Fútbol alemán

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HSV: 127 años con el rombo en el pecho

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Aunque soy aficionado del Hamburgo desde hace ya más de 37 años, no resulta nada sencillo condensar más de un siglo en lo que pretende ser un modesto artículo sobre un club de fútbol, y seguramente para muchos un club más…

La historia del Hamburgo está ligada más a la misma historia del deporte rey que a una fecha de nacimiento. Es el diario de una mágica noche griega, de un remate lejano y sorprendente que describe una parábola diabólica y, en definitiva, la culminación de un proceso que encumbró al HSV como el equipo más grande del panorama europeo, por no decir también que mundial. Hablo de Atenas, de un Hamburgo-Juventus y de Felix Magath. Era el 25 de mayo de 1983, pero sobre todo, era la final de la Copa de Europa.

Sin embargo, un triunfo de ese calibre no se talló de casualidad. Es necesario bucear un poco en el baúl de los recuerdos para caer en la cuenta de que muchos años atrás ya otros habían comenzado a cincelar un bloque de mármol al que un genio como Ernst Happel terminó de dar los últimos golpes antes de convertirlo en una obra de arte imperecedera al paso del tiempo.

Los orígenes

Podría decirse que el HSV es un club que nació después de dos partos. O mejor, tras un parto complicado y múltiple. Para los amantes de los álbumes genealógicos todo comenzó un 29 de septiembre de 1887 con el ‘matrimonio’ entre el Hohenfelder Sports Club y el Wandsbeck Maruienthaler. De esa pareja vino al mundo el Sport-Club Germania, una sociedad polideportiva abierta tanto a extranjeros como a alemanes y que, a su vez, el 1 de junio de 1919, se fusionaría con el Hamburg SC y el FC Falke 1906 dando vida al Hamburger Sport Verein (HSV). El Hamburgo de ayer, de hoy y de siempre.

De eso han pasado ya 127 años, lo que hace de este club la más antigua sociedad futbolística de Alemania junto con el 1860 München.

En aquellos días emergieron también las señas de identidad de una población orgullosa y autárquica que defendía a ultranza los valores surgidos en la propia ciudad y en su amplia periferia. Tanto es así que, durante muchos años, el club no permitió la entrada de jugadores procedentes de otras regiones del país. El Hamburgo constituía un equipo equiparable a lo que en la actualidad sería el Athletic de Bilbao. Sin embargo, hoy aquello ya no es más que un bello recuerdo. El romanticismo se terminó hace ya varias décadas.

Con todo, aquella filosofía no le fue tan mal. Más bien al contrario. A los tres años de crearse, el HSV ya estaba luchando por su primer título de liga ante el poderoso Nürnberg. Aquella final de 1922 ha quedado en los anales por el curioso desarrollo de la misma. El 18 de junio ambos equipos se enfrentaron en Berlín y jugaron hasta que ya no hubo luz natural, un total de 189 minutos, ya que el 2-2 obligó a disputar un tiempo suplementario. El 6 de agosto las dos escuadras volvieron a encontrarse, esta vez en Leipzig, y de nuevo la igualdad en el marcador (1-1) hizo necesaria una prórroga de 112 minutos. Las expulsiones y los lesionados habían dejado al Nürnberg con solo siete jugadores, por lo que el partido se suspendió.

El Hamburgo reclamó el título de campeón, pero la poderosa federación bávara amenazó con provocar un cisma en el fútbol alemán si no había un tercer partido, que en este caso debía disputarse en Jena. El orgulloso HSV se negó a jugar, por lo que finalmente ambos clubes terminaron repartiéndose el honor de ser campeones aquel año. Por suerte, solo sería necesario esperar un año para materializar aquel sueño: el 10 de junio de 1923: los tres goles anotados por Schneider, Breuel y Harder ante el Unión Oberschoenwiede llevaron al Hamburgo a levantar el primer trofeo liguero de su historia.

Otto Harder era la estrella de aquel equipo. Conocido como “Tull” en homenaje a un famoso delantero mulato del Tottenham, fue máximo goleador del fútbol alemán en 1922, 1923 y 1928. Formidable delantero de área, Harder debutó en 1914 con la selección absoluta anotando 14 goles en sus 15 partidos internacionales. Con el HSV volvería a ser decisivo en el segundo campeonato del cuadro hanseático, que llegaría en 1928 tras golear por 5-2 al Hertha de Berlín, al marcar un nuevo gol en la final. Era la consagración definitiva de un equipo que solo se nutría de jugadores formados en sus categorías inferiores.

