Fútbol alemán

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HSV, el sufrimiento de la promoción

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Ya han pasado más de 72 horas, así que con el alma ya bastante reposada decido ponerme a escribir sobre las sensaciones experimentadas durante la eliminatoria de Promoción disputada por el Hamburger SV ante el Karlsruher SC. Complicada tarea, sin duda. Describir emociones nunca ha sido mi fuerte, quizás porque casi siempre las mismas forman parte de un círculo íntimo que prefiero guardarme para mí mismo. Y si por medio está el HSV, con más razón si cabe. Decía Jorge Valdano algo así como que “el fútbol es un estado de ánimo”, y pocas definiciones sobre el deporte rey hay que reflejen mejor una parte importante de mi personalidad. Si, amigos: el HSV condiciona mi estado de ánimo de una manera inimaginable. Los que me conocen lo saben perfectamente. ¡Vaya que sí!

En el fútbol se pasa mal cuando tu equipo lucha por un objetivo ambicioso, y no digamos nada si disputa una Final de una competición prestigiosa. Pero es un sufrimiento salpicado de ilusión. Lo uno mitiga en parte lo otro. Tampoco se pasa mejor cuando el Club de tus amores se debate entre la permanencia y el descenso durante toda una temporada. En ese caso, uno con cierta frecuencia tiene tiempo de ir haciéndose a la idea de un posible desenlace fatal. Sin embargo, resulta bastante más complicado describir la tensión con la que se vive una eliminatoria a doble partido en la que te lo juegas todo. Al respecto, Bruno Labbadia -técnico del HSV- dijo que “la Promoción es una mierda”. Complicado añadir nada más.

Tras la experiencia sufrida la pasada campaña con el HSV jugándose la permanencia en 180 minutos frente al Greuther Fürth, ya uno pensaba que lo peor para los hanseáticos había quedado atrás y que aquello no se volvería a repetir. Lo pasé tan mal que, aunque tengo grabados ambos partidos, nunca he sido capaz de sentarme a verlos de nuevo.  Y hete aquí que, cuando uno albergaba la ilusión de disfrutar de un HSV renovado y compitiendo en la zona noble de la clasificación, otra temporada nefasta nos conduce a revivir nuevamente aquellos angustiosos momentos. Si les soy sincero, yo ya estaba hecho a la idea, semanas atrás, de que el HSV se iría irremisiblemente a la 2.Liga, incluso trataba de entresacar lo de positivo que esa circunstancia pudiese tener. Pero la alineación de los astros y la mano de Labbadia –¡un monumento para este hombre ya!- obraron el milagro de alcanzar, como mal menor, la disputa de la Promoción. O sea, que pasas de sufrir durante meses a finalmente aceptar la realidad de lo que parece inevitable, para de repente volverte a ilusionar, y cómo es lógico, llegas a pensar entonces que un descenso en estas inesperadas circunstancias ya sería el doble de duro asimilarlo.

¿Y cómo se vive la Promoción? Pues en mi caso, la ansiedad en un primer momento me lleva a visionar partidos del rival, en este caso el Karlsruher SC, para familiarizarme con sus jugadores y poder contrastarlos con los de mi equipo: me fijo en las características de su estadio, por ejemplo en si la gente está muy encima del terreno de juego, y también en cómo juegan, en cuáles han sido sus resultados de la temporada… Es como si cualquiera de los datos que alimentan en esos instantes mi curiosidad ayudara a incrementar la confianza en el HSV. Y ese acontecimiento se mete en tu cabeza y polariza todos tus momentos: mientras te fumas un pitillo en la terraza visionas mentalmente el partido de ida. Y te vas a la cama y haces lo mismo. Y poco a poco te vas convenciendo de que la cosa está medio hecha, aunque en el fondo tampoco sabes si la ansiedad está engañando a tu subconsciente.

De esta manera llegamos al partido de ida, jugado en el Imtech Arena. Desde primera hora te metes en la dinámica del mismo: lees la prensa, los comentarios por Twitter, ves las imágenes de los seguidores del HSV marchando hacia el estadio y recibiendo al equipo en olor de multitud, te llegan montones de whatsapps de ánimo de la gente que te quiere… Sí, está claro que hoy ganamos y que con un poco de suerte, cerramos la eliminatoria, piensas para tus adentros. Pero nada de eso sucede. Nada más empezar el partido Hennings caza un gran disparo desde la frontal y hace el 0-1. El KSC se adueña del partido, tiene el balón, juega con soltura, crea ocasiones, Nazarov pega dos largueros en medio minuto… Buuufff, no hay nada que hacer. Estamos muertos. El HSV no está jugando a nada, la ansiedad y el rival se lo están comiendo. Y otra vez asumes el descenso como una realidad irreversible. De repente Ilicevic controla un balón en carrera y lo manda dentro. El corazón se te dispara y ves el 1-1 como un buen resultado, visto lo visto. La esperanza se mantiene viva.

