Fútbol italiano

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Hidetoshi Nakata, el hombre que perdió la ilusión de jugar

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Hay jugadores que cargan con tanto peso encima de sus hombros, que tienen que aguantar tanto y tanto, que un día, antes de que su final esté siquiera cerca, su cuerpo y su cabeza dicen basta y tienen que acabar de golpe y porrazo con todo aquello que estaban construyendo. Le pasó a Michael Jordan, que se retiró en plenitud de condiciones físicas, a los 30 años. El mejor jugador de la historia del baloncesto se resquebrajó de arriba a abajo de la noche a la mañana y colgó las botas por primera vez en su carrera para volver meses después. Le pasó a Hidetoshi Nakata, estrella efímera asiática, ídolo de masas nipón, aquel adolescente que creció viendo los afamados dibujos Campeones (Capitán Tsubasa), que soñó convertirse en Óliver Atom y que logró lo que todo un país, y toda una generación, quiso ser alguna vez.

Igual que en la serie animada, Nakata jugó durante toda su infancia bajo los colores del equipo de su escuela. A los 17 años le llegó la gran prueba, disputando el campeonato que se jugaba entre institutos por todo Japón, primero por prefecturas hasta ir pasando rondas para elegir al mejor conjunto. Su actuación fue de tal calibre que, pese a no jugar para ninguna cantera de ningún equipo profesional, la selección japonesa le convocó para la Copa Asia Sub19 con el combinado de la categoría. Y no le hizo falta más que pegarse un par de paseos por el campo con la bandera del sol en el pecho para corroborar que su talento estaba lejos de comparaciones con sus homólogos. Le llovieron las ofertas. Él, cabeza fría, pensante, decidió decantarse por la del Bellmare Hiratsuka, un equipo modesto de la primera categoría donde podría ser alguien importante, destacado, con peso en la plantilla. Desestimó decenas de ellas, incluida la del Yokohama Marinos, el mejor equipo del país.

Curiosamente, sus inicios fueron muy parecidos a los de la propia estrella del anime.  En sus orígenes asentado como delantero referencia, su cuerpo menudo y su habilidad para con el balón acabaron por hacerle reciclarse hasta posiciones más retrasadas, siendo la mediapunta su hábitat natural. Fue galardonado como el mejor jugador del país, ganó la Copa de Japón y empezó a acudir con la selección absoluta. Tanto progresó su juego que rápido abandonó el país en búsqueda del éxito europeo.

Con solo 21 años aterrizó en la Liga Italiana. El Peruggia acababa de ascender y buscó en el exotismo del japonés un arma para defenderse y escaparse del descenso. Tanto gustó en Italia que año y medio después, la Roma del ultradefensivo Fabio Capello se hizo con sus servicios por 22 millones de euros, una cifra descomunal para los tiempos que corrían. Junto a Cafú, Aldair, Samuel, Batistuta, Totti o Montella, Nakata se hizo un nombre en el viejo continente. Le costó entrar en dinámica, teniendo un rol secundario de jugador número 12, de revulsivo.

Su consagración llegó en Turín, ante 65000 personas, en un duelo contra la Juventus a muerte por la Liga. Con 2-0 para los locales (Del Piero y Zidane), Capello, con la Liga ya perdida, quitó a su estandarte Totti y dio entrada al asiático, que cambió el curso del partido y giró 180º la Liga. Y fue una última media hora excelente, para volver a ver cada 6 de mayo. Porque Nakata hizo que aquel partido fuera suyo. A diez minutos del final se sacó un derechazo ante el que nada pudo hacer Van der Sar y en el último minuto del partido repitió hazaña. Esta vez, el disparo no encontró el gol, pero sí un error de bulto del meta holandés que aprovechó Montella para poner el 2-2 final y dejar a la Roma dependiendo de sí misma en un título que se acabó llevando por esos dos puntos.

Pero si Nakata asombraba dentro del terreno de juego, fuera también levantaba pasiones. Se había convertido en todo un ídolo de masas del marketing, máximo reclamo en el continente asiático, donde todos le conocían como el Beckham japonés. Fue pionero en llevar cortes de pelo extravagantes y tintes llamativos en su país, lo que marcaría una nueva moda y una tendencia que se extiende hasta nuestros días. En ocasiones, incluso, se le acusó de ser más modelo que futbolista.

