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Historias de metro: el valiente aficionado granota

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Pasaban pocos minutos de las 6 de la tarde. El vagón del metro iba ganando personas tal y como nos acercábamos a la parada clave de “Aragón“, parada que queda justo en los aledaños de Mestalla. Quedaban poco menos de 2 horas y media para un derbi valenciano que se disputaría en la capital del Turia, entre los dos equipos de la ciudad, pero el ambiente (para quien era consciente de la cita futbolística) estaba presente. Siempre pienso en este tipo de días en esas personas ajenas al fútbol, que no son conscientes de lo que se respira a su alrededor.

Estaba sentado, en el asiento que hace esquina, leyendo y consumiendo páginas de “Historias de Londres“, y viendo cómo en cada parada iban sumándose aficionados con camisetas, bufandas y demás atrezzo con detalles del Valencia CF. Por dimensión social y deportiva, el primer equipo de la ciudad. Tal era el número de aficionados valencianistas a mi alrededor que por un momento asimilé que se trataba de un encuentro más, y no de un derbi, donde los vecinos de la ciudad se convertían en rivales. Parecía que sólo había un equipo “local”.

Sin embargo, cuando el metro paró en “Bailén“, tres paradas previas a la estación del estadio, entraron un padre y un hijo. Éste de unos 18 años, su padre de unos 50. Los cálculos no son lo mío, pero supongo que no voy mal orientado. Un chaval que prontó llamó mi atención, cuando se sentó frente a mí y lucía, con mucho orgullo y sin complejos, una camiseta azulgrana del Levante UD.

El cruce de miradas entre aficionados con ellos fue casi automático. Ese cosquilleo egocéntrico de defender, con sólo una mirada, casi queriendo no aparentar la situación, sus colores. Nadie dijo nada, pero todos sabían que ese chico llevaba una camiseta del Levante, mientras que éste sabía que estaba en un vagón lleno de aficionados rivales. Lo natural, lo lógico, lo normal. No pasó nada.

Ni un mal gesto, ni una mala palabra, pero todos sabían que un par de horas después se enfrentarían por tres puntos sobre el césped de Mestalla. Un chico valiente, que no escondía sus colores, pese a tener que convivir, seguro, a diario, con un entorno donde el Valencia es el equipo predominante.

Goleada ya para empezar. En ese vagón, ante mis ojos, el chico y el padre hablaban de la previa, hablaban de lo que iban a hacer cuando bajaran del metro. Un vínculo familiar, sentimental, que también les unía en lo deportivo. Juntos, en casa del eterno rival histórico, conocedores de su papel de víctimas, de dianas, ante un equipo que, además, debía ganar sí o sí. Antes de bajar del vagón, ya perdían por goleada en lo que a camisetas se refiere, pero no por ello escondían sus colores.

El papel del aficionado menor, del equipo que no acostumbra a los éxitos, que debe vivir y convivir a diario con un club mayor en todas las dimensiones. Bajamos del metro, y les perdí de vista entre la marea humana que, pese a quedar mucho para el comienzo, ya era relevante. Una situación vivida en el metro de Valencia que serviría de metáfora para lo que se viviría luego, cuando el Valencia golearía de forma cómoda por 3-0 al Levante.

Goleada de aficionados en los vagones, en los interiores del corazón de la ciudad. Goleada en el estadio, en un partido que no tuvo mayor historia. El muchacho que no escondía sus colores orgulloso de los suyos, pese a ser consciente de amar unos colores sometidos al imán mediático de un equipo con mayor peso. Allí estaba, sentado, frente a mí, siendo protagonista anónimo de esta historia, que ahora lees, encarando un partido que acabaría en contra de sus intereses, pero que no por ello le haría echarse para atrás. El chico que a la mañana siguiente sería objetivo y diana de bromas sanas, de piques con compañeros de clase, o trabajo, pero que no dudó un momento en vivir un momento deportivo junto a su padre. Orgullosos ambos de sus colores azulgranas, de su sentimiento granota.

El papel del aficionado de equipo humilde, familiar. La historia de un padre y un hijo que vieron en directo, en su ciudad, un derbi de equipos vecinos que, además, se saldó sin incidentes, digno de un duelo vecinal, en una de las ciudades más representativas del país.

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