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Illarramendi, hogar dulce hogar

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El 13 de Julio de 2013 Asier Illarramendi abandonaba la elástica que representa a los txuri-urdines. Sumando cuatro dígitos en el dorsal, se situaba frente a los flashes con una camiseta que lucía el 24, blanca y lisa, bajo un nuevo patrocinador que desembolsaría 150 millones de euros en la casa madridista. Posó junto a Florentino, acompañado de 31 amigos, que se habían hecho juntos un viaje de autobús para acompañar a su camarada.

Las lágrimas que Illarramendi derramó en su despedida con la Real reflejaron una decisión donde el corazón debe quedar en un segundo plano. Se trataba de una oportunidad que alimentaba ese hambre por crecer. En la temporada 2012-2013 Illarra firmó una actuación estelar, empezando con la Real Sociedad y terminando con la Sub-21. Deslumbró con tanta luz que el club blanco se encandiló de él, pretendiendo que, con el debido tiempo, fuera el heredero de Xabi Alonso. Una apuesta inteligente, un joven talento y un maestro del que aprender.

Sin embargo, su debut no fue en el momento esperado. Una lesión muscular le hizo saltar al terreno de juego más tarde de lo previsto.

Relevo de Alonso, o su acompañante para resguardar los mandos del juego. La exigencia de funciones, que no se asemejaban del todo a sus virtudes, le iban restando ocasiones para demostrar su calidad. En los grandes clubes el tiempo para las demostraciones se acorta. Y si no se pasa el examen, es fácil quedar relegado sin auténtica justicia.
El partido frente al Borussia en los cuartos de la Décima le sentenció. En el escenario del Signal Iduna Park se empezó a esfumar un sueño que había ilusionado a afición y jugador. De este modo, los anhelos se desvanecerían, terminando por ser una más de esas evoluciones que se estancan en el banquillo. El freno a una progresión que se auguraba como exitosa.

Tanto significó ese antes y después en la casa alemana, que a Carlo Ancelotti no le tembló el pulso para señalarle. En la final de Champions prefirió apostar por Khedira, tras volver de una larga lesión, sin darle esa segunda oportunidad que sale tan cara en los tronos del fútbol.

La siguiente temporada le siguió restando minutos. Con Kroos, que terminó siendo la ficha de cambio del tolosarra, sucesor del control y precisión, y Modric, confirmado como el rumbo y la excelencia de la conducción del balón, el banquillo fue, cada vez más, un lugar habitual para Illarra. Siendo sus apariciones cada vez más frecuentes en aquellos partidos nombrados de trámite. Recuerdo observar el cúmulo de despropósitos y constantes gritos de corrección desde la zona defensiva. Illarramendi estaba perdido. Un jugador de amplias garantías naufragando en grandes aguas.

Tras dos años volvió de nuevo a la Real Sociedad, y aunque ya en la temporada pasada pudo despuntar siendo un jugador más maduro, en la presente está destacando su nivel en los esquemas de Eusebio, siendo una pieza imprescindible de este momento dulce. Illarramendi ya ha vuelto a subir la cabeza, a encontrarse con ese jugador que dormía tímidamente. Ya se quitó ese peso de encima, el de la tensión y los millones de un fichaje cuestionado. Ha aceptado lo que no salió bien, y ha dado vía libre a ese desarrollo que se vio truncado.

La Real se encuentra en la quinta posición de la tabla, durmiendo en la zona europea. Y si la evolución sigue siendo tan favorable como la de este primer tramo, el objetivo Champions podría fijarse entre ceja y ceja de un entrenador que ha apostado por un cambio de estilo, que se asemeja al fútbol que ha venido ofreciendo el F.C. Barcelona.
No es una casualidad. Eusebio tuvo su etapa como jugador, y más tarde como entrenador del segundo equipo de la casa azulgrana. Se palpa la idea de una filosofía que se respira tanto en las primeras filas como en las que le proceden.
Entre sus presas, víctimas de la zona alta. Una victoria frente al Atlético y un empate ante el Barcelona, que confirma la continuidad de la maldición de Anoeta.

Precisamente en el partido que disputo frente al conjunto azulgrana, se observó al alza ese juego de posesión y toque, que obstruyó los ataques por las bandas y devoró la medular. Las estadísticas reflejaron la superioridad de una Real Sociedad que sacó pecho para demostrar, una vez más, la comunión por un juego que le otorga ese protagonismo al balón. Dejando la clasificación a un lado, la Real Sociedad se está etiquetando entre los mejores equipos de esta temporada, en cuanto al estilo de juego que está brindando sobre el verde.

Precisamente, también tras ese partido donde la Real acogía la visita del Barça, Illarramendi firmó una actuación que causó un impacto mediático a nivel internacional, siendo incluido en el once ideal de France Football.
Illarra ha jugado todos los minutos de La Liga, ofreciendo conducción y robo de balón. Ha creado junto a Zurutuza una sociedad perfecta. Es uno de los cuatro jugadores que ha superado la cifra de mil pases en liga. Números que afirman la clase del centrocampista, porcentajes que rozan el sobresaliente. Alumno aplicado, que destaca por aprobar con alta calificación semana tras semana. Uno de esos nombres que debería estar anotado en la libreta de Lopetegui, aquella a la que recurrir antes de volver a dar pública una lista.

Probablemente el Real Madrid se acordó de Illarramendi cuando su enfermería acudió a la zona de la medular. Quizás han sido momentos en los que se valora aquello que se perdió.

En el regreso de Illarra, el de Mutriku restó veinte dígitos en su camiseta para sumar la gran oportunidad de volver a ser fundamental. Me alegra enormemente ver ese estatus y nivel recuperado. A Illarramendi se le ve feliz. Un corazón realista que se deshizo de las preocupaciones, para reflejar el bienestar en cada movimiento que ejecuta con el esférico, y esa clarividencia asociativa.

Se le cerraron las puertas de la fama justo cuando estaba a punto de traspasar ese espacio previo a la popularidad, que engloba los máximos halagos y reportajes a doble página. Sin embargo, a veces no es necesario estar lejos para explotar. Y el caso de Illarra recuerda ese dicho que entona que, como en casa, no se está en ningún sitio.

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