Sin embargo, poco a poco el Hamburgo fue perdiendo fuerza, convulsionado por los difíciles años de pre-guerra y post-guerra que se vivían en Alemania. El club cae en manos de una burguesía emergente y sin escrúpulos, perdiendo su identidad fundacional. Durante tres décadas sigue dejando patente su dominio a nivel regional en la Oberliga Nord, donde logra un sinfín de campeonatos, pero a la hora de pelear por el título nacional termina cayendo siempre a las primeras de cambio ante conjuntos de menor importancia. Y eso que a principios de los 50 ya contaba en sus filas con dos campeones del mundo, los defensas Fritz Laband y Josef Posipal, este último de origen rumano.

La leyenda de Uwe Seeler

Como curiosidad, indicar que el Hamburgo fue el primer equipo alemán en ser invitado a jugar en los Estados Unidos. En 1950 llevó a cabo una gira de seis partidos amistosos que se saldó con otras tantas victorias. Un año después, Herbert Woitkowiak sorprendió a todos marcando nada menos que 40 goles en esa temporada. Pero el momento más señalado estaba por llegar: el 5 de agosto de 1953, un adolescente que no había cumplido aún los 17 años debuta como titular ante el Göttingen. Se trata de Uwe Seeler. Delantero de verdad, dotado de una derecha fulminante, su capacidad para realizar remates acrobáticos y echarse el equipo a sus espaldas llama la atención de todos. Uwe Seeler se convertirá en un raro ejemplo de dedicación y fidelidad al equipo de sus amores. Su padre, Erwin Seeler, ya había jugado más de 200 partidos con el HSV hasta 1949, mientras que en sus inicios coincidió en el campo con su hermano Dieter, pieza básica en el centro del campo hasta que una lesión le obligara a retirarse antes de cumplir los 30 años. Con Uwe el cuadro hanseático iniciará una nueva era exitosa.

En 1960, nada menos que 32 años después, el Hamburgo se impone al 1.FC Köln por 3-2 y recupera el cetro del fútbol alemán. Uwe Seeler fue el hombre fundamental al marcar dos de los tres tantos. En aquel equipo, siete de los once titulares se habían criado en la cantera del club.

Ese campeonato permitió al HSV debutar en la Copa de Europa, donde realizó un papel destacado tras caer de forma ajustada en semifinales ante el potente FC Barcelona de Kubala, Suárez, Kocsis o Czibor. Un postrero tanto de Kocsis en Hamburgo terminó forzando un partido de desempate que acabaría por clasificar a los catalanes. Por suerte, y como dicen los argentinos, el fútbol siempre da revancha: tres años más tarde, esta vez en el marco de la Recopa, el Hamburgo se ‘vengó’ eliminando al Barcelona tras empatar 4-4 en el Camp Nou y rematar la faena en su estadio con un emocionante 3-2. De los siete goles anotados por su equipo en esa eliminatoria de octavos, Uwe Seeler marcó cuatro.

Y aquí queremos hacer un inciso que habla bien a las claras acerca de lo que hoy significa Uwe Seeler para el HSV. En 1961 el Inter de Milán se empeñó en ficharle a toda costa y para ello le hizo llegar al jugador una mareante oferta de 1,2 millones de marcos, una verdadera fortuna para la época. Uwe debía debatirse entre los colores que le habían visto crecer y el dinero de los italianos. Durante días, los seguidores del equipo, la prensa y hasta destacados miembros de la clase política le imploraron que se quedara. El momento decisivo se produjo cuando un teólogo de la ciudad, Helmut Thielicke, hizo un llamamiento público a Seeler: “Te queremos. No te vayas”.

Inesperadamente, igual que las aguas del Mar Rojo se abrieron al paso de Moisés, todas las dudas y las tentaciones se desvanecieron. Desde entonces ya sería para siempre “Uns Uwe”, nuestro Uwe.