Nike lo convirtió en una de sus estrellas más representativas y apareció como protagonista en varios spots publicitarios, incluidos quizás los dos más famosos de la marca: aquel en el que un equipo liderado por Davids debía robar un balón protegido por robots indestructibles; y otro en el que se jugaban partidos 3vs3 en una jaula propiedad de Cantoná. Al lado de Totti y Henry, el nipón humilló a jugadores de la talla de Ronaldinho, Crespo, Figo, Ronaldo o Roberto Carlos. Cuál sería su importancia que fue cabeza de cartel en aquel torneo ficticio y Nike decidió que, entre todas las estrellas que tenía por contrato, él fuera el ganador.

Con ansias de ser aún más protagonista en una Roma en la que el ídolo local Totti le cerraba mucho el paso, Nakata decidió dar un cambio de aires tras dos años en la capital. El Parma, entonces en mejor estado que el actual, desembolsó 27 millones de euros por él y allí llegaron las últimas tardes de gloria del japonés. Su primer año fue maravilloso, llevando al equipo de la Parmalat a ganar la Coppa con un estado de forma soberbio. Pero justo después, su luz se apagó, desapareció por completo. Porque cuando parecía que su techo no iba a existir, llegaron las lesiones. Esas que destruyen carreras en todos los deportes y que hacen vulnerables a tipos que nos parecen inmortales. Su nivel bajó en la tercera temporada en el club y, en enero, se marchó cedido al Bolonia para intentar encontrarse a sí mismo. No lo consiguió.

Su viaje por Italia llegaba a su fin. Fue en la 2004-2005 cuando, un recién ascendido y refundado como la Fiorentina acometió su fichaje. El equipo Viola salvó la categoría en las últimas jornadas pero nunca hubo rastro del nivel que el nipón había mostrado años antes en Roma y Parma. Por eso, ya con la decisión de que su retirada estaba más cercana de lo que nadie esperaba, Nakata ideó un último asalto en su carrera: Preparar el Mundial 2006 para jugar con su selección antes de retirarse. Y para ello, emigró al fútbol inglés, al Bolton, a una Liga que siempre había deseado disputar.

Allí alternó titularidad y suplencia, aunque su objetivo era simplemente no perder la forma pensando en la cita veraniega. Y fue allí, en el torneo celebrado en Alemania, donde por fin pudimos volver a ver a Hidetoshi Nakata en todo su esplendor, vistiendo esa camiseta azul con el ‘7’ a la espalda, acompañado de su inseparable compañero de batallas Nakamura. Como si se hubiera quitado 10 años de encima, el peso y la presión, Nakata disfrutó de todos y cada uno de los 270 minutos de los tres partidos de la fase de clasificación. Lo dio todo.

Japón no se clasificó. De hecho, ni siquiera ganó un partido. Sucedió lo mismo que viene pasando en los últimos años. El equipo genera, crea, hace un fútbol de posesión, pero pierde en los aspectos físicos, en los detalles, se desmorona mentalmente en situaciones comprometidas y es un caos en la táctica a balón parado. Nakata fue elegido Mejor Jugador del partido en el duelo contra Croacia; Vio cómo Australia remontaba el partido en el tiempo de descuento (3 goles en 5 minutos) e hizo soñar a todo el país cuando, en el último partido del grupo, Japón estuvo clasificada durante 45 minutos tras dar un recital ante Brasil.

Nakata empezó tarde en esto del fútbol y decidió terminar pronto, porque con 29 años, su fútbol dijo basta. Quizás a la mejor edad, a la que un futbolista llega la madurez, la plenitud física y la experiencia, él colgó las botas y se dedicó a vivir la vida en las pasarelas. Admitió que había perdido la ilusión de jugar, que el fútbol ya no le llenaba. El peso que debía soportar era demasiado. Hoy, Nakata pasa sus días ayudando a los más necesitados a través de su fundación benéfica. Ha recorrido varias veces el mundo con el objetivo de acercarse a todas las culturas y ser de ayuda donde pueda. Viajó a Haití tras la catástrofe y subastó sus botas, por las que recaudó 1’5 millones de euros, para donar el dinero por la reconstrucción del país.

Hidetoshi Nakata, el hombre al que Pelé incluyó en la lista FIFA con los 100 mejores jugadores de la historia (hoy ampliada a 125), el jugador que ha sido nominado 3 veces entre los finalistas por el premio al Balón de Oro. Inimaginable pensar dónde podría llegar hoy una selección japonesa cuyos jugadores rinden a gran nivel en Europa con el mejor Nakata en la mediapunta, acompañado, repartiendo responsabilidades y el peso de la fama entre sus compañeros. Dedicándose solo y exclusivamente a eso que le hacía feliz y de pronto, un día dejó de ser así: jugar al fútbol.

 

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