Real Madrid

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Isco y el tiempo que no quiero detener

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El domingo, en Elche, mientras el Madrid revolucionaba ligeramente ese motor que parecía gripado, comprendí de pronto que el lado más futbolero de mi alma se ha ido corrompiendo con el paso de los años sin que yo me diera cuenta. El lector se preguntará qué clase de persona puede alcanzar ese nivel de análisis espiritual presenciando un partido de fútbol. La respuesta es fácil: cualquiera que haya presenciado cómo el tiempo se detiene al compás marcado por Isco.

Esta historia comienza, según Google, el 6 de marzo del año 1996. Mi padre solía llevarme unas tres veces por año al Bernabéu. Y yo, que no había cumplido ni siquiera diez años, me dejaba conducir por él hasta el barrio de Chamartín envuelto en mi bufanda de color morado (mucho más simple, por cierto, que las actuales; aunque también más hermosa).

Aquella noche, todavía invernal, el Madrid se enfrentaba en cuartos de final de Champions a la todopoderosa Juventus. No tengo una visión global de aquel día, y sólo alguna imagen que años después han pasado por televisión me recuerda que fue Raúl, un joven canterano que debutaba en Europa, el autor del 1-0 con el que finalizó el encuentro.

Pero poco importa eso. La cuestión es que yo, joven e inexperto, preferí guardar para mí otro capítulo que nada tenía que ver con el único gol del partido. En algún momento, alguien quiso contactar con Laudrup sin aparente éxito. El envío era tan impreciso que el danés de terciopelo tuvo que esprintar en dirección a la banda junto a la cual mi padre y yo presenciábamos el espectáculo. A la vez, un defensa más rápido y más pesado acudió al corte con los tacos afilados.

Estábamos todos asimilando que, en el mejor de los casos, aquello acabaría en un insípido saque de banda cuando, sin saber cómo, el 10 blanco pisó el balón junto a la cal con un gesto elegante, deteniendo un tiempo que, por aquel entonces, a mí me sobraba. Lo hizo, de verdad. Puedo prometer que vi como todos, incluido el hercúleo defensa italiano, eran figuras petrificadas esperando a que el genio danés arrancara.

Una leve sonrisa se dibujó en el rostro del mediapunta, que acarició el balón con la suave indiferencia de su pierna izquierda mientras con la derecha frotaba la lámpara con un leve toque de exterior. El embrollo terminó con el balón cruzando las piernas del italiano como si de un túnel alpino se tratara a la vez que el reloj se ponía de nuevo en marcha. Un cambio de orientación hizo las veces de improvisado punto y final del aplaudido lance.

* MICHAEL LAUDRUP, REAL MADRID  PIC EMPICS

Al bajar por la Castellana en dirección al coche, toda la gente que abarrotaba el paseo comentaba lo indispensable que parecía el gol de Raúl de cara al partido de vuelta. Nadie hablaba, sin embargo, de aquel capítulo protagonizado por Laudrup. Entonces me di cuenta de que aquella percepción era cierta, y que el tiempo se había detenido durante unas décimas de segundo que sólo yo había vivido.

Cuando días después la Vieja Señora terminó eliminando al Madrid, me sorprendió ver cómo mi padre enfilaba la cama sin cenar. Me acerqué a él y le dije:

-Oye, por el regate de Laudrup nos darán algún trofeo.

Él me miró resignado, como si ya me diera por perdido. Me consolé pensando que el fútbol estaría lleno de momentos como aquel, instantes en los que todo se detendría esperando un desenlace mágico.

Sin embargo, con el paso del tiempo me fui abrazando con más fuerza a esa simple pero hermosa bufanda morada mientras los instantes mágicos, poco a poco, iban desapareciendo. Por eso, cuando un par de años después el destino deparó un nuevo Madrid-Juve esta vez en forma de final de Champions, la fantasía dio paso a un afán de venganza que sólo la Séptima se encargó de aplacar.

Esta historia termina diecinueve años más tarde, cuando en Elche pude ver a Isco controlar el balón con la misma elegancia con la que Laudrup me había enamorado aquella lejana noche de marzo. Imaginé que, probablemente, algún chaval de los muchos que presenciaban el partido habría comprobado que el tiempo puede detenerse con un solo gesto. Y también me cercioré de lo que ya saben ustedes: que mi alma se había corrompido con cada victoria.

Quise gritar en voz alta que no era justo, que tendría que ser yo quien disfrutase de aquel misterioso encanto. Pero entonces, Benzema abrió el marcador y colocó al equipo líder con una diferencia considerable sobre el Barça.

Los gritos de alegría apagaron mi reflexión. Me agarré a la bufanda desesperado, consciente de que aquellas, las antiguas, eran mucho más simples… pero también mucho más hermosas.

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