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Isaiah Thomas y el desván del Leprechaun

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Podría haber sido cualquiera, pero la creación del primer logo que ahora conocemos de Boston Celtics, pocos años más tarde de su fundación -antes tuvo otro logo únicamente con el Trébol típico irlandés- fue pensado y diseñado por Zang Auerbach, hermano de Red Auerbach, el segundo hombre más importante en la historia de la franquicia por detrás del fundador Walter Brown. El apellido de su creador lo delata y aguarda una tremenda importancia. El diseño fue rompedor. Era un Leprechaun saltando con una corona que reposaba sobre su cabeza con las letras de la NBA, en su mano derecha portaba un bastón y entre sus labios se sostenía una pipa, no sabemos si de la paz u otra sustancia misteriosa. Los años fueron exigiendo un cambio pero Boston Celtics, uno de los pocos fieles a su tradición, mantiene a ese pequeño misterioso en el epicentro de su logo.

 

 

El problema de Isaiah como la rareza en el logo tenían un denominador común, un pequeño misterioso y por ende, su altura. Con tan sólo 1,75 de estatura, eran pocos los que le veían un gran potencial. Pocos creían que tenía el físico o el manejo de equipo para ser un jugador NBA. Nº60 en el draft de 2011, el último elegido, fueron los Sacramento Kings quienes lo seleccionaron. En ese momento, ya con el telón abajo, muchos se acordaron del gran Isiah Thomas, uno de los mejores jugadores que ha pisado una cancha de la NBA. Su padre así lo apostó a su parecido y solo la madre de Isaiah fue la barrera que lo impidió, pues prefería un nombre bíblico y una vocal añadió. Había nacido una estrella.

 

King, Suns y finalmente Celtics. Nadie le supo valorar. De menos a más, el pequeño misterioso ha ido progresando a contracorriente de la opinión general pero a pasos agigantados acostumbrado a los que suele dar. Fugaz, raudo y con una zurda efectiva. Su evolución es evidente, doblando sus cifras y encontrando la estabilidad en Massachusetts. Tiene una premisa como máxima en palabras de su referencia de la infancia, Muggsy Bogues, el jugador más bajo de todos los tiempos (1,60 m) “Lo imposible no está en la altura sino en la cabeza. Confía en tu talento“.

Dicho y hecho, en un mundo de gigantes nadie ha podido parar al más pequeño de la NBA junto a Kay Felder (Cleveland Cavaliers). Está en el mejor momento de su carrera y desde abajo y de puntillas llama a la puerta de una historia gigantesca.

 

Isaiah es la viva imagen de la buena salud que muestra Boston a estas alturas de la temporada, son terceros en la Conferencia Este. Como el Leprechaun, es la piedra angular de los verdes. Su juego bien podría ser propio de la mitología Irlandesa. Siempre sonríe y luego te guiña un ojo. En definitiva, un pequeño hombre misterioso que disfrutan haciendo travesuras. Cuenta la leyenda que si alguien consigue fijar la mirada sobre un Leprechaun, éste no puede escapar, pero en el momento que parpadeas o pierdes el aliento y te despistas, no queda rastro ni huella de aquel enano. Thomas sobre el parqué viene siendo igual, clavas la mirada en él pero nunca sabes cuando se romperá esa línea de acción suspendida en el tiempo, imprevisible en lo estático, escurridizo en lo agresivo y letal en el uno contra uno.

 

Se ha convertido en uno de los grandes de la NBA. Es determinante. Pero no solo eso, es el amo del último cuarto. The King in the 4th‘ dicen en Boston. Ese último período se ha convertido en su mejor refugio, su desván, el del Leprechaun. Ese lugar donde se encuentra cómodo. Donde unos tiemblan, otros se divierten. Promedia 9,9 puntos en el último cuarto (anotación más alta desde 1996). Pero en el último mes, la estadística se dispara hasta los 12,9 tantos, con un 52,6% en tiros de campo y un 54,3% en tiros de tres. Ante Miami Heat, hizo 29 de los 35 puntos de su equipo en el último periodo – el récord de la franquicia lo poseía Larry Bird desde 1983 con 24 tantos– . Insaciable, plástico y ambicioso. Su objetivo está claro: “No me conformo, quiero ser grande“. Este año disputará en Orleans su segundo All Star, además de forma consecutiva.

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Su última puesta en escena en la madrugada del viernes te deja con la boca abierta. Tras ir ganando de 20, los Celtics se relajaron en el último cuarto y Atlanta Hawks consiguió igualar el marcador a falta de 10 segundos para el final. Justo ahí, cuando muchos se esconden bajo canasta, otros no quieren saltar al parqué, el entrenador te da la espalda y algunos de la grada prefieren no mirar de frente, el talento emerge de manera sobrenatural. Para los que el aro reduce sus dimensiones, las muñecas sudan y tiemblan y la pelota quema, hay otros que emergen. Dibujan en su cabeza recorrido, movimiento y espacio. Calculan condiciones de presión, volumen y temperatura dentro del recinto por si las moscas. Y en el habla, solo piden que la pelota acabe en sus manos. Isaiah Thomas es uno de ellos y quiso y tuvo la pelota en sus manos. Quien lo diría, el destino en 175 centímetros de altura mientras otros con unos cuantos centímetros más arriba pero no abajo se quedan atónitos ante la dimensión de aquel ‘enano’. Thomas avanza, cambio de ritmo, cambio de manos, hace perder el sentido de la orientación al rival y tira para anotar sobre la bocina. Lo necesario para ganar el partido. Sencillo para los magos. Luego sonríe y te guiña un ojo del mismo modo que aquel misterioso que luce el logo.

 

 

Ni ránkings, ni centímetros, ni traspasos. Nunca nadie midió también la dimensión de Isaiah Thomas como los 175 centímetros de talento que ostenta. Pronto firmará el gran contrato que se ha ganado y nuestra cabeza asentirá, tenía razón el ‘cabrón’,  su máxima convertida en verdad. Lo imposible no está en la altura sino en la cabeza‘ y este Thomas está chiflado.

 

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