la casa del primer amor de la adolescencia. Podrá salir bien o no, pero no quiere dejar de cumplir su sueño por hipótesis sin certeza.

Hay pocas cosas más reconfortantes que ver la mirada brillante y la sonrisa permanente de quien ha logrado un sueño, de quien ahora mira con orgullo el trabajo realizado, cuando entonces, mientras recorría el camino, solo veía un largo horizonte difícil de alcanzar. 80 ‘kilos’ tienen la culpa de que James se ponga la elástica blanca, pero el colombiano huye de todo ese baile financiero de contratos y cifras astronómicas; lo importante para él es jugar en el Bernabéu. Una meta que llega cuando en su ilusión infantil solo figuraba convertirse en profesional. Ahora, su amor blanco llama a su puerta. Y es que, como dice un tango de Gardel, siempre se vuelve al primer amor.

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