El 11 de junio de 1963 nace la Bundesliga y, como no podía ser menos, el Hamburgo se encuentra entre los dieciséis socios fundadores. Desde aquel entonces hasta nuestros días sigue siendo el único club alemán que siempre ha militado en la máxima categoría. Además, aquel mismo año logra ganar la DFB Pokal tras golear por 3-0 al Borsussia Dortmund con un triplete –cómo no- de Uwe Seeler. En 1967 el Hamburgo vuelve a disputar la Recopa como subcampeón copero (cayó por 4-0 ante el Bayern München) y a punto está de dar la sorpresa al plantarse en la gran final contra todo pronóstico. Sin embargo, en Rotterdam le espera nada menos que el AC Milan y las previsiones se cumplen al ceder por 2-0 con tantos del sueco Hamrin. De esa manera se cierra una década y se abre otra de manera bien distinta. El 1 de mayo de 1972 un Volksparkstadion a reventar despide con un atronador “Danke” al mito, a la leyenda, al símbolo. Al JUGADOR, con mayúsculas. Más que por sus títulos y por sus goles, por todo lo que había representado para el club y para la propia selección alemana.

Gente que va, gente que viene

El arranque de la década de los 70 supone de nuevo una vuelta a las andadas. Sin grandes figuras en sus filas, el HSV sobrevive en la liga y se conforma con participar regularmente en la Copa de Ferias. Su mayor “éxito”, si así se le puede llamar, fue llegar hasta las semifinales en la temporada 75-76, donde un emergente Brujas le devolvió a la realidad. En otro orden de cosas, y casi a la par que se retiraba Uwe Seeler, llegaba al club un joven flacucho y barbilampiño que estaba destinado a dejar una profunda huella: se trataba de Manfred Kaltz, lateral derecho de enorme proyección ofensiva. También comenzaba a despuntar un tal Felix Magath, brillante centrocampista que poco después se iba a convertir en el director de la orquesta hanseática.

En 1976 vuelven a saborearse las mieles del éxito. Aquel año el Hamburgo gana por segunda vez la DFB Pokal tras derrotar en Frankfurt por 2-0 al Kaiserslautern con los tantos de Nogly y Björnmose. En esos años accede a la presidencia del club el visionario Peter Krohn y comienzan a ponerse los cimientos de lo que será la verdadera época dorada del HSV. El título copero le permitió afrontar su tercera participación en la Recopa. Y a la tercera fue la vencida. El 11 de mayo de 1977, y tras sufrir una sola derrota en toda la competición (3-1 en semifinales ante el Atlético de Madrid en el Vicente Calderón), se impuso en Amsterdam al Anderlecht belga, que defendía su título aquella noche, merced a los goles de Volkert y Magath. Era el primer entorchado continental.

Ese logro supuso todo un estímulo para el Hamburgo. El presidente Krohn decide entonces tirar la casa por la ventana y ficha al delantero inglés Kevin Keegan, que venía de ser campeón de Europa con el Liverpool. Además, contrata a Günther Netzer como general manager, y Branko Zebec se convierte en el técnico. El póker de ases lo completa Horst Hrubesch, un delantero tosco con el balón en los pies pero demoledor en el juego aéreo. Así, pieza a pieza, va gestándose lo que será el más grande HSV conocido hasta el momento.

Tras una temporada aciaga, en la que fue eliminado de la Recopa y ni siquiera logró clasificarse para jugar competición europea al año siguiente, por fin en 1979 el Hamburgo vio realizado nuevamente su sueño de ser campeón. Diecinueve años después volvía a erigirse como el mejor equipo de Alemania. En la última jornada, y con el equipo ya campeón desde una semana antes, muchos seguidores hanseáticos no dudaron en invadir el césped del Volksparkstadion para festejar el título; 71 de ellos resultaron heridos, algunos de cierta gravedad.