Cuatro días más tarde toca visitar Karlsruhe para jugarnos el ser o no ser en 90 minutos. Oh, vaya… Han cambiado la hora del partido por motivos de seguridad, y encima se juega un lunes, el día en que también trabajo de tarde. Seguramente no podré ver el partido, pienso. ¡El partido más importante en 30 años y no voy a poder verlo! La cosa ya no puede ir a peor. Trato de convencerme a mí mismo de que tal vez sea lo mejor: trabajar, no verlo y no sufrir…; mantener la mente distraída en otras cosas. Difícil de creer para alguien que en los últimos 28 o 29 años apenas ha dejado de seguir 2 o 3 partidos del HSV. Y claro, esta vez, finalmente, no iba a ser menos. Me encierro en mi despacho, pongo un streamming del partido y, mientras hago otras cosas, voy echándole un ojo a lo que sucede en el Wildparkstadion… Veo que el HSV está jugando bien y que tiene el partido bajo control, así que la tensión es menor de lo que esperaba. Mantengo dos o tres reuniones, redacto unos documentos y la primera parte del choque se me marcha volando.

En la reanudación, más de lo mismo, pero a medida que pasan los minutos y el anhelado gol no termina de llegar, comienza a aparecer la ansiedad. El tanto de Yabo para el KSC no supone un golpe especialmente duro. Seguimos necesitando marcar para seguir vivos y en eso hay que centrarse. Lasogga pierde dos o tres ocasiones claras, una de ellas repelida por el poste; un cabezazo de Djourou lo salva Gulde bajo palos, y poco después el testarazo de Cleber termina saliendo fuera con toda la portería a su favor… No queda tiempo. Comienzo a resignarme. Otra vez. En esas Rajkovic caza un rechace en la frontal, el balón pega en el codo de un defensor y el árbitro decreta falta en la media luna del área grande. Este año el HSV no ha metido ni un solo gol de falta, así que tampoco es para ilusionarse en exceso, pero no contaba con el Chelo Díaz. El chileno se salta la cadena de mando que dictaba que Rafa van der Vaart era el encargado de golpear esa pelota, y de forma magistral salva la barrera y la manda al fondo de la portería de Orlishausen. Levanto los brazos y el móvil sale despedido. No me importa. ¡Hemos marcado!

Termina el tiempo reglamentario y me surge otro problema. Habrá prórroga y justo en ese instante acaba mi jornada laboral. Recojo sobre la marcha y me apresuro a llegar a casa, pero son mínimo diez minutos a pie, así que voy por la calle a paso ligero y sin dejar de mirar Twitter. Los nervios me comen. Una señora hace ademán de pararme pero la dejo casi con la palabra en la boca. Por fin llego a casa, pongo la tele y veo que siguen 1-1. Ni unos ni otros arriesgan, así que empiezo a mentalizarme para los penaltis. Mi mente comienza a procesar datos: Rafa seguro que lo mete, Djourou los tira muy bien, Stieber lo mismo, Díaz no le pega nada mal, Adler creo que puede parar uno o dos… Buuufff… ¡Jugarte la vida desde los once metros es otra crueldad!

Por un momento me parece ver que Cleber está jugando de segundo delantero pero con los nervios no le doy importancia. En esas, jugadón de Stieber en la frontal del área dejando por el camino a un par de rivales, toca su izquierda para Cleber y este la mete rasa en el área pequeña para que Nico Müller le robe la cartera a la zaga local y la empuje casi a puerta vacía… Solo acierto a gritar un ¡TOMAAAAAAA! Levanto los brazos. El corazón me late a 180 pulsaciones. Casi no acierto ni a publicar la noticia en la cuenta de HSVsphera. Ese gol está a la altura del de Magath en Atenas, del de Lasogga en Fürth, de aquel de Rolff en Gelsenkirchen que nos dio la Bundesliga en 1983, de uno de Trochowski en Frankfurt creo recordar que en 2009… Es curioso, pero en esas situaciones límite mi cerebro es como un ordenador; es como si de repente afloraran todas las situaciones en las que he vivido sensaciones similares.

Y se acaba el partido. Casi ni me he dado cuenta de que Adler ha detenido un penalti en el minuto 122. Al final tenía yo razón y René paró una pena máxima. Empiezo a leer que el HSV no tiene nada que celebrar. Quienes escriben eso ni viven, ni sienten ni padecen. Sé que había mucha gente deseando nuestro descenso. El morbo tiene esas cosas. ¡Cuántos artículos ya listos para publicar se habrán quedado sin ver la luz! Pero para mí es como si hubiésemos ganado la mismísima Champions League. Es imposible que los seguidores de la Juve o del Barça se puedan sentir más felices si ganan la orejona el próximo sábado. Y es que el que no haya vivido jamás el drama de una Promoción, y yo ya lo he hecho en dos temporadas consecutivas, no se imagina el dramatismo que encierran estos partidos. Ni por asomo.

Ya les dije al principio que no era fácil escribir sobre estas cuestiones, así que más que por los aspectos formales, me he dejado llevar por los sentimientos. Hoy, tres días después de aquello, puedo decir que de repente me ha invadido una gran calma. Veo incluso la vida con más optimismo. Mi mundo sigue en su sitio. Se acabó lo de leer y escuchar por todos lados y a todas horas la misma retahíla de tópicos: que si el reloj del HSV se iba a parar, que si era el único equipo que nunca había jugado en Segunda División… ¡Cansado me tenían ya!. Incluso, tal vez tonto de mí, empiezo a ilusionarme con que la próxima temporada todo irá mejor y que no pasaremos estos apuros, e incluso que podemos dar guerra por ocupar una plaza de competición europea, o que tal vez… En fin, lo que se dice soñar despierto. Eso si, pase lo que pase mientras viva, lo que nunca será de Primera o de Segunda División es mi amor por el HSV, aunque últimamente me cueste un poco la salud.

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