Fútbol escocés

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Henrik Larsson: un Rey de Reyes rayado en verde y blanco

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-Papá, quiero que me compres esa camiseta, porfa porfa porfa.
-¿Esa? ¡Ni loco, vamos!

Se me cayó el mundo al suelo. Corría el año 2001 y con mis 10 primaveras en una tarde-noche veraniega, sin saber cómo, empezó mi pasión por coleccionar camisetas de fútbol de distintos equipos y países. No habíamos hecho más que entrar en la típica tienda playera con souvenirs en la que vendían réplicas de los equipos más laureados y mis ojos solo se centraron en una. Aquella rayada que alternaba horizontalmente el verde y el blanco, con el 7 de un tal Larsson a la espalda, me dejó encandilado. Pero mi padre había sido rotundo. Seguí mirando varias. Me gustaba mucho la de Vieri, que había prendado a todos los hinchas del Atleti años antes. Sin embargo, al fondo del todo, en la última percha, la neroazzurra de Crespo sacó en mí una pequeña sonrisa. Con el 9 serigrafiado, Hernán Crespo, del Inter de Milán, me hizo comenzar una colección que hoy suma cerca de 70 réplicas.

A Crespo le conocía, recuerdo que me gustaba mucho. Hoy me sigue pareciendo que ha sido uno de los mejores rematadores de la época contemporánea. Vieri tenía su punto romántico. Pichichi con el Atleti, jugador de unas dimensiones enormes y del Inter, que por aquellos entonces me tiraba bastante, sólo por detrás de la Fiorentina que acababa de abandonar Batistuta. Pero de Larsson no sabía nada. Solo recuerdo ver por el paseo marítimo y en los pubs británicos usuales de las zonas playeras mucha gente de piel blanquecina rosada, enrojecida por el sol, que portaba con orgullo esa camiseta. Había varios nombres para elegir si eras del Real Madrid, Barcelona, Milán, Manchester o Liverpool. Pero si alguien se ponía ante tus ojos con una camiseta del Celtic, en el reverso estaba Larsson.

Descubrí que era una especie de Dios en Escocia para unos, mientras que era muy odiado por otros que iban vestidos de azul. Que tenía el apodo de Rey de Reyes, ese que en la cultura nórdica y británica se otorgaba a quien conquistaba multitud de tierras y llenaba a los suyos de éxitos. Entendí que Celtic y Rangers tenían una relación especial en el mundo del fútbol. Se odiaban, pero a la vez no podrían vivir el uno sin el otro. Empecé a investigar sobre él. Larsson me gustaba, lo reconozco. Solo su físico tenía algo que me encandilaba. Y sin siquiera saber cómo, me topé con una información que decía que había marcado 53 goles en 50 partidos en esa última temporada. Alucinaba. Quería su camiseta, de verdad. ¿Qué le habría hecho a mi padre?

A ritmo de Complicated de Avril Lavigne -canción del FIFA 2003- siempre tenía un hueco para Larsson en mi plantilla del Atleti formando un tridente temible junto a Torres y al Petete Correa. Me dolía por Movilla, porque Larsson le quitaba el dorsal 7 y a él le ponía el 16. Y recuerdo cómo se tiraba de rodillas cuando marcaba un gol en el videojuego. Acababa las temporadas con un porrón de goles. Nunca en toda mi infancia quise ver con más ansia a un jugador en el Atleti.

Y verano tras verano, esperaba con muchas ganas la entrada a una de esas tiendas repletas de camisetas en la que siempre estaba la de Henrik Larsson, ya fuera la primera a la vista, ya fuera escondida, o hecha un burruño tras una montaña. Aquello era para mí lo que para los niños normales era entrar en la tienda de chuches. Pero papá nunca cedía. Yo no lo entendía. Totti, Nesta, la de River… ninguna me convencía. Lo intenté por última vez.

“Papá…Quiero la de Larsson”, le clamé, pese a conocer ya la respuesta. “¡Que te he dicho que no!”, contestó ya algo harto. Fue entonces cuando me lo explicó. En 1974, el Atleti y el Celtic se habían jugado algo más que un puesto en la Final de la Copa de Europa en dos partidos de semifinal que quedarán para la historia. Ayala, Reina, Gárate y compañía repartieron en el césped, durante los 180 minutos. Lo peor fue la batalla que se formó en Escocia, con hooligans y policía arremetiendo contra jugadores y seguidores del Atleti, en clara minoría y desprotegidos. Sinceramente, no lo entendí. Había pasado mucho tiempo y yo no lo había vivido. Y además, ni Larsson ni yo teníamos la culpa de aquello. ¿Qué demonios importaba un partido de hacía 30 años?