El triunfo permitía al Hamburgo regresar a la Copa de Europa, competición en la que partía como uno de los favoritos. Tras eliminar a Valur de Reikjavik, Dinamo Tbilissi y Hajduk Split se plantó en semifinales ante el Real Madrid. En el choque de ida, disputado en el Santiago Bernabéu, los madrileños cobraron una ventaja de dos goles, ambos marcados por Santillana. Esa noche pasó a la historia como la del marcaje de Pérez García a Kevin Keegan, quien fue anulado por completo. Sin embargo, en Alemania la historia fue completamente diferente. En una noche memorable, el HSV destrozó a los blancos por 5-1 con dos goles de Hrubesch, otros dos de Kaltz y uno de Memering. Desgraciadamente, un solitario tanto del escocés John Robertson decidió semanas más tarde la final a favor del vigente campeón Nottingham Forest…

Y llegados a este momento, no podemos dejar pasar uno de los capítulos más trascendentales de la historia del HSV. La presidencia del club había quedado en manos de Wolfgang Klein, personaje bizarro y megalómano que en noviembre de 1980 consigue repatriar nada menos que al mítico Franz Beckenbauer tras su periplo en el Cosmos neoyorkino. El “Kaiser”, jugar lo que se dice jugar, jugó poco, pero por contra transformó al Hamburgo en todo un fenómeno mediático.

Cuando fuimos los mejores

Los problemas con el alcohol, cada vez más evidentes, acabaron costándole el puesto al técnico Branko Zebec, un tipo adorado como pocos tanto por sus jugadores como por los aficionados. Sin embargo, su marcha permitió que se cerrara el círculo con la llegada del austriaco Ernst Happel, llamado a perfeccionar la máquina hanseática. Happel, considerado por no pocos como el entrenador más brillante y creativo del pasado siglo tras Helenio Herrera, retoca el equipo, afina la táctica, eleva el nivel de exigencia y se adapta a las circunstancias. Si con el Feyenoord fue capaz de copiar el vistoso estilo del Ajax, al frente del HSV levantó una verdadera muralla para los rivales.

En 1982 el conjunto hanseático vuelve a hacerse con el poder en Alemania al ganar la Bundesliga con tres puntos de ventaja sobre el 1.FC Köln. Además, el delantero Horst Hrubesch se erige como el máximo goleador del campeonato al sumar 27 tantos. En Europa las cosas tampoco van mal, ya que el HSV se planta en la final de la Copa de la UEFA, en la que era favorito ante el semidesconocido IFK Göteborg de un tal Sven Göran Eriksson. Los suecos se adaptaron mejor a la lluvia y al barro, ganando con mucha fortuna por 1-0 en el choque de ida, mientras que en Hamburgo supieron aprovechar los alocados ataques locales para destrozarles a la contra (0-3).

Nos plantamos así en el glorioso 1983. De la mano de Happel, el HSV disputaba por tercera vez a la Copa de Europa. Tras eliminar sucesivamente al Dynamo de Berlín, al Olympiakos griego, al Dinamo de Kiev y a la Real Sociedad, alcanzaba nuevamente en la gran final. El rival y gran favorito era la todopoderosa Juventus de Turín. El Hamburgo no contaba con grandes estrellas, pero sí con hombres de enorme amor propio. Y Kaltz, Jakobs, Magath o Hrubesch tampoco eran malos jugadores. Eso sí, juntos formaban un gran grupo, un equipo de verdad. Aquella noche ateniense Happel colocó a Rolff sobre Platini, al que anuló por completo. Tácticamente se comió a Trappatoni ern cada decisión que tomó. La férrea disciplina de su equipo y el golazo de Magath a los ocho minutos, escapándose de Bettega y Scierea antes de batir a Zoff con un disparo por alto, hicieron el resto. El Hamburgo era campeón de Europa.

Por si fuera poco, y sin casi tiempo para digerir semejante logro, unos días más tarde llegaba el tercer título de la Bundesliga tras ganar en Gelsenkirchen al Schalke 04 por 1-2 con un tanto de Wolfgang Rolff en el tramo final del encuentro. Era imposible asimilar tanta alegría en tan poco tiempo. En esos cuatro días el HSV experimentó lo que podría definirse como “morir de felicidad”…

La travesía en el desierto

Pero los años de gloria dieron paso pronto a casi tres décadas en los que el popular club del norte de Alemania nunca logró volver a ser el mismo. Tras el espectacular doblete de 1983, y como si de una negra premonición se tratara, el HSV dejó escapar las finales de la Supercopa de Europa (ante el Aberdeen) y de la Copa Intercontinental (derrota en Tokio por 2-1 ante el Gremio), mientras que en 1984 el título de la Bundesliga se esfumó por goal-average ante el VfB Stuttgart. El último éxito destacable será la Copa de Alemania ganada en 1987 ante el Stuttgarter Kickers por 3-1 en el que fue el último partido en el banquillo de Ernst Happel y de Günther Netzer en la secretaría técnica.

