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Italia, mi madre futbolera

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La vida no viene con manuales ni tutoriales, de esos que se estilan ahora. Viene con una madre y sobra. No hace falta nadie más para crecer. Italia siempre ha sido una madre en la sombra. No destaca en nada pero lo suda todo. En su vida solo conoce el sufrimiento como senda hacia el éxito. Nadie le ha regalado nada. La gran olvidada en todo tipo de actos y celebraciones. La que nunca esperan y siempre llega. La que cuando todo parece perdido, lo encuentra. No ataca, defiende. No te enseñó a ganar sino a competir. Uno aprende a ganar cuando tiene acto de conciencia y comienza a ver a Italia ganar en el televisor de su casa. 

Ahí te das cuenta que puedes desfilar con delantal o llegar a la final sin ganar, pelear con un palo de fregona o matar un partido a la contra y de que puedes enseñar sin haber aprendido o ser un referente en el mundo del fútbol sin necesitar el balón. Sin un jugón, sin un delantero con olfato goleador o un extremo pequeño y veloz, sin la posesión, también se puede ganar. No se trata de poder sino de saber que puedes.

En el 34′ la final era contra Checoslovaquia, aquella selección contaba en sus filas con el gran guardameta Frantisek Planicka y el máximo goleador del certamen, Oldrich Nejedly. Los checos tomaron la iniciativa y jugaron mejor, pero la defensa italiana con Monzeglio, Allemandi y el arquero Combi respondió con seguridad. Italia igualó el partido a diez minutos del final para tiempo después en la prórroga atestar el golpe definitivo. La selección italiana conquistaba su primer Mundial.

 

En el Mundial del 38′ ante Hungría, sobre el campo se enfrentaban dos estilos muy diferentes: el rigor defensivo y la fuerza de la Italia de Vittorio Pozzo frente a la técnica y eficacia goleadora magiar, con Sárosi a la cabeza. Hungría, dirigida por Károly Dietz y Alfréd Schaffer. La defensa italiana consiguió contener a Sárosi, desaparecido en la primera mitad y a través de Colaussi y Piola se puso con ventaja en el marcador para así conseguir su segundo Mundial de manera consecutiva de la mano de Vittorio Pozzo.

 

A finales de los sesenta, en la Eurocopa del 68′, la todopoderosa Italia que conquistó los mundiales del 34 y el 38 quedaba lejos. La ‘squadra azzurra’ pasó décadas de sequía: encadenó cinco mundiales en los que no pasó de la primera ronda (de Brasil 50 a Inglaterra 66), no participó en la primera Eurocopa (Francia 60) y no se clasificó para España 64. Por tanto, que la fase final del 68 se celebrase en Italia fue un pequeño aliciente. Pero el combinado nacional, entrenado por Ferruccio Valcareggi, generaba muchas dudas. Fue superando partidos hasta la semifinal ante la Unión Soviética, combinado que le tiró de la anterior Eurocopa y el partido en un San Paolo reunido bajo la lluvia tenia aroma de tormenta, se gestaba la “Vendetta”. El partido quedó en empate y a tres días de la final no había tiempo para un partido de desempate como se realizaba por entonces, así que se optó por el lanzamiento de una moneda. Facchetti ante Schesternev, cara o cruz. El italiano salió victorioso y se enfrentaría en Roma ante Yugoslavia por su primera Eurocopa. El partido quedó en empate y si había tiempo para otro partido de desempate, En la segunda batalla, tres días después. Dos goles de Anastasi y Riva hicieron historia. Italia levantaba un título treinta años después. Se aliaron el saber competir, la diosa fortuna y el lema que se ha gestado durante años de historia. “A Italia no hay que descartarla nunca“.

 

En el Mundial del 82′ celebrado en España, el campeón fue inesperado y su juego al contraataque, no podía ser otra, la tricampeona comandada por Paolo Rossi igualaba a Brasil en Mundiales en sus vitrinas. Pasó del infierno al cielo”, afirmó la prensa de la época. De una primera fase desastrosa, arañando puntos en el camino, pasó al éxtasis en las instancias finales. Era la Copa Mundial de futbol de los Zico, Rummenigge, Keegan, Platini y Maradona. Pero, al final de todo, los lauros fueron para Paolo Rossi.

 

En el 2006, una vez más Italia. Aquel partido de semifinales ante el anfitrión, la selección alemana en el Signal Iduna Park, estadio donde el combinado germano acumulaba un total de más de 80 partidos sin conocer la derrota, el ADN italiano inyectó su vacuna. La jugada del 2-0 con Cannavaro, Totti, Gilardino y Del Piero. 11 toques, 4 jugadores, la muestra del fútbol total. La dureza de Cannavaro, la visión de Totti, la pausa de Gilardino y la clase de Del Piero. Italia ganó su cuarto Mundial ante Francia 24 años después, ante la última noche de Zidane, pudieron frenar al genio francés, hasta lo desquiciaron para acabar siendo expulsado y luego en los penales, supieron competir con la diosa fortuna.

 

Dicen que los equipos italianos difícilmente morirán de un ataque. Otros aseguran que sus tanques de guerra, tienen cinco marchas hacia atrás y una hacia adelante, esta última por si el ataque llega por la retaguardia. Pero de lo que nadie duda, es de su arte de competir. Con o sin balón, sin estrellas o no, no conoce ley ni piedad, se atreve a todo y aplasta cuanto se le opone. Lo mismo que haría cualquier madre por su retoño. Es diferente, única y especial como cada una de todas las madres.

Y es que la historia le da la razón. No ganó con Gianni Rivera ni Sandro Mazzola ni Roberto Baggio, pero sí con Paolo Rossi, Marco Materazzi o Fabio Grosso y envuelta en escándalos oscuros que devorarían la fe de cualquier grupo menos la de ellos. El idilio que lo une con el metal es tal que no entiende de razones sino de pasión; y así como un enamorado encuentra chispa en los pequeños detalles, Italia no se enciende con goles ni jugadas de fantasía sino con tipos feos corriendo hasta el último milímetro o con faltas tácticas que dan segundos de vida y metros de calma.” escribe Eduardo José Ustaritz en Ecos de Balón y mucha razón tiene.

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