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Hombres contra niños

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Sigo con mi serie de artículos sobre equipos históricos que han jugado en la NCAA, pero en esta ocasión, voy a dejar a un lado los números, resultados y/o clasificaciones, atreviéndome a intentar plasmar con letras, una sensación que siempre tuve cuando veía jugar al equipo del cual, me voy a disponer a hablar.

Los protagonistas son los Bearcats de Cincinnati, más concretamente los pertenecientes a la temporada 98-99 y sobretodo, a la 99-00. Aquella plantilla me dejó, en cada encuentro suyo, una percepción de superioridad física inigualable en comparación con todos sus rivales. Era ver sus partidos y apreciar en mi pantalla, tipologías diferentes entre ambos conjuntos que se enfrentaban.

Lo percibía como si aquella Cincinnati, fuera una especie de evolución avanzada, al resto del baloncesto universitario. Era el futuro hecho presente, en lo que a complexión anatómica se refería.

Siempre que recuerdo sus encuentros, los recreo en mi mente como un grupo de gladiadores y/o súper héroes, que jugaban al baloncesto, ante muchachos terrestres que poco podían hacer para detener sus brutales acometidas. Dos de sus principales armas eran, la intimidación y unas veloces  transiciones que aparecían en forma de oleadas; las cuales penalizaban, cualquier atisbo de duda surgida en sus oponentes.

Siempre comparaba a los integrantes de aquella plantilla, a personajes de algún nuevo cómic de Marvel, pero en carne y hueso.

Kenyon Martin, el líder de los Bearcats de principios de siglo | Getty

Eso sí, ya les adelanto que el guión de tal cómic, no tiene final feliz. Efectivamente, aunque parezca mentira, la historia tuvo un desenlace muy tétrico.

Pero bueno, ahora es el momento de desgranar y presentar a los protagonistas que componían este escuadrón del parquet.

El líder indiscutible era Kenyon Martin, una de las mayores fuerzas de la naturaleza que ha sufrido el baloncesto. En su último año en la universidad, ganó el premio Wooden Award, el Naismith Award, el Associated Press Player of the year, el NABC Player of the year, el Oscar Robertson Trophy, el Adolph Rupp Trophy, el Sporting News Player of the year y el NABC Defensive Player of the year, una auténtica barbaridad. Tal zurrón de galardones los obtuvo promediando 18,9 puntos, 9,7 rebotes y 3,5 rebotes.

Posteriormente, el siempre recordado Andrés Montes, le apodaría muy acertadamente “Bruto Martin” en su etapa profesional.

Como base titular y guía del equipo, encontrábamos a Steve Logan, una tanqueta que sometía a sus adversarios bajo su batuta.

En las alas les acompañaban Pete Mickeal, comparable a un monster truck de la pista y DerMarr Johnson, mi jugador favorito de aquella plantilla. Era capaz de jugar en las cinco posiciones de juego debido a su calidad y físico. Lo primero que destacaba eran sus brazos interminables.

Completaban la rotación de aleros Jermaine Tate y Leonard Stokes, dos jugadores que aparecían en los continuos vídeos de “highlights”, debido a su contundencia y su gusto por jugar por encima del aro.
El escurridizo Kenny Saterfield se postulaba como sustituto ideal de Logan. Un jugador que siempre encontraba el hueco para destrozar las defensas.

Y en la pintura, Martin recibía la inestimable ayuda de Ryan Fletcher, Donald Little y B.J.Grove, aportando músculo, altura e intimidación.

Pete Mickeal, soldado de a bordo en los Bearcats y una estrella en el basket europeo | Getty

El cerebro de este batallón era Bob Huggins, famoso por imprimir un alto ritmo de juego en sus equipos y ejercer unas asfixiantes presiones defensivas sobre sus oponentes.

Huggins ejercía las funciones de entrenador como si Magneto de los X-Men se tratara, él disponía a los súper héroes en cancha, y los dirigía con maestría hacia el triunfo.

En la primera de las dos temporadas nombradas anteriormente, los Bearcats se proclamaron campeones de la temporada regular de la conferencia USA, con únicamente cuatro tropiezos.

Iniciaron su andadura en dicha conferencia vapuleando a Houston por 115 a 78 y siguieron haciendo lo propio a Marquette por 75 a 56. Durante el transcurso de la regular ganaron los dos  partidos a Louisville y demostraron que también sabían sufrir para salir airosos de choques complicados.

