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Icardi, proyecto de gran delantero y actor de vodevil

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Joel SIERRA Los dos goles de Mauro Icardi en la última jornada sirvieron, por un lado, para ayudar decisivamente al Inter a conseguir la victoria después de un mes de competición sin ganar y, por otro, como muestrario de lo mejor de sus características. En el primero, capacidad de remate y finalización. En el segundo, el olfato oportunista de un ratón de área. Sin embargo, el protagonismo principal del nueve nerazzurro sigue estando envuelto en papel cuché.

Tanto su relación con la ex mujer de Maxi López -el culebrón del momento en Italia- como la batalla dialéctica que lidia con el jugador blucerchiato, con pullas constantes a través de las redes sociales por parte del interista, generan una cadena de polémicas banal y altisonante que ensombrece tristemente su fantástico estado de forma vigente.

Icardi, con suma superioridad, se llevó el duelo del morbo pero no ha sabido ser el vencedor ni en el césped ni fuera de él. Su mano tendida de forma hipócrita, sus provocadoras celebraciones en Marassi ante la que fue su afición el curso anterior, la foto en su cuenta de twitter en la que se mofa directamente de su antiguo compañero y amigo haciendo la forma de unos cuernos con su mano. Evidencias de una total falta de elegancia y de una inmadurez galopante de las que no parece dispuesto a desprenderse.

A sus 21 años, Icardi todavía tiene tiempo por delante para corregir el cariz rosáceo que ha adquirido su carrera pero corre el riesgo de convertirse en un calciatore baladí y superficial, como lo son las noticias sobre su vida sentimental, enfatizada y trasladada sin rubor por él mismo incluso hasta el terreno de juego. A día de hoy, el joven argentino es más personaje del corazón que jugador de fútbol y corre el serio riesgo de desperdiciar sus excelentes condiciones y una notable proyección en el epicentro de un lío de faldas convulso y generador de demasiada contaminación mediática para un chico que sólo es un proyecto de gran delantero.


Mauro Icardi y Wanda Nara | Getty Images

Al otro lado de Milán, tiene un ejemplo perfecto de enorme talento desaprovechado por una existencia desordenada fuera de los estadios mientras que, por el contrario, en su propio equipo cuenta con el espejo de varios compatriotas profesionales intachables, empezando por el gran capitán Javier Zanetti. Sólo el propio Icardi decidirá en quién fijarse pero alguien en el Inter -si es que piensan en Mauro como su futura punta de lanza- debería tratar de ayudarle a encauzar esa imagen trivial de actor principal de una telenovela semanal totalmente ajena a su profesión, que lo conduce inexorablemente a acaparar más flashes por parte de la prensa rosa que portadas de diarios deportivos, pese a que éstos estén también cada vez más inundados por el chisme y el cotilleo.

El atacante interista tiene su hábitat natural dentro del perímetro del área rival y la red como único destino. Es allí donde, verdaderamente, sabe desenvolverse como pocos aunque se empeñe en relegarlo a un segundo plano. Tanto es así que en apenas un mes y medio, ha convencido a su técnico a base de goles, desplazando al banquillo a todo un referente del club como es Diego Milito y ganándose la titularidad a pulso.

A sólo dos tantos de alcanzar su mejor registro de la pasada temporada en la Sampdoria, Icardi ha jugado ocho partidos como titular, ha marcado el mismo número de goles y ha participado en cinco de los últimos nueve tantos de su equipo, con cuatro dianas y una asistencia. Su excelente nivel actual y su facilidad para ver puerta son motivos suficientes para ser, al menos, tenido en cuenta de cara al Mundial por parte de Sabella, quien ya le hizo debutar en octubre pasado.

Máximo anhelo para un futbolista que, de momento, prefiere las escenas de vodevil barato y zafio antes que el crecimiento, el triunfo y el bienestar deportivo. “Si Mauro consigue controlar sus excesos puede ser un gran delantero”, ha declarado Walter Mazzarri. Convertir ese si condicional en un sí afirmativo, es tarea exclusiva de Icardi. Siempre que su vida personal y su cabeza -bien o mal amueblada- se lo permitan.

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