Motociclismo

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Il sogno di Valentino

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Que Marc Márquez ha aterrizado al planeta tierra con procedencia de un lugar desconocido es algo sabido por todos. Y que lo hizo con la misión de arrebatar un trono del que es claro sucesor, también. A pesar de las diferencias con la figura única que representa Rossi, existen muchos símiles entre Valentino y Marc. Partiendo de que la fecha de su nacimiento se separa en 24 horas, y 14 años, claro está. El talento y los rasgos de la competitividad son los datos más relevantes de la semejanza que, desde hace un tiempo, ubicó a Marc como heredero del sillón majestuoso, que aunque hace siete años que el italiano no se sienta en él al finalizar la temporada, el mundo del aficionado sigue sintiendo que, dado a sus éxitos y spettacolo, le sigue perteneciendo aunque sea un pedazo. No es un asiento que ratifica un campeonato sino el sitial de un rey que representa la viva imagen del motociclismo.

Los números de Marc y su precocidad asombran por completo, sobretodo si se tienen en cuenta los tiempos venideros que vaticinan como seguirá relatando su historia en la pista.
Su tercer título, de cuatro posibles en la categoría reina, encabezaron los titulares del principio de semana.
Sin embargo, el momento también da lugar para componer unas letras sobre Valentino Rossi. Pongamos de fondo la melodía de Siamo solo noi para adentrarnos en el pasado que nos ha regalado un mito, y en el presente de un sueño que pareció ser inalcanzable en algunas etapas, y que en otras, estuvo a punto de materializarse.

El décimo no ha llegado. Y con el balón siempre en la cabeza, es imposible no relacionar su deseo con la ansiada décima del Real Madrid, que finalmente llegó tras 12 años. Sin embargo, Valentino ya lleva 20 años sobre los asfaltos mundialistas y sus 37 años, coqueteando con la cuarentena, predice unos años más, pero quizás no tantos para lograrlo.
El hombre que ha saboreado la victoria absoluta en nueve ocasiones, y en cuatro categorías, sigue en busca de un ansiado décimo título que sería la guinda del pastel más apetecible.

Valentino, durante la presente temporada de Moto GP | Getty

Valentino, durante la presente temporada de Moto GP | Getty

Esta temporada Valentino ha cumplido dos décadas que reúnen el recopilatorio más deseado del mercado de la goma. Un piloto que ha vivido la evolución del reglamento que transformó la categoría de 500 en MotoGP, coronándose en ambas, que acecha el récord de las 122 victorias de Agostini y que seguirá batallando este fin de semana para romper el empate de poles. Dos decenios de rectas, curvas y chicanes. De trazadas y sectores, cronos y milésimas. De puestas a punto y elecciones de neumáticos. De velocidades por encima de los 300km/h donde vuela la adrenalina. Con sonido de motores y olor a gasolina.

Todo empezaba hace veinte años en Shah Alam, con aquel niño de Graziano enfundado en un mono Dainese, subido a una Aprilia y luciendo melena bajo su AGV. Aún con los susurros que le otorgan una fecha de caducidad, no hay una despedida anunciada. A los 20 se sumarán aquellos que Valentino decida añadir. Una despedida que, la afición que le ama sin medidas, desea alargar y que su carrera sea longeva.
Durante este largo periodo Valentino ha creado su propio imperio entre los cajones del podio y el Marketing, instaurando un sello que estampa de manera global. No sólo el talento innato es razón de ello. Es la suma de su carisma y capacidades. El atractivo de su personalidad, el descaro y la seguridad del cuerpo a cuerpo, y las apuradas de frenada que le convierten en el mejor frenador, con ese peculiar gesto de sacar la pierna antes de entrar en la curva. El resultado es tan completo y perfecto como para robar el corazón a esa cifra de fans tan millonaria.
Sus particulares gags han sido la pincelada de la seducción. Algo que va más allá del wheelie, el quemar rueda y las reverencias tras la meta. Un repertorio de instantes inolvidables que transitaron por miles de sonrisas y carcajadas. Momentos con los que el motociclismo cortejaba los sentimientos de tantísimas personas. El Robin Hood de las motos, la bandera de Italia teñida en su cabeza, el pollo Osvaldo, la limpieza de la pista o la multa por exceso de velocidad. Blancanieves y los siete enanitos en el séptimo, las disculpas por el retraso del octavo o la gallina vieja que hace buen caldo en el noveno. Y por supuesto, la hazaña del sacacorchos o el homenaje que se rindieron mutuamente Valentino Rossi y Ángel Nieto, entre muchas otras celebraciones especiales. Las curiosidades que esconden su intimidad, los motivos de su nombre, de sus apodos, de su tatuaje, de las pegatinas que visten la cúpula, el carenado y el colín de su máquina, de sus míticos cascos para visitar el Mugello edición tras edición. Allí, uno de los lugares donde se desata la locura con la invasión de pista, que yo misma he presenciado. Una historia que engancha de lleno.