Obviamente estuvieron toda la temporada dentro del ranking Top-25 y durante varias semanas coquetearon con el primer puesto de la nación.

Iniciaron el torneo de su conferencia aplastando a South Florida (76-56), pero sorprendentemente cayeron en semifinales ante los 49ers de Charlotte por 52 a 55, quienes a la postre, ganarían la final.

Se presentaban al March Madness con el número tres de su parte del cuadro, aunque eso no supuso que les fuera mucho mejor que en la USA Conference.

Venían acumulando dos derrotas seguidas en segunda ronda de este torneo final y querían demostrar que ya estaban preparados para llegar hasta la preciadísima Final Four. Pero de nuevo, fueron abatidos en esta misma ronda, tan odiada por ellos. En esta ocasión, fue la Temple de Pepe Sánchez, Lamont Barnes y Mark Karcher, quien les apeó del camino hacia el Olimpo, en un duelo en el cual apenas tuvieron opciones de vencer, debido en gran parte, al flojo porcentaje de acierto en el tiro.

Una nueva derrota para los Bearcats, a la misma altura del recorrido del cuadro del March Madness.

Era hora de hacer borrón y cuenta nueva, y analizar la situación. Y tras esto, llegaba el plato fuerte al campus de la universidad. Arrancaba la campaña 1999/2000 y los aficionados de Cincinnati celebraban las llegadas de Johnson, Satterfield y Stokes, junto a la continuidad de Martin, Logan, Mikael, Fletcher y Tate.

Y a este elenco de estrellas, que mezclaban físico y calidad, nadie pudo superarles durante la temporada regular (únicamente perdieron dos encuentros Non-Conference). Los gladiadores volvían a ejercer de las suyas, y nadie podía hacerles sombra.

Infligiendo palizas de hasta veinte y treinta puntos, no existió rival en su conferencia, que supiera forzarles a hincar la rodilla.

Además, durante doce semanas, estuvieron aupados a lo más alto del ranking AP Poll Summary.
Pero las peores noticias llegaron en forma de lesión. Estaban jugando los cuartos de final de su torneo contra Saint Louis, y en una jugada aparentemente tranquila, Martin (que solamente sumaba tres minutos de juego) se disponía a realizar un bloqueo con tan mala suerte, que acabó rompiéndose la pierna. Adiós a la temporada para Kenyon. Un duro revés para el Status Quo del equipo, asentado en el elitismo, y que corría un serio peligro de virar 180 grados.

Ahora, aparecían un nuevo escenario y argumento que evidenciaban lo que sucedería en su futuro: o había reacción, por parte del resto de la plantilla ante la pérdida de su líder, o la decepción les llevaría al olvido.

Y por desgracia, fue lo segundo. Sus compañeros no supieron recomponerse ante tal nefasta noticia y acabaron perdiendo el partido por 58 a 68, mostrando una vulnerabilidad impropia de este grupo.

Eliminados prematuramente del torneo doméstico y con su mega-estrella alejada de las canchas, se esperaba ese momento para que las segundas espadas dieran un paso al frente y demostraran que Cincinnati seguía siendo el máximo aspirante al cetro final.

Pero los Bearcats volvieron a recibir otra noticia negativa en pleno proceso de reconstrucción mental y de grupo. Debido a la lesión de Martin, y su derrota ante la débil Saint Louis, los comisionados no les otorgaron -muy injustamente- el número uno de su región en detrimento de Stanford, dentro del cuadro final del March Madness.

Tras una larga polémica generada en los medios, a raíz de la  decisión tomada por la liga, los Bearcats afrontaban el torneo final con la moral más que trastocada.

Y lo que mal empieza, mal acaba. Derrotaron a una endeble UNC-Wilmington en su estreno (64 a 47), pero nada pudieron hacer en el siguiente duelo frente a Tulsa. Nuestros protagonistas cayeron ante a los Golden Hurricane por 61 a 69.

De nuevo una segunda ronda se anteponía en la senda de Huggins y sus pupilos, para alcanzar la gloria.
Se habían desvanecido todos los sueños de un equipo que, apenas tres semanas antes, parecía infranqueable y cuya repercusión mediática era comparable a la de las grandes escuadras profesionales.

Perder a su líder fue un golpe del cual no supieron reponerse, ya que posteriormente se demostró, que sin Martin había una ausencia de destreza y liderazgo para dirigir esta nave Bearcat” situada en el ojo del huracán desde principios de temporada.

Ya se sabe que, cuanto más arriba tocas el cielo, más profundo es el infierno en su caída.

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