Larsson inició su carrera en el Högaborgs aunque pronto firmaría por el Helsingborgs, el club del que era hincha. Sus primeros contactos con el fútbol de nivel llegaron de la mano del Feyenoord, donde su buen hacer le valió un fichaje por el Celtic Glasgow. Allí se hizo un ídolo tras marcar 242 goles que le convirtieron en el absoluto Rey de Reyes. Sus títulos y reconocimientos durante esas siete temporadas que vivió en Escocia son casi inenarrables.

Sus goles en plancha, sus cabalgadas infinitas, su oportunismo para hacerse con los rechazos, su olfato goleador. Pero sobre todo, su trabajo. Su carácter. Eso fue lo que le llevó, con 33 años, a ser fichado por el FC Barcelona. Eso fue lo que le llevó a reponerse a un año en blanco tras una rotura de ligamentos y con 34, hacerse con más minutos de los que nadie hubiera siquiera imaginado en un conjunto en el que Giuly, Eto’o y Ronaldinho brillaban con luz propia y donde Iniesta y Messi estaban dando sus primeros pasitos. Eso fue lo que le llevó a olvidarse de su edad y anotar 15 goles en 42 partidos -repito, con 34 años y saliendo muchos ratitos de reserva- y ser crucial en aquella histórica final de Champions League que cambió el rumbo de la historia del que es hoy el mejor equipo del mundo. Porque salir unos minutos y dar dos asistencias de gol está a la altura de muy pocos.

Se hizo como delantero en Holanda. Ese país que no deja de sacar artilleros y más artilleros del gol. Triunfó en Escocia. Dejó anonadados a todos en Barcelona, y volvió a Suecia para retirarse. Hasta que le llamó Sir Alex Ferguson. Y claro, a uno de los mejores entrenadores de la historia no se le puede decir que no. Cuestión de cortesía. Con 35 años hizo las maletas y se fue para ayudar 10 semanas al Manchester United a ganar la Premier League. En el United marcó tres tantos, uno en cada competición. Luego, ya sí, volvió a su país natal para colgar las botas con 38 años con 434 goles en el zurrón.

Y es que aquel 2001, pese a elegir a Crespo, Larsson acabó como Bota de Oro seguido por el argentino. Un curioso dato que desconocía y que realmente descubrí hace poco, que me hizo recordar mi infancia y que me ha hecho escribir este artículo. Su palmarés es envidiable: Dos Ligas de España, una Liga Inglesa, cuatro Ligas de Escocia, una Champions League, una Supercopa de España, cuatro Copas de Escocia, dos Copas de Holanda, una Copa de Suecia. En lo personal, puede presumir de ser el máximo goleador de la Copa de la Uefa (ahora Europa League) con 40 tantos en competición. Ha ganado una Bota de Oro, tiene cinco trofeos al máximo goleador de la Liga Escocesa, ostenta la Medalla al honor como Caballero del Imperio Británico, estuvo en 11 ideal de la Eurocopa 2004 y posee un sinfín de premios más. Larsson volvió a Suecia, marcó 50 goles más para el Helsingborgs y colgó las botas en el mismo sitio donde todo empezó, el Högaborgs. Sin un solo día de descanso, el sueco cogió la libreta de entrenador. Si es la mitad de bueno de lo que lo fue dentro del terreno, acabará haciendo carrera.

Su hijo, Jordan, nacido en Rotterdam, parece ahora seguir sus pasos. Tras pasar por La Masía, debutó en Suecia ya como profesional con el Högaborgs, con solo 15 años. Más tarde firmó por el Helsingborgs, donde estuvo a las órdenes de su padre. Ahora, ha emigrado al fútbol holandés, como hizo Henrik, aunque en su caso al NEC. Jordan tiene 20 años y es parte de la selección Sub21 de Suecia.

Recuerdo que un día, por sólo unos segundos, se me pasó por la cabeza que quería la camiseta de Juninho, aquel menudo brasileño que había jugado en el Atlético de Madrid y que por aquellos entonces vestía del verde y blanco del Celtic, recogiendo además el número 7 de Larsson. Menos mal que no llegué a comentarlo.

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