Tras el tropiezo en la consecución de títulos con la regularidad de Hayden, vino el primer aviso con entonación seria. Se llamaba Casey Stoner y, con su garra y la velocidad punta de su Ducati, se proclamaba campeón en 2007. Los dos siguientes años volverían a ser dulces para el italiano. Sin embargo, las advertencias dejaron de serlo para convertirse en una firme sentencia. Los años gloriosos se cambiaron al sabor amargo. Las tendencias de las banderas italianas y japonesas ya quedaron atrás. En una nueva etapa la cantera española subía con fuerza. Y como era de esperar, llegaba más fortalecida a la cima de las categorías. Sin olvidar la reiteración de la corona del australiano, Lorenzo y Márquez acapararon el resto de campeonatos hasta el día de hoy.

18 de agosto del 96, Valentino y su Aprilia | Getty

18 de agosto del 96, Valentino y su Aprilia | Getty

En Junio de 2010, una fractura de tibia y peroné enmudeció las gradas de Mugello. Se auguraba una época tormentosa, apartado de las pistas y con un regreso a ellas un tanto complejo.
La decisión de firmar por la marca italiana tampoco fue un impulso. Rossi estaba enfadado y se inclinó hacia una determinación errónea. En aquella temporada Valentino sólo se subió al cajón en una ocasión, en tercera posición.
Asumió un papel distinto, en un guión que le resultaba desconocido.

La llegada de Marc, para un piloto que es la referencia de las dos ruedas, pudo ser una pugna desde el principio, pero Valentino asumió esa nueva etapa con la aprobación y la madurez que se manifestaba en una relación de complicidad absoluta, dentro y fuera de los circuitos.
Muchos fieles aficionados de Rossi no pudieron evitar la simpatía por el pequeño de Cervera en las categorías inferiores. Y algunos cuestionaron sus deseos cuando éste último llegó a MotoGP. Pero la rivalidad no estaba al alcance de Valentino, que sería el cuarto jinete. Márquez ejecutó una llegada para enmarcar, en la cual no tuvo sombra.
Tras ese año, Vale empezó a rejuvenecer de nuevo. A vivir una segunda juventud. Apagó todas esas voces que tildaban sus días cómo los últimos. Y las disputas del reparto de metas, llegó.
Aquellos enamorados de ambos empezaron a sentir la separación.
De la diversión del rancho de Valentino a una tensión que empezó a respirarse por el pit lane. De nuevo, Rossi volvía a interpretar un papel distinto en una misma película. Esta vez se parecía más a un viejo protagonista, que ya se las tuvo con Biaggi, Gibernau y Stoner. Sin embargo, los desacuerdos con Lorenzo y Márquez ya no reflejan a ese niño travieso, sino a un hombre que es un crío cuando disfruta encima de su Yamaha. Las discrepancias se transformaron en una guerra mental. Y conocido por todos es el triste capítulo que escribió la disputa de Valentino y Marc. En el motociclismo, un deporte que podía presumir de ser sano y en el que prevalecían los valores. Donde las variopintas camisetas podían andar de la mano y sentarse juntas en pelouse, compartiendo el aperitivo de las doce.

