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Holanda contra Alemania: más allá de la guerra y el balón

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Para poder crecer, Holanda tuvo que quitarle espacio al océano. Sólo así consiguió posicionarse – junto a Bélgica- entre dos potencias europeas como Alemania y Francia, y no todo quedó allí, sino que además logró consolidar su crecimiento como nación para convertirse en una potencia europea. Los Países Bajos se sintieron orgullosos de sí mismos, de su economía y política, de su deporte y su arte, y sobre todo, de su neutralidad bélica desde tiempos de Napoleón Bonaparte. Por eso cuando Alemania les invadió en 1940, en el inicio de la II Guerra Mundial, un golpe profundo caló hondo en el seno de todos los habitantes del país del norte de Europa

La mayoría de las rivalidades en el fútbol tienen un origen vecinal, situación que no escapa a las odiosas comparaciones entre las dos naciones del norte de Europa, pero el punto más álgido en la pugna histórica tiene su origen en la invasión Nazi. Fue lo que generó una disputa que hoy sigue vigente cada vez que ambas selecciones se encuentran en un partido de fútbol.

En el plano deportivo, Alemania siempre dispuso de una ventaja competitiva. Sin embargo un triunfo anaranjado a mediados del Siglo XX tuvo un sabor especial, uno que los tulipanes no olvidaron por décadas. El 14 de marzo de 1956, ambas escuadras se consiguieron en Dusseldorf para jugar un partido amistoso que se convirtió en símbolo de orgullo para los tulipanes. Dos goles de Abe Lenstra fueron suficientes y Holanda derrotó a su acérrimo rival en suelo germano. La celebración fue apoteósica. Había nacido una rivalidad.

El partido de 1974

El destino quiso que Holanda y Alemania se encontraran en un duelo oficial sin antecedentes: en la final de la Copa del Mundo efectuada en territorio germano. El Olímpico de Berlín temblaba ante la posibilidad de que el equipo local no se impusiera a los holandeses, esos que habían maravillado al mundo entero. Pero el clima estaba enrarecido desde antes del partido. “Nosotros planeamos mirarlos a los ojos, para enseñarles que éramos tan grandes como ellos. Los holandeses se sentían invencibles, lo podías ver en sus ojos. Su actitud hacia nosotros era como ‘¿cuántos goles quieren recibir hoy, chicos?´ mientras esperábamos para entrar al terreno, yo traté de verlos a los ojos, pero no pude. Nos hacían sentirnos pequeños”, recordaría años más tarde el zaguero bávaro Bernd Hölzenbein.

Holanda comenzó ganando. Literalmente, en el primer minuto de juego, dispuso de un tiro penal sin que algún alemán tocara el balón, y Neeskens hizo el gol que puso en ventaja a los anaranjados. Luego comenzaron los nervios y la arrogancia holandesa. Los tulipanes empezaron a tocar el balón y trataban de humillar a los bávaros sin cerrar el compromiso. “No me importaba por cuánto ganáramos mientras les humillásemos (…) Los alemanes mataron a mi padre y mis hermanos (durante la guerra). Los odio”, confesaría años más tarde Willem van Hanegem. Pero la historia es conocida.

Comandados por Gerd Muller, los locales le dieron la vuelta al marcador antes que finalizara la primera mitad y Holanda nunca pudo recomponerse. Ni en el partido ni en años futuros. Alemania levantó su segunda Copa del Mundo y festejó por lo alto generando un dolor histórico. Holanda sufrió uno de los mayores traumas de la sociedad holandesa en el Siglo XX, solamente por detrás de la Segunda Guerra Mundial y de la inundación de 1953.

La Venganza de Hamburgo

Si bien en 1978 un empate 2-2 favoreció a Holanda en su camino a la final, los bávaros continuaron teniendo una paternidad sobre los anaranjados, quienes sufrían en demasía cuando encaraban a sus rivales del otro lado del Río Rhin. Un ejemplo de esto se dio en la Eurocopa de 1980. En dicha oportunidad ambas oncenas se encontraron en la primera fase, y Klaus Allofs fue el héroe. Una tripleta del atacante permitió el triunfo bávaro y la clasificación a la final en detrimento de una Naranja Mecánica que nuevamente se amilanaba ante sus contendores.

Sin embargo, en el año 1988 se rompió el maleficio. Holanda nunca le había ganado a Alemania en un partido oficial y esperó el momento ideal para hacerlo, en la semifinal de la Eurocopa de 1988 que se realizaba en casa de su acérrimo rival. En Hamburgo se saldó una pequeña venganza.

Ese día parecía que Alemania iba a continuar sometiendo a su contendor cuando Lothar Matthaus anotó un penal en el inicio del segundo tiempo, pero seguidamente el principal señaló un penal de Kohler sobre Van Basten y Ronald Koeman puso el empate 1-1. Cuando el duelo se acababa, el “Cisne de Utrech” le ganó en velocidad a Kohler y se deslizó acrobáticamente para anotar el 2-1. Holanda derrotaba a Alemania en Hamburgo y se gestaba una hazaña para el pequeño país norteño. Rinus Michels, entrenador “Orange” en 1974 y en 1988, había tenido su pequeña venganza. La “Naranja Mecánica” terminó llevándose el campeonato, pero las mayores celebraciones fueron tras vencer a los bávaros. Hans Van Breukelen comentó posteriormente que Michels tuvo que pedir a los jugadores que dejaran de festejar y recordarles que tenían una final en pocos días, y en un arrebato más agresivo, Koeman tomó una camiseta bávara y la usó simulando que se trataba de un papel sanitario.

Pero en el inicio de los 90 hubo dos enfrentamientos más que levantaron polémica. En el Mundial de Italia disputado en 1990 se encontraron en octavos de final, y más allá del triunfo bávaro 2-1, el partido se recordó por los escupitajos de Frank Rijkaard a Rudy Voller, episodio que terminó con la expulsión de ambos jugadores.

En 1992 hubo otro conato en la Eurocopa. Los holandeses dieron una exhibición en Suecia y golearon 3-1 a su contendor en un partido que se celebró con júbilo. Sin embargo, los anaranjados quedaron apeados en semifinales contra Dinamarca por la tanda de penales y una depresión colectiva invadió a la nación cuando descubrió además que Alemania sí había logrado la clasificación al cotejo definitivo. Sin embargo las celebraciones regresaron. Cuando los escandinavos derrotaron 2-0 a los germanos en la final, hubo festejos en suelo holandés. Como si se tratara de un triunfo, cientos de habitantes de los Países Bajos se encontraron en la calle para celebrar una derrota alemana.

La rivalidad no se detiene ahí. Son muchas las emociones que flotan en el aire cuando ambos equipos se encuentran. También hay coincidencias históricas extraordinarias. En 2000 Alemania quedó eliminada de la Eurocopa en Rotterdam, y de ahí las autoridades alemanes idearon el proceso de transformación que regresaron a los bávaros a la élite. En 2004 se encontraron, y un empate 1-1 con sabor a triunfo holandés, gracias a un remate acrobático de Van Nistelrroy en los minutos finales, fueron fundamentales para la clasificación holandesa y la pronta eliminación alemana.

Europa se viste de gala cada vez que estas dos naciones se encuentran en un partido de fútbol. Así casi ocurre cuando en noviembre de 2015 pautaron un amistoso en Hannover por la amistad. Sin embargo una amenaza de bomba pocos días después de un ataque terrorista en París, canceló el compromiso minutos antes. Y es que la rivalidad está latente en todas sus facetas, convirtiéndola en una de las más atractivas del Viejo Continente. Todo tiene un origen, uno más allá guerra y del balón.

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