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Iago Aspas, O capitán incomprendido

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“He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: lo esencial es invisible para los ojos, solo se puede ver bien con el corazón”, decía un sabio zorro de una de las obras maestras en la historia de la literatura. Inconcebible una moraleja mejor que ésta para describir la carrera de Iago Aspas Juncal.

Vinculado al Celta de Vigo desde los 9 años, Iago Aspas debutó con el primer equipo celeste en el año 2008. No obstante , su estreno en el estadio de Balaídos tuvo que esperar hasta el 7 de junio de 2009. Su primera gran noche en casa, donde siempre soñó con jugar y en la que se ganó el cariño de la afición celtiña para siempre. Restaban tres jornadas para el final de temporada y el Celta jugaba contra el Alavés un partido en el que mucho más que tres puntos estaban en juego.

La situación económica del club vigués ponía en serio riesgo su supervivencia si no lograba mantener la categoría. La diferencia de ingresos entre un equipo de Segunda División y otro de Segunda “B” no tiene comparación. Era una final. El Alavés estaba siendo superior y el entrenador del Celta, Eusebio Sacristán, dio entrada a un joven delantero de 22 años llamado Iago Aspas.

Rondaba el minuto 80 cuando un centro lateral desembocó en la cabeza del moañés para adelantar a su equipo, pero un posterior error defensivo permitió que los visitantes igualasen la contienda. Y fue de nuevo el debutante, en el tiempo de descuento, quien marcó el segundo gol para sellar la permanencia y desatar el delirio de todo Vigo.  “Aún no me dí cuenta de lo que ha pasado”. Esas fueron las palabras de un imberbe muchacho que, sin saberlo, había salvado a un equipo que no hacía mucho jugaba la Champions League.

Vigo tenía un diamante por pulir y la afición lo sabía. El rol de Iago Aspas derivó de promesa a realidad en pocos años; anotó 23 goles en la liga 2011-12 vitales para que el Celta ascendiese a Primera División y 12 tantos la temporada venidera que valieron una salvación in extremis. El niño de Moaña que soñaba con jugar en Balaídos algún dia, no solo lo había cumplido; sino que se erigió la estrella del equipo, el ‘10’, la referencia, el capitán del barco.

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Un capitán incomprendido. Hay trenes -barcos, que es más ideal en esta metáfora- que solo pasan una vez y el navío que atracó en Vigo para llevarse a Iago portaba a Steven Gerrard y Luis Suárez al timón y tenía la Champions en el horizonte. Era imposible negarse a semejante oportunidad. Entre lágrimas y con la piel de gallina, Iago decía adiós al equipo de sus amores, a toda una vida en el Celta, un momento feliz pero complicado. Solo tuvo alabras de gratitud en su adiós aunque quién sabe si en su mente tan solo era un hasta luego. Yo, francamente, pienso que sí.

Y ahora llega la parte de la historia que me hubiera gustado no tener que contar nunca. Hasta en la más feliz de las películas de Disney, la trama torna a trágica hasta que el héroe resuelve la situación. Especialmente me duele como aficionado Red, pero Liverpool no fue the place to be. Un héroe incomprendido, como ya hemos mencionado. ¿Por qué? Porque fuiste injustamente tratado y valorado. No mereciste jugar tan poco, no mereciste hacer tan pocos goles y no mereciste ser duramente criticado. Y luego Sevilla. De nuevo la misma historia, la maldita misma historia.

Yo te admiro, Iago. Como profesional nunca te quejaste, nunca te creíste más que un compañero y nunca dedicaste un mal gesto o una mala palabra. Excepto un día en Sevilla. Sí, se que tus actuaciones merecían más minutos, que respondiste con goles cuando pudiste, que peleabas cada entrenamiento y que Unai Emery no te recompenso, que echabas de menos la tierriña y que fueron dos años muy duros. Y aquel día me dolió especialmente como admirador. No debiste dejar aflorar tu frustración, aquella imagen que proyectaste en el banquillo del Sánchez Pizjuán no eras tú, aunque eso es muy fácil decirlo sentado delante de una pantalla con un café y no a 180 pulsaciones.

Pero recuerda ‘El Principito’, siempre tiene la respuesta correcta: lo esencial solo se puede ver con el corazón; y quien no supo valorarte, quien te criticó y quien se burló de ti solo es capaz de utilizar los ojos. Ahora todo ha pasado. Estás en casa otra vez, vuelves a jugar, hacer goles, demostrar la categoría de futbolista que eres y callar esas voces. Y lo más importante, vuelves a ser feliz. Porque podrías ganar más dinero en otro equipo, seguramente, pero eso sería utilizar los ojos y tú no eres así. Tú amas al Celta, tú eres capaz de ver con el corazón. Recuerda también la cita del maestro Antoine de Saint-Exupéry, que siempre tiene la respuesta como ya te he dicho, -a través del sabio zorro-: “Es el tiempo que has pasado con tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante”. Tu rosa es el Celta de Vigo. Y nada más debe importar.

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