¿Es el final del camino? | Getty

¿Es el final del camino? | Getty

A partir de allí, las motos han sufrido una brecha. Se han creado fronteras en un lugar en el que todos vivían bajo las mismas leyes. Ya no hay sonrisas para el vecino. Los pasos son rápidos, sin miradas atrás, intentando evitar saludos que ya no son de buen gusto.
Algunos medios acrecentaron el cuchicheo de la polémica. Las aficiones se colocaron también en las trincheras, cada una para defender lo suyo. Y, ¿qué sucede cuando haces guiños a ambos pilotos? ¿Cuando admiras desde sus inicios sus carreras profesionales, su manera de pilotar y sus dones? Pues que no sabes señalar con el dedo, que repartes la culpa reconociendo errores de ambas partes, que te duele en el alma algo que jamás debería haber ocurrido.

Lamentablemente, tuvo que ser nuestro querido Luis Salom quién condujera a la conciliación. De la manera más desgarradora. Con un adiós que sigue golpeando bruscamente. Un ángel que hizo firmar la paz entre ambos pilotos.
Se entregaron la cordialidad, pero nada volvió a ser lo mismo. Ya dicen, que las segundas oportunidades nunca fueron buenas. No creo que sea una afirmación que se cumpla al 100%, habrá la excepción que rompa la regla, pero en esta historia del querer, la parte posterior distó con la primera.
Con todo ello, también se avivaron las llamas entre Valentino y Jorge, aquellas que fueron origen de la combustión que nació a través de un muro que separaba el box de la marca nipona. Y hoy, siguen ardiendo.

Muchos se atreven a exponer que nada de esto habría acontecido si Valentino hubiera puesto punto final a su carrera. Que habría salido por la puerta grande, entre el bullicio de reconocimientos. Que la edad es el raciocinio para tomar la decisión.
A él, un hombre acompañado por el humo amarillo vaya donde vaya. Alguien que interpreta la moto como la mujer de su vida, la fiel compañera de un viaje que emprendes solamente con un billete de ida. Aquella con la que ejecuta parte de un ritual que empieza en el motorhome y termina con el tironcito del mono saliendo a pista, acurrucándose de cuclillas frente a su estribera derecha para susurrarle y hablarle en silencio. Aquella calma en la mudez que comprende las palabras sin ser nombradas.
El epicentro, en extensa parte, de un deporte que levanta pasiones. El tipo que conserva una sonrisa infantil cada vez que aparca su moto en el parque cerrado, mientras tú todavía estás en pie, olvidando dónde se encuentra el sofá, intentando recomponerte y notando el sudor de tus manos.

Valentino debe vigilar. El décimo también es una trampa que lleva tiempo persiguiéndole. Aquella obsesión en boca de todos que desmerece la antigüedad y la vitrina. El reto que le hizo tomar un semblante más juvenil y una persistencia tan firme, que se mezcló con una ambición obcecada. Los rossistas desean el número diez tanto como él, pero no es necesario para que le sientan una parte de ellos eternamente. Nadie puede hacer creer que no conseguirlo es una decepción o el final de una carrera triste, porque nueve campeonatos y las masas que lo han vivido con júbilo no es algo alcanzable para cualquiera.
La escena de Motegi finaliza otro campeonato más que se escapa. Éste con más rotundidad. Quizás la oportunidad estuvo en aquél que sintió arrebatado. En ese embrollo que empezó en el mismo escenario de este fin de semana. Phillip Island, donde las gaviotas también quieren rodar. Quizás el destino guarda otra.
El doctor, apodado así por él mismo, debido a la frecuencia de doctores italianos con su apellido, debe buscar la prescripción del tratamiento que cure las heridas. Pues no habría nada más doloroso que Valentino dejara de divertirse. Al fin y al cabo, esa es la única razón que puede asignar una fecha de extinción. Y muchos, desean aludir ese momento. Porque pilotos habrán y vendrán, pero con todos los debidos respetos, será difícil que alguno reúna tantos aspectos para escribir más de veinte años en un deporte, abriendo gas en tantas vidas.

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