El final de la década de los 80 y la de los 90 podemos catalogarlas como de transición. La mala situación económica del club le impidió seguir compitiendo regularmente entre los mejores, e incluso amenazó seriamente con sumir a la sociedad en la bancarrota. Por si fuera poco, los aficionados, sin duda acostumbrados a tiempos mejores, desertaron masivamente de un estadio que ofrecía más bien pocas comodidades. En 1991 la venta de Thomas Doll a la Lazio de Roma por 14,5 millones de marcos permitió aliviar tremendamente la situación financiera de la entidad, e incluso el mítico Uwe Seeler hubo de asumir durante un tiempo la presidencia para tratar de reconducir el camino del equipo de su vida.

Entre las causas de este desplome no son pocos los cronistas que llegan incluso a hablar de la “maldición del 9” tras la marcha de Horst Hrubesch, a quien el club optó por no renovar en 1983 debido a una falta de acuerdo económico en lo que a la ficha del goleador se refería. El bueno de Hrubesch acabó sin pena ni gloria en el Standard de Lieja mientras que el HSV vio cómo durante años llegaban innumerables delanteros hoy casi olvidados a orillas del Elba.

Un Club para el siglo XXI

Una montaña rusa. Eso es lo que han sido los últimos años para un HSV que tampoco ha logrado llevar un título de importancia a sus vitrinas en esta etapa reciente de su historia. Lo más destacado han sido sendas participaciones en la Champions League, una de las cuales dejó para la historia un memorable 4-4 ante la Juventus de Turín; dos semifinales de la UEFA Europa League en 2009 y 2010 y en las que lastimosamente se dejó pasar la oportunidad de regresar a una final continental; y una semifinal copera jugada en casa ante el “odiado” Werder Bremen en 2010. De resto, el HSV se ha mostrado como un club inestable, incapaz de retener a sus figuras ante la falta de una perspectiva deportiva mínimamente atractiva, y que en más de una ocasión ha coqueteado seriamente con su primer descenso a la Segunda División.

Aun con todo, el cambio de siglo también nos ha dejado un Club más moderno en lo que a gestión y recursos se refiere. En el verano de 1998 el viejo Volksparkstadion, que había sido el hogar del Hamburgo desde 1953, fue demolido, y en su lugar se comenzó a levantar un moderno estadio que fue reorientado 90o para aprovechar mejor la luz solar. Inaugurado en 1999, fue catalogado como uno de los recintos futbolísticos más modernos de Europa y considerado por la UEFA un “estadio cinco estrellas”. Su comodidad y funcionalidad transformaron por completo los hábitos de los seguidores de la ciudad, que si antes acudían a ver al HSV en cifras que se movían entre los 20.000 y los 35.000, ahora superaban ya los 50.000 espectadores de promedio, permitiendo al club entrar en otra dimensión económica. No está de más precisar que el hoy Imtech Arena es propiedad del Hamburger SV y que en apenas un par de años habrá sido pagado por completo.

Más reciente ha sido –en cambio- la completa renovación del modelo de gestión del Club. En mayo de 2014 los socios aprobaron por amplia mayoría la separación del fútbol profesional del resto de la entidad con vistas a crear una Sociedad Anónima (HSV Fussball AG) que posibilitase la entrada de inversores externos. Este proyecto, surgido de la iniciativa presentada por “HSV Plus”, posibilitó también una completa transformación del Consejo de Administración y de la Directiva que rige los destinos del Hamburgo.

El pasado 29 de septiembre el HSV celebró el aniversario de su fundación y lo hizo siendo el último clasificado de la Bundesliga, circunstancia que para nada hace honor a su gloriosa historia. Esperamos y deseamos que a orillas del Río Elba y del Lago Alster vuelvan a florecer los laureles de un pasado no tan lejano en el tiempo pero sí en la memoria de los buenos aficionados hanseáticos. Mientras tanto, los que llevamos el famoso ‘rombo’, no ya solo cosido en el pecho, sino también grabado a fuego en el corazón, seguiremos manteniendo viva la llama de un sentimiento alumbrado hace ya 127 años…

Herzlichen Glückwunsch zum Geburtstag, HSV!

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